LA ALEGRÍA APASIONANTE DEL EVANGELIO (Texto Completo)

Me apasiona ese título. ¿Por qué?

· Alegría: No estamos hechos para ser tristes, sino para ser felices.

El Papa ha escrito cuatro cartas que nos dan la pauta como Iglesia. Las cuatro hacen referencia a la alegría:

“Evangelii Gaudium”: “La alegría del Evangelio”.

“Laudato Si” mi Signore”. “Alabado seas, mi Señor”.

“Amoris Laetitia”: “La alegría del amor”.

“Gaudete et exsultate”: “Alégrense y regocíjense”.

· Pasión: cuando me tocaba acompañar jóvenes en el Centro de Formación y Animación Misionera en Honduras, quedé impresionado por un manual de misionología para seminaristas, titulado “El gusto por la misión”, escrito por Mons. Luis Augusto Castro Quiroga, arzobispo de Tunga. La misión no es algo frío, toca las fibras más profundas de la persona del misionero.

· Evangelio: cuando estaba en el colegio, tuve un profesor de religión, sacerdote, que me hizo descubrir la persona de Jesús y la belleza de su mensaje. La palabra “Evangelio” quiere decir “buena noticia”. En nuestro mundo lleno de malas noticias, el anuncio del Evangelio es el anuncio gozoso de la muerte y resurrección de Jesucristo. Es también “fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree” (Rm 1,16).

En la presentación del Evangelio es imprescindible la actitud y el tono profético del misionero que vive la Alegría del encuentro con Jesús; no se trata de la comunicación formal y fría de un mensaje, sino de la comunicación vital del mismo, pues el encuentro con Cristo ha generado una Alegría que uno no puede contener, a la manera de Jeremía: “Había en mi corazón algo así como fuego ardiente, prendido en mis huesos, y aunque yo trabajaba por ahogarlo, no podía” (Jr 20,9).

La alegría es un sentimiento, es lo contrario de la tristeza.

De ahí dos preguntas:

1- ¿Puede un cristiano ser triste? Sí, cuando vive pruebas duras. Sí también, porque tiene que llorar con los que lloran. Jesús lloró por su hermano Lázaro que había muerto (Jn 11,35).

2- ¿Puede un cristiano tener una cara de vinagre? No, de ninguna manera. El Papa dijo en Evangelii Gaudium: “Una de las tentaciones más serias que ahogan el fervor y la audacia es la conciencia de derrota que nos convierte en pesimistas quejosos y desencantados con cara de vinagre. Nadie puede emprender una lucha si de antemano no confía plenamente en el triunfo” (EG 85). Los misioneros acostumbran reflejar una gran alegría. ¿Cuál es la fuente de esa alegría?

1. LA ALEGRÍA MISTERIOSA DEL RESUCITADO

La alegría del Evangelio tiene su origen en Dios y se manifiesta especialmente en el encuentro del ser humano con la persona del Resucitado.

El encuentro con Cristo Resucitado es la fuente de la alegría de todo cristiano, con mayor razón del misionero o de la misionera. Cuando conocí el canto “Resucitó”, quedé fascinado: “Alegría, alegría hermanos, que si hoy nos queremos es que resucitó”, sobre todo después de la consagración en la misa.

Como discípulos misioneros, compartimos la alegría de un encuentro personal con Dios. A la joven María de Nazaret el ángel Gabriel le dirige estas palabras: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lc 1,28).

El Evangelio, la Buena Noticia, provoca alegría. Isabel la vivió y la expresó a su pariente María: “Apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno” (Lc 1,44).

En Mateo, la alegría es la primera palabra dirigida por el Resucitado a las mujeres a las que se aparece: “Alégrense” (Mt 28, 9).

Los apóstoles reaccionaron con alegría cuando Jesús resucitado se presentó en medio de ellos: “Los discípulos se alegraron de ver al Señor” (Jn 20,20).

La Buena noticia de Cristo, anunciada por Felipe, produce alegría en sus oyentes samaritanos: “Hubo una gran alegría en aquella ciudad” (Hch 8,8).

