Día de los difuntos y el sentido de la vida.



                                       Por Juan Greffard p.m.e.


Hoy la Iglesia nos llama a recordar a nuestros muertos. Es tristeza. Es esperanza.

En el ser humano hay dos grandes misterios, en dos momentos muy significativos, que, a veces, tenemos la suerte de presenciar. El momento del nacer que inicia en el vientre de la madre, con el gran silencio antes de llegar a este mundo.

Está el momento del morir. Que desemboca en este otro gran silencio, del que no sabemos nada, pero que sospechamos que es un paso de esta vida al mundo de lo definitivo, del espíritu.

¿La vida será todo el ruido que acontece entre estos dos grandes momentos?

Y la vivimos dándole sentido, lo más que le podemos dar. Jesús nos habla de esta vida como algo que estamos llamados a dejar que fluya, que dé frutos bonitos en el amor. Que es lo que, finalmente quedará.

Por eso, frente a la muerte de su amigo Lázaro, le dice: Lázaro, sal de allí. Y nos dice a todos: quítenles a sus muertos los atuendos de muerte con que los han envuelto… pero déjenlos ir (Juan 11,44).
Es difícil , nos causa dolor, tan acostumbrados que estábamos a su presencia. Solamente que ellos nos han precedido en lo que es la meta que nos reunirá a todos.

¿Será la conciencia?

Las crisis y el cansancio de la gente

Por Oscar Acuña

Comunicador Social

En abril de 2018 estalló en Nicaragua una oleada de protestas que ponían en evidencia el cansancio de la población, frente a un sistema político lleno de vicios y abusos. En 2019, pasó lo mismo en Honduras, Costa Rica, Ecuador, Venezuela, Puerto Rico y Chile. Hemos visto que las manifestaciones se han multiplicado a lo largo y ancho de América latina, teniendo como elemento común el enorme descontento de la población frente gobiernos que no han sabido ni han querido respetar los derechos humanos.

Pero, ¿por qué marchamos? ¿Será la izquierda con sus discursos populistas y antimperialistas, sus ganas de mantenerse en el poder a cualquier costo? ¿Será la derecha con sus impuestos, alzas y modelos excluyentes donde quien tiene más quiere más y los que tenemos menos, vivimos con lo mínimo? ¿O será acaso, la represión y uso de fuerza desmedida por parte de esos gobiernos, para reprimir cualquier muestra de descontento social, la que ha hecho que la gente salga de sus casas y exprese sus demandas en el espacio público?

Finalmente, ¿será la conciencia?

La polarización política a lo largo de los años nos ha situado en un lado o en otro, de la visión de desarrollo que queremos para el mundo. Luchamos cobijados por banderas y nos enemistamos, porque cada cual cree que tiene la razón. En el camino van quedando las demandas comunes, los sueños colectivos y las expectativas de vivir bien, con calidad de vida.

Eso ha cambiado. En el contexto actual, el elemento común ha sido que a todos y todas nos está costando vivir bajo un sistema donde el respeto, cuido y aprecio a la vida ha quedado en segundo plano. Hay pocas fuentes de trabajo y son aun menos los que ofrecen condiciones dignas, vivimos en espacios marcados por la violencia y con respeto a nuestros derechos, nos cuesta tener que migrar, nos cuesta pagar el pasaje cada vez más caro. Al final, trabajamos toda una vida y no tenemos seguridad de una pensión digna para retirarnos.

Nos hemos dado cuenta de que no importa el color de la bandera que dirige el gobierno, importa la forma en la que lo hace y eso nos tiene molestos, en todas partes.

El cambio generacional ha provocado un fenómeno interesante, nos habíamos desacostumbrado a las balas, al sonido de los fusiles, sin embargo la gente que nació después de los 90 no tenía idea que te podían matar en una manifestación pacífica. No tenían el miedo de los mayores. Hoy volvimos a ver los escenarios más temidos que habitan en la historia y la memoria de los pueblos, toques de queda, ejércitos en las calles, policía que asesina y reprime. ¿Acaso creen que esto va a calmar a la población? La conciencia se ha despertado, avanzamos con demandas firmes de un mundo más justo, ya no es divertido ni curioso ser el bandido de la sociedad. Estamos construyendo nuevos referentes.

La juventud de ahora quiere y sueña con mejores oportunidades, con mejores condiciones para vivir, por eso marchamos. No lo hacemos por las falsas utopías del socialismo o el capitalismo, porque de esas ideologías nos ha quedado solamente el mito. La disputa ahora es entre vida o calidad de vida, ¿de que forma merecemos vivir? La conciencia nos llega por la necesidad y porque estamos viendo que avanzamos por el camino equivocado, a partir de ahí debemos construir nuevos paradigmas hacia adonde dirigirnos.

