Pabloshock

Escrito por Eloy Roy p.m.e. Canadá

Erase una vez un religioso fanático que se llamaba Saúl.  Un día, cuando iba cabalgando con furor por el camino de Damasco, un rayo lo pegó. Su montura se asustó y lo volteó. Al caer al suelo, el hombre se golpeó la cabeza, vio luces, escuchó voces. De su disco mental se borraron miles de datos y quedó ciego. Al instante los lazos de boa que lo tenían amarrado a la Religión de sus ancestros se rompieron en mil pedazos y se prendió en él la llama danzante de la GRACIA y de la LIBERTAD. 

En su conciencia profunda se le  plantó la certeza absoluta de que el Dios de la Vida era GRATUIDAD pura. Que todo lo daba gratuitamente. Que jamás cobraba. Que con Él no cabían castigos, rezos, sacrificios, limosnas, indulgencias, flagelaciones, peregrinaciones, votos, méritos, promesas,  ni nada que valiera. Todo era gratuito de cabo a rabo… Era así porque no sabía sino amar. Su amor superaba la energía del cosmos entero y la dulzura de  toda la miel del mundo.  

Ante semejante maravilla, la religión ancestral que el fogoso Pablo defendía con uñas y dientes,  se desmoronó.  Ese  Dios de su tradición, el que era bueno, por cierto,  pero por sobre todo temible, perdía para siempre su carácter de guerrero implacable y de juez puntilloso, vengativo e inmisericorde. De él no quedaba sino el Padre de gracia pura que, abrazando a todos los humanos, aún los más desfigurados, los hacía nacer a su identidad verdadera de hijos amados e hijas amadas de él.   

Así fue como a  ese hombre quien arremetía contra Jesús sin conocerlo, se le  había entrado en un relampagueo toda la esencia del evangelio. La palabra: “Yo soy Jesús a quien persigues” le abrió los ojos. Le hizo comprender que el hombre de la cruz había transcendido la muerte y seguía viviendo en la comunidad de sus  seguidores. Con fuerzas de resurrección  caminaba de verdad en medio de ellos y seguía, a través de ellos, haciendo el bien por toda la Tierra. Había muerto Saúl, hombre viejo, y había nacido Pablo, hombre nuevo.

VER: He 9, 1-28; 15, 1-21-  Ga 5, 1-4.13-14Ef 2, 4-10; 3, 1-9     

Si este artículo termina aquí es porque lo que fue pedido es un texto corto. Sin embargo, dicho texto corto tiene una continuación que puede ser útil para profundizar la reflexión y promover intercambios sobre la misión en el mundo de hoy.

Al enterarse de esa historia, los correligionarios judíos de Pablo lo ficharon enseguida como apóstata y pusieron precio a su cabeza. Refugiándose en la comunidad cristiana, que él mismo había   perseguido con violencia, Pablo no recibió tampoco una acogida muy fraterna. Muchos cristianos no querían verlo ni pintado. Había entre ellos un grupo de tradicionalistas que chocaron con él en el muy cadente tema de la circuncisión.

Planteaban que no se debía admitir al bautismo a candidatos provenientes del paganismo si antes no se les cortaba el prepucio. Esa postura sacaba a Pablo de quicios porque ponía de manifiesto un intento claro de volver a la religión que había clavado a Jesús a la cruz. Para él, la circuncisión obligatoria para todos era la forma más segura de someter de nuevo las conciencias cristianas a un Dios de reglamentos, amenazas y castigos,  y era el mejor método de acabar con la Gratuidad de la salvación.

El ambiente era tan explosivo en la comunidad que Pablo, al final, optó por alejarse. Sin cortar con la comunidad, agarró la mochila y se fue hacia el mundo de los que no se circuncidaban, o sea nosotros, los paganos. Fue un gran misionero. Predicó por todos lados la grandiosa gratuidad y libertad de la salvación traída por Jesús, ganándose la cólera de los rabinos de todas las sinagogas y la vindicta de los sacerdotes de los templos paganos.  Al final, su carrera terminó un poco como la de Jesús, pues, para callarle la boca, las autoridades de Roma le cortaron la cabeza.