La Alegría es fruto de la experiencia de un encuentro personal con Cristo y nos lleva a Dios. Luego estamos invitados a la renovación de nuestra vida, al discipulado o seguimiento de Cristo Jesús para vivir la comunión con el Padre.

Con el Espíritu del Crucificado y Resucitado, los Apóstoles y los hermanos daban testimonio de la alegría del Señor Jesús, realizando signos y prodigios, y “acudían diariamente al Templo con perseverancia y con un mismo espíritu, partían el pan en las casas, tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios y gozando de la simpatía de todo el pueblo. Por lo demás, el Señor agregaba al grupo a los que cada día se iban salvando” (Hch 2,46-47). El Señor mismo provocaba la conversión en los oyentes. La Alegría de los apóstoles era contagiosa: eran instrumentos valiosos de la gracia de Dios. Su alegría y su estilo sencillo de vida sirve como patrón de referencia para la Iglesia de todos los tiempos.

Para San Pablo, la alegría viene del Espíritu Santo: “El fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, modestia, dominio de sí” (Ga 5,22-23). El fruto del Espíritu Santo es el amor – agapè, el amor de entrega total. Y con el amor va la alegría y las demás actitudes mencionadas por Pablo. Cuando uno se siente amado por alguien y lo ama verdaderamente, su corazón se llena de alegría.

En el primer simposio de preparación al 5° CAM en Puerto Rico, el Padre Toribio Tapia nos decía que el Evangelio debería ser siempre buena noticia. Pero mucha gente no ve el Evangelio como buena noticia: la mayoría no lo conocen en profundidad. Se les ha transmitido conocimientos sobre Dios, pero no se les ha compartido experiencias de Dios. Para ellos, el cristianismo es una doctrina, que viene con una moral pesada que oprime su libertad. La Palabra de Dios no ha pasado de su cabeza a su corazón. El Evangelio está en registro de la fe, y la fe es un don de Dios que toca el corazón de la persona.

El encuentro entre Cristo Resucitado y los discípulos de Emaús

Quisiera reflexionar con ustedes sobre el relato de los discípulos de Emaús, para descubrir cómo ellos se apasionaron por Jesús y por su Evangelio. Ahí también encontramos el paso de la tristeza a la alegría. El mensaje central de este pasaje es el anuncio que Jesús vive (cf. Lc 24,23). Ese mensaje había sido anunciado por unos ángeles a algunas mujeres, pero los discípulos no las creyeron (cf. Mc 16,11).

Los discípulos vuelven de Jerusalén hacia su pueblo Emaús. Al presenciar la muerte de Jesús en la cruz, han perdido la alegría y la esperanza. Están desesperados. Todos sus sueños se vinieron abajo.

Jesús se acerca a ellos con discreción y camina con ellos: es la lógica de la encarnación. Se hace compañero en el camino. Pero ellos no lo reconocen. La presencia de Jesús en ese momento es una presencia desapercibida, pero que los invita a la comunicación, a hacer memoria. Es una presencia que invita a compartir, a no seguir solos por la vida.

Jesús sigue adelante y les pregunta: “¿De qué discuten por el camino?” Los quiere escuchar, quiere que expresen lo que viven. Actúa con empatía, quiere compartir sus dolores y sus angustias. Como muchas veces en el Evangelio, Jesús es muy preguntón: ¡ya había empezado a los doce años con los doctores de la Ley en el Templo!

Ellos se paran con aire entristecido. No pueden esconder su tristeza. Un poco como nuestros pueblos, frustrados, cansados de tantas promesas que no han sido realizadas, desesperados.

Jesús les invita a narrar lo que ha pasado y que les causa tanta tristeza. Aquí vemos que todos los verbos que ellos emplean están en el tiempo pasado: “Jesús el Nazoreo, que fue un profeta… lo condenaron a muerte y le crucificaron. Nosotros esperábamos… pero llevamos ya tres días que ya esto pasó”. La desesperación nos encierra en el pasado, no podemos ver el presente ni mucho menos vislumbrar el futuro. La decepción y el dolor, el fracaso y la frustración de los discípulos de Emaús son el reflejo de las interrogantes más profundos de los seres humanos, especialmente de los pobres y de los que sufren. ¿Por qué? ¿Para qué? Como Job.

