CRISTO REY

FelicesEl año litúrgico termina con la fiesta de Cristo, Rey del universo. No está de más recordar cómo vivió Jesús a quien proclamamos Rey. De allí, podemos sacar grandes lecciones para nuestra forma de ser como hombres y mujeres, y como cristianos y cristianas, tanto si somos humildes ciudadanos como si somos jerarcas civiles y religiosos.

Jesús fue claro en decir que en su Reino los primeros serán los últimos y que los más importantes son los pequeños, los marginados y los pobres a quienes debemos servir.  Los que tenían poder y lo ejercían para defender intereses económicos incluso con el uso de la fuerza militar no entendieron su propuesta y su lógica fue declarada herética y diabólica.

La misma vida de Jesús sirve de ejemplo para quienes esperamos un mundo de paz y de fraternidad. “Siendo de condición divina, no codició el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo… se rebajó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de cruz”. (Fil. 2,6-8). Nuestro rey nació como un pobre. No tuvo techo donde cobijarse. Vivió en la pequeña aldea marginal de Nazaret. Trabajó como humilde carpintero y así fue conocido. Se hizo amigo de los pecadores e impuros que no tenían ni poder ni riquezas. Asumió el papel del esclavo lavando los pies de sus amigos(as). No tuvo ejército. Murió en una cruz fuera de la ciudad santa como un criminal y delincuente.

Este es el que celebramos como nuestro Rey y, si somos sus discípulos y discípulas, debemos aprender de Él y ser consecuentes con Él siguiendo su ejemplo.

En esta fiesta de Cristo Rey les proponemos leer y meditar un compromiso que algunos obispos hicieron el día 16 de noviembre de 1965 cuando terminaba el Concilio Vaticano II (1962-1965). Animados por Dom Helder Câmara, celebraron una misa en las Catacumbas de Santa Domitila e hicieron el “Pacto de las Catacumbas de la Iglesia sierva y pobre”. Proponían para sí mismos ideales de pobreza y sencillez, dejando sus palacios y viviendo en simples casas o apartamentos. Este documento además de ser de mucha actualidad puede alimentar nuestra esperanza y compromiso por hacer una Iglesia más fiel a Jesús lo que también es el deseo del Papa Francisco.

Pacto de las Catacumbas de la Iglesia sierva y pobre

«Nosotros, obispos, reunidos en el Concilio Vaticano II, conscientes de las deficiencias de nuestra vida de pobreza según el evangelio; motivados los unos por los otros, en una iniciativa en que cada uno de nosotros quisiera evitar la excepcionalidad y la presunción; unidos a todos nuestros hermanos del episcopado; contando sobre todo con la gracia y la fuerza de Nuestro Señor Jesucristo, con la oración de los fieles y de los sacerdotes de nuestras respectivas diócesis; poniéndonos con el pensamiento y la oración ante la Trinidad, ante la Iglesia de Cristo y ante los sacerdotes y los fieles de nuestras diócesis, con humildad y con conciencia de nuestra flaqueza, pero también con toda la determinación y toda la fuerza que Dios nos quiere dar como gracia suya, nos comprometemos a lo siguiente:

  • Procuraremos vivir según el modo ordinario de nuestra población, en lo que concierne a casa, alimentación, medios de locomoción y a todo lo que de ahí se sigue.
  • Renunciamos para siempre a la apariencia y a la realidad de la riqueza, especialmente en el vestir (tejidos ricos, colores llamativos, insignias de material precioso). Esos signos deben ser ciertamente evangélicos: ni oro ni plata.
  • No poseeremos inmuebles ni muebles, ni cuenta bancaria, etc. a nuestro nombre; y si fuera necesario tenerlos, pondremos todo a nombre de la diócesis, o de las obras sociales caritativas.
  • Siempre que sea posible confiaremos la gestión financiera y material de nuestra diócesis a una comisión de laicos competentes y conscientes de su papel apostólico, en la perspectiva de ser menos administradores que pastores y apóstoles.
  • Rechazamos ser llamados, oralmente o por escrito, con nombres y títulos que signifiquen grandeza y poder (Eminencia, Excelencia, Monseñor…). Preferimos ser llamados con el nombre evangélico de Padre.
  • En nuestro comportamiento y en nuestras relaciones sociales evitaremos todo aquello que pueda parecer concesión de privilegios, prioridades o cualquier preferencia a los ricos y a los poderosos (ej: banquetes ofrecidos o aceptados, clases en los servicios religiosos).
  • Del mismo modo, evitaremos incentivar o lisonjear la vanidad de quien sea, con vistas a recompensar o a solicitar dádivas, o por cualquier otra razón. Invitaremos a nuestros fieles a considerar sus dádivas como una participación normal en el culto, en el apostolado y en la acción social.
  • Daremos todo lo que sea necesario de nuestro tiempo, reflexión, corazón, medios, etc. al servicio apostólico y pastoral de las personas y grupos trabajadores y económicamente débiles y subdesarrollados, sin que eso perjudique a otras personas y grupos de la diócesis. Apoyaremos a los laicos, religiosos, diáconos o sacerdotes que el Señor llama a evangelizar a los pobres y los trabajadores compartiendo la vida y el trabajo.
  • Conscientes de las exigencias de la justicia y de la caridad, y de sus relaciones mutuas, procuraremos transformar las obras de “beneficencia” en obras sociales basadas en la caridad y en la justicia, que tengan en cuenta a todos y a todas, como un humilde servicio a los organismos públicos competentes.
  • Haremos todo lo posible para que los responsables de nuestro gobierno y de nuestros servicios públicos decidan y pongan en práctica las leyes, las estructuras y las instituciones sociales necesarias a la justicia, a la igualdad y al desarrollo armónico y total de todo el hombre en todos los hombres, y, así, al advenimiento de otro orden social, nuevo, digno de los hijos del hombre y de los hijos de Dios.
  • Porque la colegialidad de los obispos encuentra su más plena realización evangélica en el servicio en común a las mayorías en estado de miseria física cultural y moral ―dos tercios de la humanidad― nos comprometemos a: -participar, conforme a nuestros medios, en las inversiones urgentes de los episcopados de las naciones pobres;
  • pedir juntos a nivel de los organismos internacionales, dando siempre testimonio del evangelio como lo hizo el Papa Pablo VI en las Naciones Unidas, la adopción de estructuras económicas y culturales que no fabriquen más naciones pobres en un mundo cada vez más rico, sino que permitan a las mayorías pobres salir de su miseria.
  • Nos comprometemos a compartir nuestra vida, en caridad pastoral, con nuestros hermanos en Cristo, sacerdotes, religiosos y laicos, para que nuestro ministerio constituya un verdadero servicio; así:
  • nos esforzaremos para “revisar nuestra vida” con ellos;
  • buscaremos colaboradores que sean más animadores según el Espíritu que jefes según el mundo;
  • procuraremos hacernos lo más humanamente presentes y ser acogedores;
  • nos mostraremos abiertos a todos, sea cual sea su religión.
  • Cuando volvamos a nuestras diócesis, daremos a conocer a nuestros diocesanos nuestra resolución, rogándoles nos ayuden con su comprensión, su colaboración y sus oraciones.

Que Dios nos ayude a ser fieles».

Firmaron:

Los padres firmantes del Pacto mantuvieron en reserva su identidad con el fin de evitar que el mismo fuera tomado como una presión indebida o un acto de soberbia con respecto a los demás participantes del Concilio. Con los años se han conocido los nombres de los participantes, aunque existen pequeñas variantes según los testimonios.

Entre los 40 firmantes del pacto estaban:

Un tratado sobre la prohibición de las armas nucleares.

Un año después

por Sarah Bueter

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Antes de llegar a  Honduras, pasé mi tiempo trabajando sobre el tema de armas nucleares con  la Iglesia Católica. Claro, el Vaticano no tiene armas nucleares, ni Honduras, pero nuestra realidad hondureña,me hace recordar el tema. ¿Por qué? ¿Cuales son las implicaciones de las palabras del Papa para nosotros, o para un país como Honduras?

En noviembre de 2017, la Santa Sede organizó la primera reunión internacional sobre desarme nuclear, siguiendo  la aprobación del Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares, un instrumento jurídicamente vinculante para prohibir las armas nucleares, firmado en Nueva York el 7 de julio de 2017 por 122 países en las Naciones Unidas.  Esta reunión contó con  ganadores del Premio Nobel de la Paz, expertos de la sociedad civil, el mundo académico y estudiantes como yo para discutir el tema de la conferencia  que era: “Perspectivas para un mundo libre de armas nucleares y para el desarme integral.”