En la Iglesia, al principio, el concepto de salvación gratuita fue prosperando. Pero, pasados unos trescientos años, el acceso a Dios  se hizo cada vez menos gratuito y más caro… La Iglesia predicó con pito y bombo que, en la cruz, Dios había cargado las espaldas de Jesús con el astronómico bulto de todos los pecados de la humanidad (¡pobre Jesús!). Habiendo aceptado luego el sacrificio de su hijo, Dios inscribió en su libro de cuentas que nuestra deuda quedaba cancelada para siempre. Pero los predicadores agregaron que para beneficiarse concretamente de los frutos del sacrificio de Jesús, convenía mostrar gratitud.

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Acordaron entonces que se pagara algo parecido a multas proporcionadas al tamaño de los pecados que se seguían cometiendo. Desde entonces, gracias a los  “méritos” infinitos del sacrificio de Jesús,  el planeta se llenó de misas pagadas, de indulgencias, de reliquias y de muy buenos negocios (por supuesto, siempre en beneficio de los pobres y de la liberación de las almas del purgatorio…).

Junto a este negocio simoniaco abierto o mal disimulado, fueron creciendo en el jardín de la Iglesia otras plantas carnívoras que habían sido más o menos pisoteadas por el caballo de Pablo: sistema eclesiástico patriarcal, centralismo religioso excesivo, autoritarismo sacralizado, jerarquías imperiales, legalismo inquisitorial, fariseísmo elevado a la categoría de virtud, fundamentalismo dogmático, discriminación de la mujer y de las minorías sexuales (perdón: estos dos puntos habían escapado a la conversión de Pablo…), corrupción, moralismo hipócrita, ritualismo tóxico, militarismo pasado al agua bendita, peleas de poder, guerras santas, etc., siendo todas esas cosas menos “católicas” aún que… la circuncisión…

Tras 2 mil años de historia, varios cambios se dieron en la Iglesia, pero los intentos de “conversión” profunda quedaron siempre a medio camino. Presa de sus propias contradicciones, la vieja institución, pese a que haya realizado en el transcurso del tiempo un sinnúmero de obras extraordinarias a favor de los enfermos, de los pobres y de los olvidados, ha sido incapaz de renovarse sustancialmente y llegó, en distintas partes del mundo, a perder toda credibilidad.

Lo cual, sin embargo, no parece preocupar demasiado a los buenos misioneros y misioneras que somos nosotros. Aunque la mayoría de nosotros nos desvivimos para ser fieles servidores y servidoras del Evangelio, seguimos manteniendo y alimentando la mentalidad y las estructuras de una Iglesia que no ha caído todavía de su caballo. Pareciera que el relámpago que convirtió al ex-Saúl en el Pablo de la Gracia y de la Libertad se apagó desde hace mucho.

Debido a nuestro temor de esclavos y a nuestra adicción a una teología obsoleta, las lacras mencionadas apenas nos  molestan y de ninguna manera nos incitan a CORRER RIESGOS.  No nos animamos a cuestionar seriamente una cantidad enorme de cosas que creemos que son de Dios cuando, en realidad, nunca lo fueron. Lo cierto es que Jesús de Nazaret jamás se dejó o se dejaría clavar en la cruz por la mayoría de las creencias a las que estamos más apegados y que, por desgracia, hacen a nuestra identidad  de cristianos.

Sin complicarnos más la vida, bastaría convencernos de dos cosas:

1- que, a través de su vida, Jesús nos llamó sencillamente a ser mujeres y hombres  verdaderamente humanos dispuestos a contribuir con generosidad a la humanización de nuestro mundo.

2- que el rostro de Aquel a quien llamamos “Dios” se da a conocer  en ese proceso de humanización por el cual la imagen divina (que está escondida en cada ser humano) sale progresivamente a la luz. Sólo eso.

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