Nosotros a veces somos muy rápidos para dar una respuesta a los que nos cuentan sus sufrimientos. Nos cuesta escuchar. Otras veces decimos que no tenemos tiempo. “Disculpe, tengo una cita importante”. Jesús nos da cita en el que sufre, pero nosotros ¿lo sabemos ver?

Luego los discípulos cuentan que algunas mujeres fueron al sepulcro y vieron allí una aparición de ángeles que decían que él vivía. La palabra de las mujeres ha sido desvalorizada y desacreditada en la sociedad de la época de Jesús, en la comunidad de los discípulos, así como en la historia y en la sociedad de los pueblos de América. Sin embargo, ellas ocupan un lugar central en el relato de Emaús. Son ellas las primeras que han oído que Jesús está vivo y han transmitido a los discípulos ese mensaje. Ellas son las protagonistas de la Iglesia naciente, las mensajeras y portadoras de la Buena Noticia del Resucitado. También algunos discípulos encontraron la tumba vacía, pero a él no lo vieron.

Luego Jesús les pregunta: “¿No era necesario que el Cristo padeciera esto para entrar así en su gloria?” Es el kerigma: el anuncio explícito del misterio pascual. Y Jesús toma el tiempo de explicarles largamente lo que decían sobre él las Escrituras.

Al escuchar las explicaciones de Jesús sobre las Escrituras, el corazón de los discípulos está ardiendo (Lc 24,32). Se despierta de nuevo en ellos la pasión por Jesús, la alegría apasionante del Evangelio. Por eso ellos lo invitan a quedarse con ellos. “Quédate con nosotros” (Lc 24,29). Esta súplica es la expresión de un deseo y de una necesidad apremiante, corresponde al ardor que sienten en su corazón. Cuando tenemos una conversación provechosa con alguien, no queremos terminarla. Para ellos no es algo intelectual. Han descubierto el sentido profundo de las Escrituras del Antiguo Testamento, que se refieren al Mesías, y eso los llena de fuego interior.

Entonces acogen al Señor en su casa y lo invitan a la mesa de la alegría compartida. Jesús se sienta con ellos, toma el pan, pronuncia la bendición, lo parte y se lo va dando. Lucas emplea aquí un vocabulario eucarístico. Jesús hace los mismos gestos que hizo en la última Cena. Entonces en la fracción del pan, que es un término técnico para expresar la Eucaristía, ellos lo reconocen, pero él desaparece de su vista.

Entonces su alegría es desbordante. Ellos deciden salir inmediatamente de noche hacia Jerusalén, a buena distancia de Emaús, van volando. No pueden contener su alegría, van de prisa y comunican su experiencia a los Once y a los que están con ellos. Tras el encuentro con Jesús y el reconocimiento de su identidad, ellos, llenos de alegría, cambian su vida de rumbo y así se convierten en testigos públicos del Resucitado.

Este relato muestra la pedagogía de Jesús y el itinerario de la fe de esos discípulos. Se verifica en la vida lo que dijo Jesús a los apóstoles en la última Cena: “En verdad, en verdad les digo que llorarán y se lamentarán, y el mundo se alegrará. Estarán tristes, pero su tristeza se convertirá en alegría” (Jn 16,20).

2- LA ALEGRÍA DEL EVANGELIO EN LAS BIENAVENTURANZAS

La alegría apasionada del Evangelio se manifiesta especialmente en las Bienaventuranzas.

En San Mateo las bienaventuranzas (Mt 5, 1-12) constituyen la solemne apertura del sermón de la montaña. La palabra “dichosos” (makarioi en griego) vuelve nueve veces en este pasaje. Esa palabra expresa una profunda alegría interior en la persona, una alegría que no depende de las circunstancias externas. Nada ni nadie puede quitarla, porque tiene su origen en Dios y en su Reino. Se trata de una alegría que se puede vivir incluso en situaciones adversas o de sufrimiento. Nada ni nadie puede quitar esa alegría, porque tiene su origen en Dios y su Reino. El motivo de la alegría siempre es Dios.