Ya no nos convocan las guerras frías ni las banderas, estamos en un tiempo en que nos mueven las redes y sobre todo las ganas de hacerlo mejor. Con la necesidad de reconocernos diversos, de respetar las cosmovisiones de las demás personas, de transformar las relaciones desiguales de poder.
Falta mucho por hacer, pero al menos estamos claros que por dónde venimos no es el camino que deseamos y por eso, cada vez somos más en las calles.

Ser joven en Nicaragua

La danza de los sueños, en el borde de las crisis

Ser joven y no ser revolucionario es una contradicción casi hasta biológica, dijo una vez Salvador Allende.

En Nicaragua crecimos escuchando la palabra “revolución” como un mantra, como una consigna y ahora como una necesidad. Sin saber exactamente a que hace referencia y considerando “la revolución” como un evento histórico en el que un grupo de jóvenes rebeldes lograron derrocar al dictador de turno y con gran alegría llenar una plaza con banderas rojas y negras, que representaban la libertad y el futuro esperanzador, fuimos creciendo con el significado de esta palabra cada vez más difuso y desconocido para todos.

Yo siempre me pregunto, ¿qué quería decir Allende cuando formuló esa afirmación? Revolucionar es cambiar, es trastocarlo todo, es mover de su sitio ideas, conceptos, comportamientos, actitudes y sistemas que de una u otra forma no nos satisfacen, pues se alejan de los valores y de los fundamentos éticos con qué regimos nuestras vidas. Es transformar esa realidad por una en la que nos sentimos mejor, nos sentimos incluidas, respetados y con posibilidades para desarrollarnos. Pero en Nicaragua aun seguimos sin saber muy bien en que consiste.

Nicaragua es un país donde la palabra crisis es de uso cotidiano. Aquí las oportunidades para estudiar, para conseguir un empleo digno son muy escasas, donde las mujeres salen embarazadas a muy temprana edad por falta de educación sexual, donde los gobiernos te usan, pero no te dan las herramientas para crecer y ser mejor. Pero es en este país donde hemos aprendido a luchar día a día para tener derecho a soñar.

Estamos llenos de sueños. Soñamos con cosas chiquitas y con cosas muy grandes, por ejemplo soñamos con tener nuestras necesidades básicas cubiertas, soñamos con poder salir a la calle y no ser víctimas de robos o de violencia. También soñamos con la posibilidad de dedicarnos a las cosas que más nos gustan, soñamos con poder quedarnos a trabajar en nuestro país, con nuestras familias y amigos, soñamos con ser buenos deportistas y artistas, también con que el machismo y desigualdad se acaben, en fin, soñamos con muchas cosas que aun no tenemos.



Vivimos en una constante cuesta arriba, pero lo increíble de todo es qué aún con todo eso, resistimos y más aun, luchamos para cambiar las condiciones que hoy no nos dejan progresar.

A pesar de las estadísticas que nos ubican como uno de los países más pobres de la región, de las guerras, de la violencia, de la corrupción, de los pactos nefastos que nos han hundido en la miseria espiritual y nos han llenado de luto y dolor, a pesar de eso seguimos soñando, seguimos cultivando la esperanza de un futuro mejor.

Hace más de un año, en Nicaragua estalló una crisis social que nos ha dejado más de 500 muertos, desaparecidos, más de 60 mil exiliados, todo porque la dictadura de turno no entiende que el poder es transitorio y que nada vale más que una vida.

En abril del 2018 muchos jóvenes universitarios, salieron a manifestarse en contra de medidas gubernamentales que nos afectan a todos y todas, la respuesta a eso fue la represión y el asesinato a muchos de ellos. Hoy en día, todos aquellos que apoyaron de alguna manera esas protestas, son asediados, vigilados, apresados, amenazados y hasta asesinados por personas afines al gobierno. Hemos retrocedido.

Pero, con esta nueva crisis, se pusieron de manifiesto muchas cosas que antes no veíamos. La crisis afuera solo es un reflejo de lo que todas y todos cargamos dentro, nuestros valores, nuestras ideas. Los liderazgos que promueven la violencia y los simpatizantes que siguen las instrucciones al pie de la letra, demuestran una verdadera crisis en cada persona.

Pienso entonces, en lo que dijo Allende y ahora veo bien, revolución es cambiar todo eso que sabemos que está mal, pero no afuera, debemos empezar aquí, en el propio cuerpo. No puedo cambiar mi país si soy un hombre machista, violento, tampoco puedo cambiar mi país si creo que las demás personas no se merecen tener más y mejores oportunidades para su desarrollo. No puedo cambiar mi país, si miento, si no respeto al otro a la otra, si creo que vale más una bandera que una vida.

