Testimonio Misionero de Ever Amador

Crecí en una familia cristiana católica, por lo que desde mi infancia fui  parte de grupos infantiles y juveniles en mi parroquia, ya a la edad de 15 me convertí en uno de los coordinadores de la pastoral juvenil. Mi parroquia “Madre Dolorosa” se encuentra en la salida a oriente, de Tegucigalpa, y su territorio comprendía en aquel momento 3 colonias y 2 aldeas, estas colonias se encuentran entre las más pobres de la ciudad. Aquí es donde empecé mis primeros pasos misioneros.

A los 17 años, empecé la universidad, y debido a los estudios no tenía tiempo suficiente para continuar con el trabajo pastoral en mi parroquia. Pasaba la mayor parte de mi tiempo en las aulas universitarias. Aquí es donde empecé a sentir la necesidad de hacer algo más por la Iglesia, sentía que había dejado de lado mi misión como cristiano.

Cuando estaba en tercer año de ingeniería, uno de mis compañeros de clase (Félix Reyes) me invitó a participar en las reuniones de pastoral universitaria. Comencé a participar en la reunión de la comunidad de estudiantes de ingeniería, además participaba en la misa una vez a la semana con los estudiantes de todas las facultades y, ocasionalmente en retiros y vigilias.

El sacerdote encargado de la pastoral universitaria era el Padre Robert Bigras, PME. Un día él me invitó a participar en el grupo de formación ad gentes para comenzar el proceso de discernimiento con el fin de llegar a ser un misionero más allá de mis fronteras … También debo decir que el sacerdote de mi parroquia era también un PME: Jean-Louis Nadeau, PME. A menudo recibíamos la visita de misioneros laicos, por lo que ya tenía una idea de lo que significaba la misión ad gentes.

En 1998 Honduras sufrió las consecuencias del paso del huracán Mitch, que causó mucha muerte y destrucción. Recibimos mucha ayuda del exterior. Cientos de personas de otros países vinieron a ayudar a reconstruir el país. Eso me impresionó mucho y me hizo pensar en hacer lo mismo y servir a los demás… “Nadie es demasiado pobre como para no tener nada que compartir.”

Terminé la universidad en junio de 1999 y empecé a trabajar, pero el fuego misionero encendido en aquellos años anteriores aún estaba vivo, por lo que en septiembre de 2000 solicité integrarme en la segunda etapa de formación en el Centro Internacional de Formación Misionera para continuar mi formación con la SMÉ.

Hay unos pocos versículos del Evangelio, que resumen la llamada que Jesús nos hace  a todos:

“Porque tuve hambre, y me dieron de comer; Tuve sed, y ustedes me dieron de beber; Fui forastero y me recibiste; desnudo y me vistieron; Estuve enfermo y me visitaste; Estuve en la cárcel, y viniste a mí … “En verdad les digo que cuando lo hiciste a uno de estos  hermanos, es a mí  que lo hicieron. ” “Mt 25, 35-36, 40

Mi primer envío misionero fue a Tailandia. Vivía en Bangkok, junto a tres compañeras misioneras laicas: Erica Foschiatti de Argentina, Arlene Sale y Sofia Diez de Filipinas. Después de estudiar el idioma durante 7 meses, comencé a trabajar con la Comisión Nacional Católica para Migrantes, Refugiados y Prisioneros. Vivíamos cerca del lugar donde se recibía a los refugiados procedentes de muchos países, especialmente de África (Sudán, Egipto, Marruecos, Ruanda, etc.), Sudeste asiático (Camboya, Birmania, Vietnam, etc.) y del Medio Oriente (Irak, Irán).

Durante la semana visitaba los prisioneros y prisioneras recluidos en las cárceles de Bangkok, uno de los sistemas penitenciarios más severos del mundo. Hay mucha gente presa por tráfico de drogas, lo que se les conoce con el nombre de “mulas” y que son víctimas de redes de narcotráfico que les ofrecen el cielo y la tierra para transportar pequeños paquetes de droga de un país a otro.

Tailandia no es parte del tratado  internacional en donde un grupo de países se compromete a aceptar refugiados en su territorio, por lo que si la policía tailandesa encuentra a uno de ellos en la calle lo considera una persona ilegal y lo envía inmediatamente a los centros de detención para inmigrantes ilegales. No falta más decir que estos centros son casi una prisión, y dichas personas pueden pasar recluidas allí por años hasta que obtienen un boleto de avión para salir de Tailandia ya que el gobierno tailandés no se compromete a enviar a nadie de vuelta.

Después de dos años, solicité continuar la misión en China, con la persona que me había robado el corazón durante mi estadía en Canadá. Me casé con Silvia Pucheta, misionera laica argentina en el 2005 y comenzamos la nueva misión como matrimonio misionero. China, es un país donde el cristianismo es minoría, la Iglesia está dividida por razones políticas y muchos cristianos son perseguidos por no seguir las ordenanzas del partido comunista; allá no se puede proclamar nuestra fe de manera abierta o realizar un trabajo social concreto debido a la prohibición del gobierno a la injerencia extranjera en asuntos religiosos y sociales,  por lo que nuestro testimonio se enfocaba sobre todo en la presencia como pareja cristiana en el vivir de cada día, resumiendo nuestras actividades al estudio del  chino, a la enseñanza del español y al encuentro de personas que no necesariamente comparten nuestras mismas creencias pero si los mismos valores humanos.