Jesús proclama la dicha del Reino de Dios como una propuesta de alegría, de alcance universal, que presenta a los pobres de la tierra y a los que se hacen pobres por amor a Dios y al prójimo, como los primeros destinatarios de la dicha propia del Reino.

La razón de su dicha no es la situación en que se encuentran los pobres y demás destinatarios de cada bienaventuranza, sino el giro que van a experimentar tanto su situación personal como esas condiciones sociales.

Pero la felicidad anunciada por las bienaventuranzas no radica en la virtud humana, sino en Dios y sólo en sus dones, fruto de su gratuidad. La situación futura de los que sufren es motivo de esperanza para ellos.

El Papa Francisco ha dedicado a las bienaventuranzas el tercer capítulo de su Exhortación Apostólica “Gaudete et Exsultate” sobre el llamado a la santidad en el mundo actual. Escribe: “La palabra “feliz” o “bienaventurado”, pasa a ser sinónimo de “santo”, porque expresa que la persona que es fiel a Dios y vive su Palabra alcanza, en la entrega de sí, la verdadera dicha” (GE 64).

Jesús llama dichosos, en primer lugar, a los pobres y a quienes están pasando por una situación de carencia extrema: los que tienen hambre, los que lloran. En contraste con Lucas 6,20-23, Mateo radicaliza el mensaje de la bienaventuranza de los pobres, haciéndola extensiva a los que libremente entran en esa situación por causa del Reino y por su fidelidad a Dios: son los pobres con espíritu o los pobres a conciencia. Son los que viven voluntariamente en la pobreza que otros, involuntariamente, están obligados a sufrir. En la segunda parte de las bienaventuranzas Jesús declara dichosos a personas cuya disposición interior y cuyas acciones pertenecen a un nuevo estilo de relaciones humanas y de relaciones con Dios: los que practican la misericordia y la solidaridad, los que viven la transparencia interior, la autenticidad y la fidelidad, los que son perseguidos por causa de la justicia.

Las bienaventuranzas son el fundamento de la opción preferencial y evangélica por los pobres. A este respecto una cita del Decreto conciliar Ad Gentes es muy significativa: “La Iglesia se une, por medio de sus hijos, a los hombres de cualquier condición, pero especialmente con los pobres y los afligidos, y a ellos se consagra gozosa (cfr. 2 Co 12,15). Participa en sus gozos y en sus dolores, conoce los anhelos y los enigmas de la vida, y sufre con ellos en las angustias de la muerte” (AG 12).

El camino para ser feliz pasa por las bienaventuranzas. Podemos también relacionar las bienaventuranzas con el Magníficat. María proclama la revolución del amor: canta la grandeza del Señor, que derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes. A través de María, Dios devuelve la esperanza a los encorvados y abatidos (ani en hebreo) y a los pobres de Yahvé (anawim en hebreo) que, sin medios de subsistencia y sin defensa, han puesto su confianza total en Dios. En el Magníficat aparecen los términos de la alegría: “se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador”; “me felicitarán todas las generaciones” (Lc 1,47-48). Unirse a María en su canto nos permite identificarnos con ella en el descubrimiento gozoso del Dios de los pobres.

Ahora bien, la alegría de las bienaventuranzas pasa por la Pasión de Cristo. La primera carta de Pedro llama dichosos los que sufren en Cristo. “Alégrense en la medida en que participan en los sufrimientos de Cristo, para que también se alegren alborozados en la revelación de su gloria” (1 Pe 4,13). Nuestro sufrimiento lleva consigo, de manera paradójica, la gloria y por tanto la dicha y la gran alegría de la bienaventuranza. Todo misionero es testigo de esta alegría, pues “Dios le concederá valor y fortaleza para que vea la abundancia de gozo que se encierra en la experiencia de la tribulación y de la absoluta pobreza (cfr. 2 Co 8,2). Esté convencido de que la obediencia es la virtud característica del ministro de Cristo, que redimió al mundo con su obediencia” (AG 24).

