URGE HACER CAMBIOS…

El evangelio de este tercer domingo nos llama a una conversión profunda. No basta una conversión superficial. El Reino de Dios está cerca, está a nuestro alcance. Seamos realistas: Dios no puede cambiar el mundo sin que nosotros cambiemos. No seamos “cristianos” de nombre no más, de meras reglas y obligaciones morales y religiosas. Es preciso un cambio profundo de actitudes tanto en lo personal como en lo colectivo.

El ejemplo de Mons. Oscar Romero cuyo martirio celebramos hoy nos llama a ser coherente con nuestra fe.

Sin duda, la mejor enseñanza de Monseñor Romero fue su ejemplo. Su coherencia de vida y sus homilías lapidarias acabaron costándole la vida, pero siguen siendo de mucha vigencia en la actualidad. Reproducimos aquí algunas de sus palabras.

ROMERO

– La verdad siempre es perseguida.

– El hombre no vale por lo que tiene, sino por lo que es.

– Mi voz desaparecerá, pero mi palabra que es Cristo quedará en los corazones que lo hayan querido acoger.

– Les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡cese la represión!.

– Es inconcebible que se diga a alguien ‘cristiano’ y no tome como Cristo una opción preferencial por los pobres.

– Tiene que proponer la Iglesia católica, entonces, una educación que haga de los hombres sujetos de su propio desarrollo, protagonistas de la historia. No masa pasiva, conformista, sino hombres que sepan lucir su inteligencia, su creatividad, su voluntad para el servicio común de la patria.

– Si denuncio y condeno la injusticia es porque es mi obligación como pastor de un pueblo oprimido y humillado.

– De nada sirven las reformas si van teñidas de tanta sangre.

– Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la ley de Dios. Una ley inmoral nadie tiene que cumplirla.

– Un obispo morirá pero la Iglesia de Dios, que es el pueblo, no perecerá jamás.

– La oligarquía, al ver que existe el peligro de que pierda el completo dominio que tiene sobre el control de la inversión, de la agroexportación y sobre el casi monopolio de la tierra, está defendiendo sus egoístas intereses, no con razones, no con apoyo popular, sino con lo único que tiene: dinero que le permite comprar armas y pagar mercenarios que están masacrando al pueblo y ahogando toda legítima expresión que clama justicia y libertad.

– Puede usted decir si llegasen a matarme que perdono y bendigo a quienes lo hagan.

– He sido frecuentemente amenazado de muerte. Debo decirle que, como cristiano, no creo en la muerte sin resurrección: si me matan, resucitaré con el pueblo salvadoreño.

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