Desde un principio, la Iglesia Católica ha condenado el uso de armas nucleares.  Su posición sigue igual, sin embargo, en lo que representa un cambio significativo, en su discurso en la conferencia, el Papa Francisco denunció no sólo el uso sino también la posesión de armas nucleares, declarando que “se debe condenar con firmeza la amenaza de su uso, así como su posesión.”

La postura de la Iglesia representa leer de nuevo los signos de los tiempos. Esta luz surge de la misión de la Iglesia al servicio del desarrollo humano integral, de la paz y del desarme y llama la  atención particularmente sobre los efectos humanitarios y ambientales provocados por semejantes armas.  Hay una conexión profunda entre desarme y desarrollo humano. La condena de la posesión de armas nucleares, independientemente de la intención,  reconoce que invertir en la falacia de armas es despojar a los pobres. Equivale a despilfarrar los recursos de la Madre Tierra, la inteligencia de científicos y científicas y contribuye a la negligencia de salud, educación, y desarrollo humano. Un elogio de armas nucleares es una condena a nuestro planeta y nuestra humanidad.

Los participantes de la conferencia estaban de acuerdo por unanimidad que trabajar para un mundo sin armas nucleares no es ingenuo ni utópico sino  que representa la  alternativa más realista y sostenible a  la luz del entorno estable en  el  que vivimos.  Las armas nucleares, como decía el Papa Francisco, no pueden ser base de una coexistencia pacífica. En efecto, proveen solamente una sensación falsa de seguridad. El  Premio Nobel Mohamed El Baradei, quien fuera Director General de la Agencia Internacional de Energía Atómica, declaró, “Una paz que depende de una doctrina de Destrucción Mutua es basada en la premisa anacrónica de que ‘algunos son más iguales que otros’; está afirmado por la falibilidad humana; y, además, es irrelevante para los extremistas. “

Más bien, una ética de solidaridad y responsabilidad es el único fundamento realista y sostenible: basada en el respeto y el diálogo, así como estrictas medidas de verificación y transparencia, que permitan a todas las personas florecer. Esto, ha dicho el Papa Francisco, “fomentará un clima de confianza y diálogo sincero.” Trabajar por un mundo libre de armas nucleares también es trabajar por el progreso de cada ser humano y nos compromete para resolver otros problemas sociales como la pobreza, inseguridad alimentaria, educación, salud y cuidado por la creación.

Hace un año que  el Papa Francisco dijo estas palabras, conectando la lucha contra armas nucleares a la lucha contra la pobreza y para un desarrollo humano integral. No hay  duda que un trabajo enorme está por venir, uno que no exime países que ya han firmado el tratado declarándose libre de armas nucleares. En el caso de Honduras, en 1967 América latina y el Caribe  firmaron el Tratado de Tlatelolco que estableció una zona libre de armas nucleares. Es una de cinco regiones en hacerlo.

Sin embargo, veo efectos de armas nucleares en países como Honduras, donde ellas no existen . Se puede perpetrar violencia en diferentes niveles, desde estructuras de pecado grande hasta violencias  individuales. La militarización continúa con fuerza virulenta. Un clima de violencia afecta cada nivel de nuestras vidas y hay un sentido profundo de maldad que lleva a poseer y a usar armas nucleares. Este problema es inseparable de una compasión profunda por nuestro vecino como ser humano. Todos  estamos  interconectados.

Si, yo creo que este mensaje del Papa Francisco debe tener eco en Honduras, ¿cuáles son los pasos concretos que se  pueden dar  aquí? ¿Dónde empezamos?

  1. Sentimos esperanza en el hecho de que hay experiencias diversas que apuntan a construir un mundo de paz y justicia, trabajando como Papa Francisco dice, “cada uno por su camino.”
  2. Podemos empezar con un desarme del corazón, dando cuenta que nuestra fraternidad con unos y otros nos impulsa a dialogar y a rechazar la indiferencia y resignación. La paz empieza dentro de cada uno y cada una de nosotros, y se manifiesta por las decisiones hechas cada día en nuestras vidas dirigidas a construir un mundo donde se aspire al bien común de todos y todas.
  3. La Iglesia Católica continúa desarrollando su posición que promete paz y un estilo de no violencia.