La proclamación de la dicha cristiana en medio del sufrimiento se fundamenta en que el Espíritu de la gloria reposa sobre los creyentes: “Dichosos ustedes, si son injuriados por el nombre de Cristo, pues el Espíritu de gloria, que es el Espíritu de Dios, reposa sobre ustedes” (1 Pe 4,14). El Espíritu de Dios está reposando ya en el tiempo presente sobre todos los que sufren ultrajes, calumnias y difamaciones por causa de Cristo.

3. LA ALEGRÍA DESBORDANTE POR LA MISERICORDIA DE DIOS

La alegría del Padre brota de su misericordia entrañable. Lo vemos de manera especial en la parábola del Hijo pródigo (Lc 15,11-32). El amor paciente y dolorido del padre se torna apasionado y feliz al ver de nuevo el retorno voluntario de su hijo. Es el amor en acción, convertido en gestos apasionados por el reencuentro del hijo perdido. El padre se conmueve hasta las entrañas, corre hacia el hijo, se echa a su cuello y lo besa efusivamente. El padre expresa su ternura también hacia su hijo mayor y lo invita a participar en su alegría: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo había muerto y ha vuelto a la vida, se había perdido y ha sido hallado” (Lc 15,31-32).

Jesús es el rostro misericordioso del Padre. La alegría de Jesús tiene su fuente en el amor de Dios Padre. Al escuchar a los setenta y dos discípulos que le cuentan las maravillas que han vivido en la misión, Jesús se llena de gozo en el Espíritu Santo y prorrumpe en una oración de bendición al Padre: “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes y se las has revelado a gente sencilla. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito” (Lc 10,21).

El amor que Jesús nos tiene nos lleva al colmo de la alegría. “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando” (Jn 15,13-14). Su amor lo llevó a dar su vida por nosotros, sus amigos.

Para Pablo, la alegría es al mismo tiempo un fruto del amor, del sacrificio por los demás. El sacrificio personal conduce a la alegría cristiana. Creer en Cristo supone sufrir por Cristo (Flp 1,29-30).

IV. LA ALEGRÍA EUCARÍSTICA Y MISIONERA

La celebración eucarística o fracción del pan es la presencia reconocida y gozosa del Resucitado en el mundo y es fuente y cumbre de la vida cristiana.

La Eucaristía es “Pan partido para la vida del mundo”. El gesto de la fracción del pan revela en sí mismo la identidad profunda del crucificado y resucitado (Lc 24,35). Así se expresa todo el dinamismo espiritual de entrega de toda la persona, que está dispuesta a quedar rota, como el pan, por amor a los demás.

La fracción del pan suscitaba una gran alegría y la sencillez de corazón en la primera comunidad cristiana (Hch 2,46). Nuestras Eucaristías dominicales, ¿reflejan la alegría apasionante del Evangelio? ¿Cómo es nuestra cara al salir del templo: triste o alegre? Las últimas palabras del sacerdote que ha presidido la Eucaristía han sido: “Pueden ir en paz”. Es un envío misionero.

Aparecida nos invita a vivir la alegría misionera: “El discípulo, a medida que conoce y ama a su Señor, experimenta la necesidad de compartir con otros su alegría de ser enviado, de ir al mundo a anunciar a Jesucristo, muerto y resucitado, a hacer realidad el amor y el servicio en la persona de los más necesitados, en una palabra, a construir el Reino de Dios” (DA 278).

La Iglesia está llamada a acompañar a las víctimas de nuestro mundo en cualquiera de las manifestaciones de sufrimiento en el que el ser humano está sumido, a hacer realidad “la opción preferencial y evangélica por los pobres”.

Termino con dos citas muy significativos para nosotros, que queremos ser cada vez más unos alegres discípulos misioneros:

1) Aparecida: “Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestra palabra y obras es nuestro gozo” (DA 29).

2) Evangelii Gaudium: “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría” (EG 1).

Nuestra Iglesia en América ha dado buenos pasos para ser misionera. ¡Ojalá refleje con pasión la alegría del Evangelio!

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