Desierto

Itinerario cuaresmal

Hay algo extraordinario en la historia del desierto en Marcos, que es de buena a primera desafiante, cautivante y aterradora. Leerla lentamente nos permite evocar todas las otras historias del desierto que encontramos en la Biblia.

No obstante, el desierto de Marcos es diferente de todos. Es diferente del desierto en que Moisés entró; no tiene ninguna zarza ardiente para revelar la presencia de Dios y nadie pronuncia el nombre divino de «Yahvé». Es diferente del desierto en que entró Israel para ir a la tierra prometida; no hay un fuego de noche o una nube de día que lo acompañe, no hay agua brotando de la roca y ni maná para comer.

Es también diferente del desierto de Isaías que iría a florecer, y en el cual se encontraría «agua» y «un camino» para el pueblo en su retorno del exilio. No es como el desierto de Oseas donde Dios quería hablar al corazón de su amada para convertirla otra vez en desposada. Ni siquiera es como el desierto de Mateo y Lucas donde va Jesús para ser tentado. El desierto de Marcos evoca todos estos desiertos y, sin embargo, es diferente de todos ellos.

Marcos nos cuenta así lo que le sucedió a Jesús después de su bautismo. «En seguida el Espíritu lo impulsó a ir al desierto,y allí fue tentado por Satanás durante cuarenta días. Estaba entre las fieras, y los ángeles le servían.» (Mc 1, 12-13).

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Hay una simplicidad radical en el desierto de Marcos. Él deja fuera muchos detalles. No hay fuegos, nubes, rocas, agua, ni grandes historias. Ni siquiera da detalles de cómo Jesús andaba, ni de qué comió. Sin embargo, los detalles, aunque pocos, sugieren que Jesús salió vencedor y que esta etapa de su combate, aunque decisiva, no era la etapa final. La lucha iba a continuar durante toda su misión. Esta falta de detalle tiene también el efecto interesante de colocarnos en un ambiente desértico y llevarnos a enfrentarnos con él.

Jesús es conducido allí a pesar suyo. Esto es algo sorprendente. Además, el texto indica, aunque no lo expresa abiertamente, que se trata de una experiencia ambivalente. Jesús, por un lado, fue tentado por Satanás, estuvo con las fieras, y por otro lado, los ángeles le servían. Entonces, hay dos lados en esta experiencia del desierto. Es una historia de lucha y una historia de ayuda. Satanás y fieras son símbolos de destrucción, y ángeles son símbolos de la presencia de Dios que sustenta.

El desierto de Marcos es simple, silencioso, no contiene nada. Leer la historia nos deja con estas impresiones. Esta es la naturaleza del desierto. Jesús es conducido a este tipo de experiencia. El resultado de ello es que después aparece en Galilea proclamando la Buena Nueva de Dios. A primera vista, este desierto constituye una experiencia muy poco satisfactoria. Uno tiene ganas de cambiarlo y es más bien el desierto que le cambia a uno. Esas arenas solitarias que se extienden muy lejos te devuelven a ti mismo.

Tal vez haya una manera de acercarnos a esta experiencia y echar luz sobre ella.

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Por ejemplo, hacer una distinción entre lo que es un desierto y un páramo. El páramo es de nuestra propia fabricación. Los monstruos que encontramos allí han sido fabricados por nuestras locuras y maquinaciones. Pero hay realidades amenazantes que no son de nuestra fabricación. Las simboliza el desierto. Estos dos símbolos nos indican que nuestra realidad es a la vez dada y fabricada. Son dos tipos de situaciones: una donde fabricamos los problemas, y otra, la experiencia del desierto, donde nos encontramos con la alteridad de las cosas.

El desierto se convierte en el lugar de la diferenciación y, debido a ello, en el lugar de la identidad. Esto encaja bien con las experiencias del desierto que hemos enumerado. Es en el desierto donde Moisés llegó a conocer el nombre divino. En el desierto Israel descubrió y redescubrió su identidad. Ese fue el mensaje de Oseas: la única manera en que Dios puede ayudar a su pueblo a reconocerse de nuevo como pueblo de Dios es llevándolo al desierto.

Esto vale también para el desierto de Marcos. Jesús emerge de él con un mensaje definido, con un programa y un camino en su vida: anunciar el Reino de Dios. Fue para él una experiencia fundamental. Sin embargo, el desierto no es una experiencia única, hecha de una vez por todas. No lo fue en la vida de Israel, y no lo será en la vida de Jesús o de sus discípulos.

Hasta ahora hemos utilizado una serie de palabras que describen la experiencia del desierto desde el punto de vista de Marcos: simplicidad, sorprendente, silencio, vacío, ambivalencia, lugar de identidad, fuente de la misión. ¿Será así en la vida?

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Esta experiencia no acontece solo una vez sino muchas veces en la vida. Son momentos que no hemos fabricado pero que pueden ser agravados por nuestro propio actuar. Sin embargo, son fundamentalmente momentos hacia los cuales somos llevados por la vida misma. En esos momentos o espacios nos enfrentamos con límites, ultimidad y significado.

Allí tengo que ir, aunque yo no quiera ir, porque no hay otro camino. Este es el camino de la vida. Entro e inmediatamente toco su ambivalencia, la quemazón de sus días cálidos, sus frías noches vacías, y me doy cuenta de mi propia soledad, mis propias preguntas. Aquí toco la frustración de muchos apetitos, las pasiones que arden sin cesar y se mezclan con la frialdad de una vida vacía de pasión.

Descubro que he traído todo mi ser a este lugar vacío y me he encontrado con todo lo que soy, y es un desierto, y está vacío. Su vacío enfurece mi soledad y mi agitación grita ante su presencia, y yo me rebelo. Aquí toco la realidad de que estoy solo incluso si estoy con los demás.

Quedarse quieto en silencio, es inquietante y desconcertante. Todo invade el vacío creado por la quietud. Huesos viejos, mensajes de historias pasadas aparecen en las arenas del desierto. Soy parte de una historia que se despliega sin mí. Soy parte de un universo que, al parecer, tiene un destino y un propósito aparte de mí, y por eso me pregunto si mi existencia afecta aquello de alguna manera. Yo mismo ya me estoy desenvolviendo, tratando de responder a la historia que me rodea, y por eso me pregunto si soy libre. Me pregunto sobre mi historia: ¿cómo va a ser? ¿Qué quiero que sea y qué puedo hacer para que sea?

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La experiencia del desierto acontece muchas veces en una vida. Volvemos a ella una y otra vez. Frecuentemente Jesús irá a lugares solitarios para estar solo, para orar. En ocasiones llevará a otros con él. En Marcos esta experiencia casi siempre precede un nuevo rumbo en su vida. Jesús emerge del desierto con un nuevo propósito o con una visión renovada: emerge con una nueva energía.

El desierto descoloca, da vuelta a las cosas, conlleva preguntas. Altera nuestra visión normal y nos obliga a ver las cosas en perspectivas diferentes. En el desierto el yo interior toca la nada a través de la nada misma, toca su fuente trascendental.

Marcos hace del desierto un recuento corto. Sin embargo, es una etapa profundamente importante en la vida de Jesús. Su simplicidad, su falta de desarrollo como lo hemos notado, nos da una sensación de estar en el desierto. Su insistencia en su importancia nos da un sentido de lo importante que es. Finalmente, la falta de todo desarrollo de la escena la deja como una pregunta para mí. Sin embargo, quizás esto da una pista; el desierto es LA pregunta en mi vida.

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