Trabajé en una compañía de autopartes como traductor de Inglés y Español al Chino y viceversa y luego en otra pequeña fábrica de partes plásticas para los vehículos como ingeniero de proyectos. Silvia enseñaba español en una escuela secundaria de la ciudad. Además, como grupo colaborábamos con el Padre Rhéal Desy, PME. en un hogar para personas con capacidades diferentes que él había fundado.

Después de más de 6 años en China, fuimos enviados a Honduras a colaborar con el Centro de Formación y Animación Misionera junto a Beatriz Medina y el Padre Juan Greffard, PME. Fue un tiempo para discernir nuestro futuro. Gracias al acompañamiento del Padre Andrés Dionne, PME. y luego de mucha oración, decidimos continuar la misión en Asia, y solicitamos ir a Japón.

Llegamos a Japón en Enero 2012, casi un año después del terremoto y tsunami que azotaron la costa este del país. La región de Sendai en la provincia de Miyagi fue una de las más afectadas. Nuestra primera misión fue evidentemente, estudiar el idioma. Pero mientras estudiábamos japonés, nos integramos a algunas actividades en la catedral de Sendai. Ayudamos en el ministerio de la Eucaristía y comenzamos a ser parte de un equipo de voluntarios que se encarga de preparar comida, ropa y otros artículos de necesidad para las personas que viven en la calle. El grupo está conformado por personas de diferentes religiones y no cristianos u hombres de buena voluntad como suele decir nuestro Papa Francisco. Esta actividad la realizamos dos veces al mes. Los miércoles nosotros vamos a los lugares donde pasan la noche estas  personas: cerca de la estación de tren, en los parques, debajo de los puentes. Y los sábados nos juntamos todos en un parque de la ciudad y también se da comida, ropa, etc.

Para nosotros es una gran alegría el encuentro con cada uno de ellos, pero no por la material que se pueda dar, sino por el encuentro mismo, hablarles, sonreírles, hacerles sentir que para nosotros son personas, son dignas y que por más que estén fuera del sistema de  beneficios del gobiernos japonés, y tal vez se sientan nada, ignorados o no tenidos en cuentas por la sociedad japonesa para nosotros no es así, ellos para nosotros son importantes, alguien con nombre y rostro. El contacto con cada uno de ellos nos ha transformado, a ser personas más desapegadas, no tan aferradas a nuestras seguridades materiales u emocionales, a tratar de llevar una vida más simple pensando y tratando de estar en comunión con todos aquellos que tienen necesidades ya sean materiales u espirituales. Dios actúa siempre en los dos sentidos, y eso es lo hermoso de la misión.

En el año 2014, decidí parar un poco el estudio del idioma, y me trasladé a la región de Minami Sanriku para vivir una experiencia de tres meses como voluntario en una base de Caritas creada para dar soporte a las personas que fueron desplazadas de su hogar por el tsunami. Allí se colabora en las actividades de limpieza del sector (los campos de arroz quedaron llenos de restos de todo lo que arrastró el mar), reconstrucción, mano de obra para las pequeñas industrias familiares, visita a las residencias temporales, etc. Cabe destacar que más allá del trabajo físico, lo más importante es estar al lado de estas personas, acompañarles y hacerles sentir que no están solos y que no nos olvidamos ni nos olvidaremos de todo lo que sufrieron.

Éste año logramos obtener un pequeño trabajo en la universidad como asistentes de los profesores que enseñan español a los estudiantes de primer y segundo año. Es una nueva experiencia para mí, y una gran oportunidad para compartir con la nueva generación de jóvenes japoneses que preparan su futuro.

Que la alegría y el amor del evangelio sigan llenando sus corazones y se reflejen siempre en sus rostros como signo de esperanza para aquellos que están a nuestro alrededor. Que sigamos imitando a la virgen María en humildad y caridad ¡Un abrazo en Cristo Misionero!

Ever Y silviaEver Amador y Silvia Pucheta, Misioneros Laicos asociados a la Smé, El hondureño, Ella argentina, viven su vocación misionera desde el año 2002 y como matrimonio desde hace 10 años.

6 comentarios sobre “Testimonio Misionero de Ever Amador

  1. Gracias por tu testimonio Ever! me siento identificada con tus inquuetudes misioneras! y a pesar de no poder hacer tareas misioneras como lo hacía antes siempre tengo presente en mis oraciones y en cada Misa a los Misioneros de todo el mundo! y muy especialmente a vos y a Silvia!! Dios y Maria los cobijen y el Espiritu Santo los guie hacia donde su Voluntad lo desee!! Besos y cuídense!!

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  2. Me encanta, es una vida digna de ser imitada, felicidades Ever y Silvia, que bueno que se mantengan firmes y sigan llenando las vidas de muchas personas necesitadas del amor de Dios, que sólo las personas con una Fe como la de ustedes puede dar.

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  3. Ever, desde que trabajo en el departamento de matemática, lo he admirado porque siendo joven se entregaba de lleno en el trabajo de la Iglesia, le animo para que siga adelante, sirviendo al Señor en sus hermanos. Saludos a su esposa y espero verlo pronto.

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