Podemos mejorarlo todo y queremos intentarlo, la juventud lo sabe, sabemos que hay cosas que deben cambiar. Por eso nos manifestamos, alzamos nuestras voces para luchar por el país que queremos. Esa es nuestra nueva revolución.

Oscar Acuña Moraga Comunicador social

La Esperanza

“El pensamiento social de la Iglesia es ante todo positivo y propositivo, orienta una acción transformadora, y en ese sentido, no deja de ser un signo de esperanza que brota del corazón amante de Jesucristo”. (Evangelii Gaudium 183)


Honduras actualmente está en un contexto de desigualdades sociales, una profunda crisis política y un alarmante índice de 67% de pobreza, situaciones que realmente duelen tanto, y aún más a la juventud del país.


Ser estudiante de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH) es saberse en la mejor “U” del país, no obstante en la alma máter se ve reflejada la crisis hondureña, jóvenes del movimiento estudiantil exigen distintas demandas y la respuesta a estos es represión militar dentro del campus, atentando contra la vida de estudiantes y demás comunidad universitaria. Considero que como Academia es primordial el objetivo de realmente contribuir a la transformación de la sociedad hondureña y al desarrollo sostenible de Honduras.


Entre tanto caos, anhelamos el respeto de nuestros derechos, queremos una sociedad más justa y transparente. Esto ha llevado a que parte de la población hondureña con consciencia crítica de la realidad exijamos estos derechos y nos manifestemos en contra del sistema eminentemente individualista.


De esta manera, como Iglesia debemos denunciar las injusticias, no ser cómplices en silencio y alzar la voz; el Evangelio insiste en que el ser humano debe abogar por el amor, la justicia, la libertad y la paz, está en nosotros la responsabilidad de construir el Reino de Dios entorno a la inclusión y la solidaridad, solo así seremos buenos cristianos y honrados ciudadanos.
Desde la Pastoral Universitaria a la que pertenezco, hemos conformado un grupo de Estudio y Trabajo a cerca de La Doctrina Social de la Iglesia (DOCAT), la cual nos ha hecho creer en el futuro, que será mejor cuando mejor lo hagamos. Es una cuestión de radicalidad y entrega, como lo hace Jesús.


Personalmente, me ha costado recobrar la esperanza, he pensado que las cosas realmente solo pueden ir empeorando en relación a las problemáticas que acontecen a nivel mundial y local. Sin embargo he encontrado una de las maneras más bonitas de servir y me ha fortalecido, es haciendo voluntariado y apostolado, lo que me ha ayudado a salir de la zona de confort, de lo cotidiano, dándome he reconocido que lo que de verdad importa está en la profundidad, brindar tiempo al hermano/a que lo necesita, darnos al prójimo, reconocer que es necesario sumergirnos a través de lo frágil y vulnerable, y que, como dijo Eduardo Galeano son cosas chiquitas, aunque no acaban con la pobreza, ni nos sacan del subdesarrollo, desencadenan la alegría de hacer, al fin y al cabo actuar sobre la realidad y cambiarla, aunque sea un poquito, es la prueba de que la realidad es transformable.


Es tan aliviador reafirmar que ¡Dios está de parte de quienes quieren construir un mundo realmente humano!


Gracias por leerme ¡Saludos cordiales desde Honduras!

  • María Fernanda Molina (21 años)

Un joven Kaqchiquel

Redacción y fotografía por Elsa Izaguirre

Durante las últimas semanas viajamos a Guatemala con la intención de compartir encuentros con diferentes personas en torno al tema de vida y misión. El camino nos llevó hasta San Martin de Jilotepeque, que es uno de los 16 municipios que conforman el departamento de Chimaltenango, en el altiplano central guatelmateco.


Este municipio nace, después de la conquista española en 1525, cuando el capitán Gonzalo de Alvarado y sus tropas invaden “Jilotepeque Viejo”. Los sobrevivientes a la masacre se refugiaron formando pequeños asentamientos que hoy en día se conocen como aldeas La Estancia de San Martin, Quimal, El Molino y Patzaj, entre otras .


Siglos después, entre 1960 y 1996 Guatemala vivió el conflicto armado interno, siendo San Martin de Jilotepeque, uno de los municipios más afectados durante la guerra . Sin embargo, estas memorias sólo permanecen como recuerdos de las abuelas y abuelos.
“El cerro de maíz tierno” (como se conoce Jilotepeque en voz Náhualt) es una población 80% de indígena maya Kaqchiquel, que se dedica mayormente a la agricultura y comercio. Es en este lugar de histórica resiliencia, donde conocimos a Marvin.

