JESÚS, PAN BAJADO DEL CIELO

Al regresar a Cafarnaúm, la gente vuelve a acosarle, y Jesús vuelve a situar el tema donde debe estar, no en el entusiasmo por el rey que reparte pan gratis, sino en la aceptación de Jesús como Enviado de Dios. Jesús se presenta expresamente como tal, y afirma su superioridad sobre Moisés, aprovechando el signo del pan y del maná en el desierto.

El texto de hoy añade otros dos matices al anterior:

  • el rechazo de la gente, que no puede admitirle como superior a Moisés, ni mucho menos como enviado de Dios
  • y la pregunta “¿cómo puede éste darnos a comer su carne?”, tan cerril como actual.

Si Jesús pronunció realmente las palabras “Yo soy el Pan vivo bajado del cielo” (ya sabemos que el cuarto evangelio suele poner en boca de Jesús sus propias profesiones de fe), el desconcierto de sus interlocutores es absolutamente lógico, y su conclusión sería que se había vuelto loco.

Lo expresan muy bien las primeras líneas del evangelio de hoy. Es el hijo de José, conocemos a sus padres (el cuarto evangelio repite esa expresión, “hijo de José” en 1,45 y 6,42), ¿cómo dice que ha bajado del cielo?

Se trata, como vemos, del mismo tema que apareció ya en el domingo 14º, a propósito de Marcos 6. Parece evidente que el cuarto evangelio ha recogido aquella misma escena de rechazo y escándalo de sus convecinos y la ha aprovechado para hacer una catequesis sobre “quién es Jesús”.

El domingo pasado nos preguntábamos: ¿Qué motivos pudieron tener los que conocieron a Jesús para seguirle, hasta el extremo de abandonar costumbres tan seculares y sagradas? Y en estos párrafos se muestra algo que hemos olvidado: Jesús está pidiendo una superación tan completa de la Ley de Moisés que producirá escándalo y rechazo. Hoy está de moda insistir en el judaísmo de Jesús olvidando la terrible ruptura que lo de Jesús supuso. (¡Estamos olvidando lo del vino nuevo y los odres viejos!)

Esto producirá el alejamiento de la gente. No solamente la estupidez de comerse la carne y beberse la sangre de Jesús, sino el significado de esta imagen: no buscar alimento en la Ley de Moisés sino en Jesús.

El hecho de que este mensaje cobre tal importancia precisamente en el cuarto evangelio dice mucho de la evolución de la fe en las comunidades llamadas joanneas y del posicionamiento “anti judío” del cuarto evangelio. Hemos hablado mucho del significado de Pablo para la apertura de la Iglesia a los no-judíos, pero deberíamos recuperar la importancia del mundo “de Juan” en la comprensión de la novedad del mensaje de Jesús respecto a la antigua Ley.

La fuerza de este mensaje nos lleva a comprender que su reducción a la eucaristía (aun siendo válido) no es suficiente. Es un gran símbolo acerca de Jesús: Jesús pan, Jesús agua, Jesús luz, son los tres grandes símbolos de Jesús en el cuarto evangelio, en la misma línea metafórica de los evangelistas y del estilo personal de Jesús, que se expresa en parábolas, no en conceptos.

Nosotros hemos olvidado su estilo, hemos preferido invertir el sentido de las palabras de Jesús para afirmar que el pan eucarístico es Jesús, cuando el sentido original es que Jesús es pan.

Debemos unir también la imagen de Jesús/pan con la imagen Jesús/grano de trigo que se siembra y muere para poder ser fecundo. Deberíamos sacar provecho de las imágenes del cuarto evangelio desde su significado primitivo, tan válido y significativo.

Es una catequesis que necesitamos también nosotros. Jesús, el hijo de José y María (según la expresión que usa el cuarto evangelio), ha venido del cielo. Y nosotros, empecinados en convertir los símbolos en fenómenos físicos, nos imaginamos al Verbo de Dios, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, viajando por el espacio infinito y aterrizando en el seno de María para fecundarla y dar origen a Jesús, que así puede decir que ha bajado del cielo.

Sería muy recomendable que usáramos la frase completa: Jesús no dice que es alguien que ha bajado del cielo, sino EL PAN BAJADO DEL CIELO. Y de la misma manera que Jesús no es un pan, exactamente igual no ha bajado de ninguna parte. Las dos expresiones son igualmente simbólicas, y en eso radica su fuerza. Reducir el sentido simbólico es fuertemente insatisfactorio.

Jesús es pan. Jesús, el hijo de José y María, es pan. Si entendemos esto, podremos entender lo de “bajado del cielo”. Si no, no. Lamentablemente, reducimos el significado de las dos expresiones y las convertimos en “sucesos mágicos”: el pan es Jesús; en María se obró un milagro biológico.

Estas reducciones son muy satisfactorias: volvemos a tener a Dios encerrado en el templo, en una presencia que muchos imaginan como física, y hacemos de la humanidad de Jesús un disfraz de su divinidad, que es “su verdadera naturaleza”.

Era muy lógico que los contemporáneos de Jesús, especialmente sus vecinos y sus parientes, se resistiesen al mensaje. Y es muy lógico que nosotros nos resistamos a salir de nuestras concepciones mítico-mágicas.

La religión de Jesús supera en tal medida nuestras religioncillas razonables o míticas, que sentimos vértigo al creer en él. Porque hay que creer en un hombre, no en una divinidad disfrazada, hay que creer que la acción de Dios está verdaderamente hecha carne, no vestida de carne.

Hay que alimentarse del pan que es Jesús, no del que nosotros inventamos. A veces el cuarto evangelio se toma como una aventura gnóstica, en la que Jesús se presenta como un ser sobrenatural con apariencia humana. Pero, si lo leemos correctamente, está insistiendo machaconamente precisamente en lo contrario.

Jesús es la tienda de Dios entre nosotros, el pan que Dios nos da, el agua de la que hay que beber: Jesús, el hijo de José y María, carpintero de Nazaret, el que fue crucificado ante el escarnio de sus enemigos que le echaban en cara que no podía bajar de la cruz.

Sus vecinos no podían creer en Jesús. Ni sus ojos ni su fe anterior se lo permitían. La fe que profesamos no nos ha de impedir el acceso a Jesús. Nuestros ojos deberían ser capaces de descubrir en el carpintero hijo de José y María el pan del cielo, el pan que puede alimentar nuestro espíritu.

Este evangelio nos está acercando por tanto a una situación dramática de las primeras comunidades de creyentes en Jesús, y nos enfrenta hoy a un desafío radical: ¿cuál es mi luz, mi alimento, mi agua? Dicho de otra manera ¿quién es el Señor de mi vida?

Solemos caminar a la luz de valores que dirigen nuestras elecciones. Se nos propone otra luz, otros valores para iluminar el camino.

Solemos alimentarnos de las satisfacciones que encontramos en lo que llamamos éxitos, personales, económicos, sociales. Solemos tener sed de poseer, de gastar, de comprar, de prosperar, de destacar… Pero ese hambre y esa sed no se sacian nunca. En todos esos ámbitos la satisfacción del deseo no lo sacia sino que despierta otro deseo mayor.

El pan y el agua del Reino son otros valores, ante los cuales los valores habituales pierden su encanto. Cuando Jesús llama “dichosos” a los pobres, a los que saben sufrir, a los misericordiosos, a los limpios de corazón…, está diciendo que su modo de vida hace desaparecer el hambre y la sed de otras cosas de tierra.

 José Enrique Galarreta

http://www.feadulta.com

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