La no violencia del Evangelio no es solamente una estrategia para reducir la violencia, ser mejores diplomáticos y construir la seguridad mundial. Es un estilo de vida, una manera de ser en el mundo. Con eso, empezamos interiormente a cultivar la conciencia, alejándonos  no solamente de  acciones violentas sino de  pensamientos e impulsos violentos. La no violencia es una postura que empieza con la interioridad de una persona, en contemplación y oración, que genera conciencia de nuestra propia vida interior.

II JORNADA MUNDIAL DE LOS POBRES

2018_jornada_mundial_pobres_banner-300x300Este pobre gritó y el Señor lo escuchó (Sal 34,7)

(Ex. 3, 7) El Señor escucha a los pobres que claman a él y es bueno con aquellos que buscan refugio en Él con el corazón destrozado por la tristeza, la soledad y la exclusión. Escucha a todos los que son atropellados en su dignidad y, a pesar de ello, tienen la fuerza de alzar su mirada al cielo para recibir luz y consuelo. Escucha a aquellos que son perseguidos en nombre de una falsa justicia, oprimidos por políticas indignas de este nombre y atemorizados por la violencia; y aun así saben que Dios es su Salvador. Lo que surge de esta oración es ante todo el sentimiento de abandono y confianza en un Padre que escucha y acoge.

El salmo 34 describe con tres verbos la actitud del pobre y su relación con Dios. Ante todo, gritar”. Su grito atraviesa los cielos y llega hasta Dios. Podemos preguntarnos: ¿Cómo es que este grito, que sube hasta la presencia de Dios, no consigue llegar a nuestros oídos, dejándonos indiferentes e impasibles?

Necesitamos hacer silencio para escuchar y reconocer su voz.  Para esto, necesitamos descentrarnos de nosotros mismos para no caer en complacernos con nuestras iniciativas sino en la acogida del clamor del pobre. Estamos tan atrapados por una cultura que obliga a mirarse al espejo y a preocuparse excesivamente de sí mismo, que pensamos que basta con un gesto de altruismo para quedarnos satisfechos, sin tener que comprometernos directamente.

No podemos cerrarnos a la voz del pobre porque la sentimos como reproche.  Con frecuencia el rechazo está alimentado por una fobia hacia los pobres, a los que se les considera no solo como personas indigentes, sino también como gente portadora de inseguridad, de inestabilidad, de desorden para las rutinas cotidianas y, por lo tanto, merecedores de rechazo y exclusión.

Nuestro modo de vivir y el del mundo… elogia, sigue e imita a quienes tienen poder y riqueza, mientras margina a los pobres, considerándolos un desecho y una vergüenza.

El segundo verbo es “responder”. El Señor no solo escucha el grito del pobre, sino que le responde. Su respuesta es una participación comprometida y llena de amor en la condición del pobre.  La respuesta de Dios es también una invitación a que todo el que cree en él obre de la misma manera, dentro de los límites humanos.

El tercer verbo es “liberar”. La pobreza no es algo buscado, sino que es causada por el egoísmo, el orgullo, la avaricia y la injusticia. Males tan antiguos como el hombre, pero que son siempre pecados, que afectan a tantos inocentes, produciendo consecuencias sociales dramáticas…. «Cada cristiano y cada comunidad están llamados a ser instrumentos de Dios para la liberación y promoción de los pobres, de manera que puedan integrarse plenamente en la sociedad; esto supone que seamos dóciles y atentos para escuchar el clamor del pobre y socorrerlo» (Exhort. ap. E.G.187).

Nuestro compromiso

Como cristianos, nos mueve la fe y el imperativo de la caridad, aunque sabemos reconocer otras formas de ayuda y de solidaridad que, en parte, se fijan los mismos objetivos; pero no descuidemos lo que nos es propio, a saber, llevar a todos hacia Dios y hacia la santidad. Una respuesta adecuada y plenamente evangélica que podemos dar es el diálogo entre las diversas experiencias y la humildad en el prestar nuestra colaboración sin ningún tipo de protagonismo.