Mi nombre es Marvin Chitic.
Soy guatelmateco, nací en el departamento de Chimaltenango, municipio de San Martin de Jilotepeque. Mi aldea, Patzaj, está rodeada de bosque a 1,800 msnm. Es un clima frío. Es hermoso.


Somos mayas y hablamos Kaqchikel, español y algunos también aprendimos hablar Quiché. En nuestra aldea nos dedicamos al comercio y al cultivo de hortalizas, maíz, frijol y café. Sin embargo muchos jóvenes ya no quieren ser agricultores y buscan convertirse en profesores, doctores, ingenieros o licenciados, lo cual los lleva a migrar a la capital para estudiar. Es difícil pues tienen que adaptarse a la cultura de la ciudad. Si un hijo estudia, es un orgullo para la familia, aunque por lo general, la falta de ingresos impide apoyarlos durante su vida en la ciudad.


Otros, en cambio, decidimos migrar hacia los Estados Unidos. Yo hice ese camino cuando tenía 12 años, pero permanecí poco tiempo ya que por mi edad era difícil encontrar trabajo, hasta que finalmente me deportaron.


Los que nos quedamos en la comunidad llevamos una vida de campo, sencilla. Nos damos cuenta que hay cosas que nunca cambian, como la falta de carretera o agua potable, el partido de futbol los sábados y la misa del domingo, pero he observado una transformación sutil. Cada vez más adolescentes olvidan nuestra lengua, ya no sienten interés por lo nuestro. Somos pocos los que recordamos los ritos.

La tecnología nos ha abierto a un mundo tan diferente al nuestro. De costumbres distintas y atractivas, ha entrado en nuestra vida cotidiana por medio del celular, ¿qué sigue después?. ¿este nuevo mundo tecnológico es amigo o enemigo? ¿es ambos a la vez?

No importa lo remota que esté nuestra aldea, tarde o temprano la ciudad y su globalización nos alcanzará. Solo espero que no perdamos nuestra alma indígena. Que no perdamos nuestras costumbres.

Fuente: https://www.deguate.com/municipios/pages/chimaltenango/san-martin-jilotepeque/historia.php

Fuente: https://docplayer.es/61262868-San-martin-jilotepeque-memoria-conflicto-y-reconciliacion.html
Fuente: http://fafg.org/bd/mapa.php?mapeo=2&id_depto=12&id_muni=0#

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO PARA LA JORNADA MUNDIAL DEL MIGRANTE Y DEL REFUGIADO 2019.

[29 de septiembre de 2019] “No se trata sólo de migrantes” 

Queridos hermanos y hermanas:

La fe nos asegura que el Reino de Dios está ya misteriosamente presente en nuestra tierra (cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Gaudium et spes, 39); sin embargo, debemos constatar con dolor que también hoy encuentra obstáculos y fuerzas contrarias. Conflictos violentos y auténticas guerras no cesan de lacerar la humanidad; injusticias y discriminaciones se suceden; es difícil superar los desequilibrios económicos y sociales, tanto a nivel local como global. Y son los pobres y los desfavorecidos quienes más sufren las consecuencias de esta situación.

Las sociedades económicamente más avanzadas desarrollan en su seno la tendencia a un marcado individualismo que, combinado con la mentalidad utilitarista y multiplicado por la red mediática, produce la “globalización de la indiferencia”. En este escenario, las personas migrantes, refugiadas, desplazadas y las víctimas de la trata, se han convertido en emblema de la exclusión porque, además de soportar dificultades por su misma condición, con frecuencia son objeto de juicios negativos, puesto que se las considera responsables de los males sociales. La actitud hacia ellas constituye una señal de alarma, que nos advierte de la decadencia moral a la que nos enfrentamos si seguimos dando espacio a la cultura del descarte. De hecho, por esta senda, cada sujeto que no responde a los cánones del bienestar físico, mental y social, corre el riesgo de ser marginado y excluido.

Un grupo de migrantes centroamericanos en camino hacia Estados Unidos

Por esta razón, la presencia de los migrantes y de los refugiados, como en general de las personas vulnerables, representa hoy en día una invitación a recuperar algunas dimensiones esenciales de nuestra existencia cristiana y de nuestra humanidad, que corren el riesgo de adormecerse con un estilo de vida lleno de comodidades. Razón por la cual, “no se trata sólo de migrantes” significa que al mostrar interés por ellos, nos interesamos también por nosotros, por todos; que cuidando de ellos, todos crecemos; que escuchándolos, también damos voz a esa parte de nosotros que quizás mantenemos escondida porque hoy no está bien vista.

«¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!» (Mt 14,27). No se trata sólo de migrantes, también se trata de nuestros miedos. La maldad y la fealdad de nuestro tiempo acrecienta «nuestro miedo a los “otros”, a los desconocidos, a los marginados, a los forasteros […]. Y esto se nota particularmente hoy en día, frente a la llegada de migrantes y refugiados que llaman a nuestra puerta en busca de protección, seguridad y un futuro mejor. Es verdad, el temor es legítimo, también porque falta preparación para este encuentro» (Homilía, Sacrofano, 15 febrero 2019). El problema no es el hecho de tener dudas y sentir miedo. El problema es cuando esas dudas y esos miedos condicionan nuestra forma de pensar y de actuar hasta el punto de convertirnos en seres intolerantes, cerrados y quizás, sin darnos cuenta, incluso racistas. El miedo nos priva así del deseo y de la capacidad de encuentro con el otro, con aquel que es diferente; nos priva de una oportunidad de encuentro con el Señor (cf. Homilía en la Concelebración Eucarística de la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, 14 enero 2018).

«Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos?» (Mt 5,46). No se trata sólo de migrantes: se trata de la caridad. A través de las obras de caridad mostramos nuestra fe (cf. St2,18). Y la mayor caridad es la que se ejerce con quienes no pueden corresponder y tal vez ni siquiera dar gracias. «Lo que está en juego es el rostro que queremos darnos como sociedad y el valor de cada vida […]. El progreso de nuestros pueblos […] depende sobre todo de la capacidad de dejarse conmover por quien llama a la puerta y con su mirada estigmatiza y depone a todos los falsos ídolos que hipotecan y esclavizan la vida; ídolos que prometen una aparente y fugaz felicidad, construida al margen de la realidad y del sufrimiento de los demás» (Discurso en la Cáritas Diocesana de Rabat, 30 marzo 2019).

«Pero un samaritano que iba de viaje llegó adonde estaba él y, al verlo, se compadeció» (Lc10,33). No se trata sólo de migrantes: se trata de nuestra humanidad. Lo que mueve a ese samaritano, un extranjero para los judíos, a detenerse, es la compasión, un sentimiento que no se puede explicar únicamente a nivel racional. La compasión toca la fibra más sensible de nuestra humanidad, provocando un apremiante impulso a “estar cerca” de quienes vemos en situación de dificultad. Como Jesús mismo nos enseña (cf. Mt 9,35-36; 14,13-14; 15,32-37), sentir compasión significa reconocer el sufrimiento del otro y pasar inmediatamente a la acción para aliviar, curar y salvar. Sentir compasión significa dar espacio a la ternura que a menudo la sociedad actual nos pide reprimir. «Abrirse a los demás no empobrece, sino que más bien enriquece, porque ayuda a ser más humano: a reconocerse parte activa de un todo más grande y a interpretar la vida como un regalo para los otros, a ver como objetivo, no los propios intereses, sino el bien de la humanidad» (Discurso en la Mezquita “Heydar Aliyev” de Bakú, Azerbaiyán, 2 octubre 2016).

No se trata sólo de migrantes: se trata de la caridad

«Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en los cielos el rostro de mi Padre celestial» (Mt 18,10). No se trata sólo de migrantes: se trata de no excluir a nadie. El mundo actual es cada día más elitista y cruel con los excluidos. Los países en vías de desarrollo siguen agotando sus mejores recursos naturales y humanos en beneficio de unos pocos mercados privilegiados. Las guerras afectan sólo a algunas regiones del mundo; sin embargo, la fabricación de armas y su venta se lleva a cabo en otras regiones, que luego no quieren hacerse cargo de los refugiados que dichos conflictos generan. Quienes padecen las consecuencias son siempre los pequeños, los pobres, los más vulnerables, a quienes se les impide sentarse a la mesa y se les deja sólo las “migajas” del banquete (cf. Lc 16,19-21). La Iglesia «en salida […] sabe tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 24). El desarrollo exclusivista hace que los ricos sean más ricos y los pobres más pobres. El auténtico desarrollo es aquel que pretende incluir a todos los hombres y mujeres del mundo, promoviendo su crecimiento integral, y preocupándose también por las generaciones futuras.