En relación con los pobres, no se trata de jugar a ver quién tiene el primado en el intervenir, sino que con humildad podamos reconocer que el Espíritu suscita gestos que son un signo de la respuesta y de la cercanía de Dios. Cuando encontramos el modo de acercarnos a los pobres, sabemos que el primado le corresponde a él, que ha abierto nuestros ojos y nuestro corazón a la conversión. Lo que necesitan los pobres no es protagonismo, sino ese amor que sabe ocultarse y olvidar el bien realizado. Los verdaderos protagonistas son el Señor y los pobres. Quien se pone al servicio es instrumento en las manos de Dios para que se reconozca su presencia y su salvación.

La colaboración en iniciativas que no vienen de nosotros, que no están motivadas por la fe sino por la solidaridad humana, nos permite brindar una ayuda que solos no podríamos realizar. Reconocer que, en el inmenso mundo de la pobreza, nuestra intervención es también limitada, débil e insuficiente, nos lleva a tender la mano a los demás, de modo que la colaboración mutua pueda lograr su objetivo con más eficacia.

Los pobres ponen en crisis nuestra indiferencia, fruto de una visión de la vida excesivamente inmanente y atada al presente.

Del mensaje del santo Padre Francisco en la  II Jornada Mundial de los Pobres

Texto completo:MENSAJE PAPA FRANCISCO II JORNADA MUNDIAL DE LOS POBRES

Otros textos de interés:

 Opción por los pobres Jon Sobrino

La Iglesia pobre con la opción por los pobres Agustin Ortega

Foro Social Mundial de las Migraciones, México 2-4 noviembre 2018

 

El Foro Social Mundial de las Migraciones (FSMM) se desprende del Foro Social Mundial, pensado como un proceso en construcción permanente, horizontal y descentralizado, asumiendo como principios organizativos la autonomía, la autogestión y la autosuficiencia. Es un espacio de encuentro de la unidad en la diversidad, de reconocimiento entre personas, colectivos y movimientos para visibilizar, fortalecer y articular distintos grupos y luchas antisistémicas, vinculadas en su ser y sentir migratorio.

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El Foro Social Mundial de las Migraciones busca la construcción de una nueva visión de la migración, detonar un cambio y fomentar la inclusión, el respeto, la igualdad, el reconocimiento y valoración de las diferencias. Busca construir un proceso social en favor de la defensa de los derechos de las personas migrantes y sus familiares que les incorpore en la discusión de sus necesidades y expectativas y soluciones, fortalezca los diálogos entre las redes sociales y las personas migrantes, y sea capaz de influir en las decisiones de políticas públicas para hacer política de otra forma, no desde el poder sino desde la resistencia, desde las personas mismas y su visión de cómo enfrentar la realidad que viven y les hace migrar.

Desde este espacio llamado FSMM  se ha hecho una convocatoria amplia teniendo como eje rector a la migración, pero entendiendo su impacto y alcances en otros ámbitos sociales.

Desde los albores de los tiempos, hemos hecho de la movilidad una posibilidad de ser protagonistas de nuestros destinos en pos de alcanzar mayores grados de seguridad y solidaridad individual y colectiva. La migración siempre ha sido y seguirá siendo consustancial a las realidades internacionales, a la humanidad y al ser humano. Si ayer nos desplazábamos por necesidad y en búsqueda de esperanza, hoy se suman con fuerza las desigualdades, las crisis ambientales, el productivismo desarrollista, el trabajo y los nuevos conflictos globalizados.

Hoy, una de cada siete personas en el planeta -alrededor de 1000 millones- es migrante y experimenta las múltiples formas de movilidad humana de forma directa o indirecta, natural o forzada, consciente o inconsciente, temporal, puntual, definitiva o continua. 750 millones de migrantes internos, 250 millones de migrantes transnacionales, 65 millones de personas desplazadas forzadas y refugiadas, la mayor cifra desde las grandes guerras mundiales.

En la mayoría de los casos son trabajadorxs sometidxs a condiciones de alta vulnerabilidad y explotación extrema, discriminación constante y exclusión social múltiple. Y aun así han sido y son vectores de riqueza, de nuevas ciudadanías, de enriquecimiento cultural y primera línea en diversas luchas sociales.