«El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos» (Mc 10,43-44). No se trata sólo de migrantes: se trata de poner a los últimos en primer lugar. Jesucristo nos pide que no cedamos a la lógica del mundo, que justifica el abusar de los demás para lograr nuestro beneficio personal o el de nuestro grupo: ¡primero yo y luego los demás! En cambio, el verdadero lema del cristiano es “¡primero los últimos!”. «Un espíritu individualista es terreno fértil para que madure el sentido de indiferencia hacia el prójimo, que lleva a tratarlo como puro objeto de compraventa, que induce a desinteresarse de la humanidad de los demás y termina por hacer que las personas sean pusilánimes y cínicas. ¿Acaso no son estas las actitudes que frecuentemente asumimos frente a los pobres, los marginados o los últimos de la sociedad? ¡Y cuántos últimos hay en nuestras sociedades! Entre estos, pienso sobre todo en los emigrantes, con la carga de dificultades y sufrimientos que deben soportar cada día en la búsqueda, a veces desesperada, de un lugar donde poder vivir en paz y con dignidad» (Discurso ante el Cuerpo Diplomático, 11 enero 2016). En la lógica del Evangelio, los últimos son los primeros, y nosotros tenemos que ponernos a su servicio.

«Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante» (Jn 10,10). No se trata sólo de migrantes: se trata de la persona en su totalidad, de todas las personas. En esta afirmación de Jesús encontramos el corazón de su misión: hacer que todos reciban el don de la vida en plenitud, según la voluntad del Padre. En cada actividad política, en cada programa, en cada acción pastoral, debemos poner siempre en el centro a la persona, en sus múltiples dimensiones, incluida la espiritual. Y esto se aplica a todas las personas, a quienes debemos reconocer la igualdad fundamental. Por lo tanto, «el desarrollo no se reduce al simple crecimiento económico. Para ser auténtico, debe ser integral, es decir, promover a todos los hombres y a todo el hombre» (S. Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 14).

«Así pues, ya no sois extranjeros ni forasteros, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios» (Ef 2,19). No se trata sólo de migrantes: se trata de construir la ciudad de Dios y del hombre. En nuestra época, también llamada la era de las migraciones, son muchas las personas inocentes víctimas del “gran engaño” del desarrollo tecnológico y consumista sin límites (cf. Carta enc. Laudato si’, 34). Y así, emprenden un viaje hacia un “paraíso” que inexorablemente traiciona sus expectativas. Su presencia, a veces incómoda, contribuye a disipar los mitos de un progreso reservado a unos pocos, pero construido sobre la explotación de muchos. «Se trata, entonces, de que nosotros seamos los primeros en verlo y así podamos ayudar a los otros a ver en el emigrante y en el refugiado no sólo un problema que debe ser afrontado, sino un hermano y una hermana que deben ser acogidos, respetados y amados, una ocasión que la Providencia nos ofrece para contribuir a la construcción de una sociedad más justa, una democracia más plena, un país más solidario, un mundo más fraterno y una comunidad cristiana más abierta, de acuerdo con el Evangelio» (Mensaje para la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado 2014).

Queridos hermanos y hermanas: La respuesta al desafío planteado por las migraciones contemporáneas se puede resumir en cuatro verbos: acoger, proteger, promover e integrar. Pero estos verbos no se aplican sólo a los migrantes y a los refugiados. Expresan la misión de la Iglesia en relación a todos los habitantes de las periferias existenciales, que deben ser acogidos, protegidos, promovidos e integrados. Si ponemos en práctica estos verbos, contribuimos a edificar la ciudad de Dios y del hombre, promovemos el desarrollo humano integral de todas las personas y también ayudamos a la comunidad mundial a acercarse a los objetivos de desarrollo sostenible que ha establecido y que, de lo contrario, serán difíciles de alcanzar.

Por lo tanto, no solamente está en juego la causa de los migrantes, no se trata sólo de ellos, sino de todos nosotros, del presente y del futuro de la familia humana. Los migrantes, y especialmente aquellos más vulnerables, nos ayudan a leer los “signos de los tiempos”. A través de ellos, el Señor nos llama a una conversión, a liberarnos de los exclusivismos, de la indiferencia y de la cultura del descarte. A través de ellos, el Señor nos invita a reapropiarnos de nuestra vida cristiana en su totalidad y a contribuir, cada uno según su propia vocación, a la construcción de un mundo que responda cada vez más al plan de Dios.

Este es el deseo que acompaño con mi oración, invocando, por intercesión de la Virgen María, Nuestra Señora del Camino, abundantes bendiciones sobre todos los migrantes y los refugiados del mundo, y sobre quienes se hacen sus compañeros de viaje.

Vaticano, 27 de mayo de 2019

Francisco

Fuente: http://m.vatican.va/content/francescomobile/es/messages/migration/documents/papa-francesco_20190527_world-migrants-day-2019.html

SER JOVEN ES UN DESAFÍO

Redacción por Elsa Izaguirre

Al final del día, llego a la casa y enciendo el televisor. Me gusta descansar viendo las 《noticias de corazón》, esas que nos cuentan la vida de la alta sociedad salvadoreña. Con el tiempo me he dado cuenta que existe toda una cultura para conservar la juventud. Las personas se esfuerzan e invierten dinero para sentirse y lucir menos años de los que tienen. Al parecer los 20’s son la mejor etapa de la vida: hay energía, optimismo y fuerza, así como esperanza, novedad y sobre todo una vida que recorrer.

Sin embargo, la realidad que vivimos día a día la mayoría de jóvenes en El Salvador es muy diferente a las vidas de farándula que salen por televisión. Es difícil saber que estas viviendo la mejor etapa de tu vida y reconocer que es poco lo que podes aportar a tu familia, que tenes grandes sueños pero las oportunidades son limitadas tanto para estudiar como trabajar y si tu casa esta en un sector de alta violencia debes aprender a vivir intimidado por las pandillas.

En mi barrio la gran mayoría de los jóvenes anhela estudiar en la Universidad para tener un mejor trabajo y mejor salario, pero el poco dinero y en varios casos la falta de apoyo de los padres, este sueño no es posible.

Es común escuchar a los adultos decir: “para que estudiar si yo no estudie y no lo he necesitado” u otras semejantes como: “es inútil estudiar si no hay trabajo.” “En la agricultura y albañilería están los bachilleres y hasta los profesionales”.

Por tal razón, muchos se dedican a la agricultura y ganadería, otros migran hacia otros países, unos pocos logran terminar sus estudios, pero los más desafortunados son los《ninis》, (jóvenes que ni estudian ni trabajan) ellos se convierten en presa fácil del narcotráfico y las pandillas.

Frente a todos estas dificultades la fuerza de la vida vence. Salgo a la calle y veo esperanza. Veo jóvenes emprendedores, que trabajan con pasión, talentosos. Veo jóvenes alegres que disfrutan de un buen partido de fútbol con los amigos, grupos de chicas en las calles del barrio compartiendo entre risas, al final del día. Veo chicos que se integran a grupos juveniles en las iglesias y otros que hacen buenas obras en la comunidad.

Esto me hace sentir que la violencia, la desigualdad, la falta de oportunidades, nos pueden obligar a cambiar de camino, pero no a detenernos. Somos fuerza, somos el joven pueblo salvadoreño.

Me llamo Maricela, vivo en la comunidad de Las Casitas en el departamento de Santa Ana, El Salvador. El pulgarcito de América y tierra de grandes.

¡Saludos desde Costa Rica!

¡Hola!, me llamo Danye y soy una joven costarricense. Nací en La Zona de los Santos, en el cantón de Tarrazú. La zona de los Santos comprende un extenso territorio que se ubica en la Región Central de Costa Rica. Es un ambiente rural con gente buena, montañas verdes y clima frío. Somos agricultores reconocidos por la excelencia del café que producimos siendo nuestro principal eje económico y fuente de empleo. Toda la familia se involucra en el trabajo del cultivo.

De diciembre a febrero es el auge de la cosecha y Tarrazú se llena de dinamismo. Durante esos meses puedes ver camiones descargando café en plantas procesadoras que trabajan 24 horas continuas, además llegan de todas partes grandes grupos de cortadores, en su mayoría, de Nicaragua y Panamá. Es la fiebre del café.

El mayor problema es que su precio varía constantemente, puede encontrarse en momentos bien posicionado y en otros no, afectando el ingreso familiar, así mismo al dar tanto enfoque al café se limitan otros campos laborales, lo cuál se convierte en un desafío para los jóvenes que tienen aspiraciones diferentes.

En gran parte, los jóvenes son dependientes de los padres y deben realizar el mismo trabajo de generación en generación. El patriarcado es fuerte y la tradición prevalece.

Actualmente en nuestra región existen diversos programas de enseñanza superior o técnica en los que podemos inscribirnos, sin embargo los espacios de trabajo local no reciben a la cantidad de la población que se prepara. Asimismo otras fuentes de empleo en el sector de servicios y turismo, tienen poco impulso e inversión porque lo más importante es conservar el prestigio cafetalero.

Los jóvenes, en su mayoría, aspiramos ingresar en una universidad pública, conseguir un empleo estable y bien remunerado, o pagar una universidad privada para graduarse rápido. Para conseguir estas metas muchos migran hacia la GAM (Gran Área Metropolitana), en donde las oportunidades de estudiar y trabajar tienen un horizonte más amplio. Sin embargo la movilización implica un costo económico muy elevado.

Pese a esta realidad limitante, la lucha, esfuerzo y dedicación de muchas familias santeñas han permitido mediante el trabajo cafetalero llevar adelante a sus hijos, consecuentemente muchos jóvenes que han migrado para prepararse han logrado posicionarse en el mercado laboral, pero la demanda sigue siendo reducida en comparación a la cantidad de jóvenes que esperan alcanzar sus aspiraciones en este bello lugar.