Hoy en día, somos testigos directos de que los muros, las identidades nacionalistas exacerbadas, la erosión del derecho a la movilidad, los conceptos de gobernanza, “migración regular, ordenada y segura” y la negación migratoria, señales características de un mundo atrapado en el círculo perverso de su pasado, nos envuelven, nos apartan o nos matan.

Rechazamos esta perspectiva destructiva que, al igual que otros temas de la agenda internacional, no contempla la raíz sistémica y compleja de los problemas. De algún modo, nuestros movimientos son directamente un medidor proporcional al grado de inestabilidad del tablero internacional. Nuestra lucha migrante se sitúa claramente en esta encrucijada. En el fondo, se trata de una lucha por disputar una sociedad y una matriz de mundialización positiva, legítima, democrática, no excluyente, por una visión integradora de los pueblos y la diversidad del mundo en el que quepan todos los mundos. Es de hecho una lucha solidaria y transversal a otras luchas éticas, económicas, políticas, ambientales, civilizatorias, tanto local como global.

El año 2018, está siendo, sin duda emblemático de la movilidad humana en el acontecer mundial. En  estos días de noviembre de ese año nuestros caminos se cruzarán en México: para conocernos, dialogar, compartir y acordar. Para reconocer nuestra hermandad desde nuestras diferencias; para luchar, resistir y rebelarnos continua y colectivamente en contra de la hidra del capitalismo, el racismo, el colonialismo y el patriarcado.

Ante un Pacto Global convocado por la Organización de las Naciones Unidas, la sociedad civil ha hecho escuchar su voz. En todos los comunicados resultados de distintas reuniones que dan seguimiento a este proceso se coincidió en la necesidad de superar la perspectiva hegemónica de política migratoria que plantea una gestión de las migraciones “regular, ordenada y segura”, por una visión humanista que permita “acoger, proteger, promover e integrar” a las personas migrantes, reafirmando la movilidad humana como un derecho arraigado en la igualdad esencial del ser humano.

Por lo anterior, la Secretaria Técnica del 8º FSMM México 2018 ha convocado en la Ciudad de México, los días 2, 3 y 4 de noviembre del 2018  para que se den cita migrantes, defensores, representantes, académicos y activistas de las organizaciones y movimientos de resistencia en el mundo entero, a fin de tener reuniones presenciales y/o virtuales para coordinar acciones globales que se llevarán a cabo en sus regiones/países, todo ello dentro de un “Compromiso Migrante Global” para dar inicio en el contexto de la movilidad activa y combativa a una Jornada(s) Mundial de Resistencia por la Movilidad Global.

Los diálogos y encuentros durante el Foro Social Mundial de las Migraciones 2018, se basarán en los siguientes ejes temáticos:

  • 1. Derechos humanos, inclusión social, hospitalidad y movilidad.
  • 2. Realidades de las fronteras, muros y otras barreras.
  • 3. Resistencias, actores, movimientos y acciones colectivas.
  • 4. La crisis sistémica del capitalismo y sus consecuencias para la migración.
  • 5. Migración, género y cuerpo.
  • 6. Migración, los derechos de la Madre Naturaleza, el cambio climático y las disputas Norte – Sur.

Mas Información en FSMM

 

 

Ángelus del Papa: “Los Santos nos alientan a vivir las Bienaventuranzas”

En el Ángelus de este jueves, 1 de noviembre, Solemnidad de Todos los Santos, el Papa Francisco pidió que, la Madre de Dios, Reina de los Santos, nos ayude a recorrer con decisión el camino de la santidad.

“Hoy estos hermanos y hermanas nuestros no nos piden que oigamos de nuevo un hermoso Evangelio, sino que lo pongamos en práctica, que nos pongamos en el camino de las Bienaventuranzas. No se trata de hacer cosas extraordinarias, sino de seguir cada día este camino que nos lleva al cielo, a la familia, a la casa”, lo dijo el Papa Francisco en su alocución antes de rezar la oración mariana del Ángelus de este jueves, 1 de noviembre, Solemnidad de Todos los Santos.

En comunión con los Santos

El Santo Padre comentando la primera lectura de hoy, tomada del Libro del Apocalipsis (7,9), dijo que esta, nos habla del cielo y nos pone ante “una multitud inmensa”, incalculable, “de toda nación, tribu, pueblo y lengua”. Ellos son los santos, afirmó el Papa, y ¿qué hacen allá arriba? Cantan juntos, alaban a Dios con alegría. Sería hermoso escuchar sus cantos…. Pero podemos imaginarnos: ¿saben cuándo? Durante la Misa, cuando cantamos “Santo, santo, santo el Señor Dios del universo…”. Es un himno – dice la Biblia – que viene del cielo, que se canta allí (cf. Is 6,3; Ap 4,8). Así, pues, cantando el “Santo”, no sólo pensamos en los santos, sino que hacemos lo que ellos hacen: en ese momento, en la Misa, estamos más unidos a ellos que nunca.

Y estamos unidos a todos los santos, agregó el Papa Francisco, no sólo a los más conocidos, en el calendario, sino también con aquellos “de la puerta de al lado”, con nuestros familiares y conocidos que ahora forman parte de esa inmensa multitud. “Hoy es una fiesta de familia. Los santos están cerca de nosotros, es más, son nuestros verdaderos hermanos y hermanas. Nos entienden, nos aman, saben cuál es nuestro verdadero bien, nos ayudan y nos esperan. Son felices y quieren que seamos felices con ellos en el paraíso”.

La mentalidad del mundo contra el Evangelio

Estos hermanos y hermanas, los Santos, señaló el Santo Padre, nos invitan al camino de la felicidad, indicado en el Evangelio de hoy, tan bello y conocido: “Bienaventurados los pobres de espíritu […] Bienaventurados los humildes […] Bienaventurados los puros de corazón […]”. Pero, ¿qué es eso? El Evangelio dice bienaventurados los pobres, mientras que el mundo dice bienaventurados los ricos. El Evangelio dice bienaventurados los humildes, mientras que el mundo dice bienaventurados los poderosos. El Evangelio dice bienaventurados los puros, mientras que el mundo dice bienaventurados los astutos y los hedonistas. Este camino de las bienaventuranzas, de la santidad – precisó el Pontífice – parece conducir a la derrota. Sin embargo – nos recuerda de nuevo la primera Lectura – los santos tienen “ramas de palma en sus manos”, es decir, los símbolos de la victoria. Ellos han vencido, no el mundo. Y nos exhortan a elegir su parte, la de Dios que es santo.

Los Santos nos “alientan” que elijamos a Dios

Por ello es necesario que nos preguntémonos de que parte estamos, indicó el Papa Francisco: ¿el del cielo o el de la tierra? ¿Vivimos para el Señor o para nosotros mismos, para la felicidad eterna o para alguna satisfacción ahora? Preguntémonos: ¿realmente queremos la santidad? ¿O nos contentamos con ser cristianos sin vergüenza y sin alabanza, que creen en Dios y estiman al prójimo pero sin exagerar? El Señor “pide todo, y lo que ofrece es la verdadera vida, la felicidad para la que fuimos creados”. Es decir, santidad o nada. Es bueno que nos dejemos provocar por los santos, que aquí no han tenido medias tintas y desde allá nos “alientan”, para que elijamos a Dios, la humildad, la mansedumbre, la misericordia, la pureza, para que nos apasionemos por el cielo en vez que la tierra.

Los Santos nos invitan a ir por la vía de las Bienaventuranzas

Hoy estos hermanos y hermanas nuestros, agregó el Papa Francisco, no nos piden que oigamos de nuevo un hermoso Evangelio, sino que lo pongamos en práctica, que nos pongamos en el camino de las Bienaventuranzas. No se trata de hacer cosas extraordinarias, sino de seguir cada día este camino que nos lleva al cielo, a la familia, a la casa. Hoy, por lo tanto, vislumbremos nuestro futuro y celebremos para lo que hemos nacido: ¡nacimos para no morir nunca más, nacimos para disfrutar de la felicidad de Dios! El Señor nos anima y a quien sigue el camino de las bienaventuranzas, dice: “Alégrense y regocíjense, porque vuestra recompensa en el cielo es grande” (Mt 5,12). Que la Madre de Dios, Reina de los Santos, concluyó el Papa, nos ayude a recorrer con decisión el camino de la santidad; Ella, que es la Puerta del Cielo, introduzca a nuestros queridos difuntos en la familia celestial.

vea el video en este enlace ANGELUS 1° NOVIEMBRE

Fuente: Renato Martinez – Ciudad del Vaticano