Campamento Misionero Descubre Tu Camino Costa Rica 2019

Escrito por Danye Abarca Mora

El pasado 13 y 14 de Julio, en la Zona de los Santos, Costa Rica se vivió el primer campamento misionero organizado por la Sociedad de Misiones Extranjeras de Quebec, como parte del programa vocacional “Descubre tu camino”.

Cada persona tiene una necesidad innata de descubrir su espacio en la humanidad, o en otras palabras de definir su propósito y pasar de verlo como una idea intangible a una realidad. Para mí era urgente reconocer esa vocación para la cual Dios me trajo hasta acá, pues esta pregunta existencial se había intensificado a medida que pasaba el tiempo y sentía que no avanzaba en esa búsqueda, en caso contrario me consideraba en retroceso.

Tuve la dicha de participar de esta maravillosa experiencia que me permitió obtener un enriquecimiento espiritual y social, en donde alejada de la rutina, viví un encuentro con Dios en el silencio de la naturaleza y en la calidez humana, cosas tan importantes pero sutiles como trabajar en equipo para armar las tiendas de campaña, encender la fogata, el compartir las experiencias previas en la misión y los ideales futuros, marcaron definitivamente un antes y un después en mi vida, estos momentos bastante amenos generaron una base de aprendizaje que traspasaba más allá de mis expectativas.

Estaba muy equivocada al considerar que mi búsqueda respecto a mi “propósito en la vida”, estaba en retroceso, lo vivido en el campamento me hizo comprender que verdaderamente existe una vocación inherente a la condición humana, la cual trasciende cualquier barrera física o imaginaria porque es a lo que todos como habitantes del planeta estamos llamados.

El padre Andrés Dione mencionó esta frase que caló en mi corazón: “Nuestra vocación es ser pleno”. Cada uno de nosotros busca sentirse feliz en lo que hace: el trabajo, las relaciones familiares, sentimentales, la amistad, en la espiritualidad, etc. Para mí no cabe duda que en ellas el factor común es el verbo más preciado de todo lenguaje “amar”, el amor nos conduce al respeto y a la sana convivencia, a buscar el bienestar común, a luchar colectivamente y  aunque parezca utópico, es el objetivo del amor, la felicidad.

De nuevo cito una frase del Padre Andrés, “El amor es vivir el misterio de Dios”. Ahora puedo comprender que mi interacción social bajo este principio ha conducido mi vida al propósito más maravilloso por el cual fuimos creados, a pesar de que en momentos flaqueamos la idea de amar nos ha sumergido en el proyecto de Dios, el mismo Jesús lo demostró en la cruz, la cual cargó únicamente por amor, cada uno de nosotros lo hará a su manera pero siempre representando esa vocación humana.

El campamento impactó mi discernimiento en muchos aspectos el principal fue ese. Entender que además de esclarecer mi vocación cristiana o mi llamado como tal es necesario reconocer mi vocación humana y conjugarlas.

Comprendí que el proceso puede ser lento porque es fundamental prepararse en muchos aspectos, la paciencia debe de mover mi discernimiento esto podría decir que lo experimenté con el testimonio de los compañeros que han salido fuera de sus países de origen para vivir la misión en tierras extranjeras, inclusive al compartir con los compañeros que ejercen la vocación matrimonial o el sacerdocio, todos ellos fueron en su momento pacientes en ese discernimiento.

Esta experiencia definitivamente le trajo luz a mi confusión y me ayudó a orientar mi pensamiento hacia este proceso que estoy iniciando, la búsqueda de mi vocación cristiana porque trataré de vivir con mayor intensidad mi vocación humana. 

¿Y si Jesús fuera un hondureño?

Escrito por Elsa Lidia Izaguirre Madrid

En Honduras las últimas semanas hemos vivido una serie de protestas que han convulsionado nuestro país en toda su extensión: tomas de carreteras, huelga de la policía, manifestaciones estudiantiles, abusos por parte de la autoridad, saqueos y criminalidad entre otros. Ante estos acontecimientos hacemos nuestras las palabras de la conferencia episcopal:

<< La situación actual es consecuencia de una crisis, por eso se hace aún más compresible y dolorosa la indignación de la mayoría de la población, el sufrimiento de los más pobres, la decepción de los jóvenes, el miedo de los migrantes, la angustia de los enfermos, la impotencia frente a la corrupción y la impunidad, el cansancio de quienes luchan por una Honduras mejor sin ver resultados.>>

Esta crisis se traduce en cifras del Banco Mundial: <<En Honduras más del 60% de la población vive en pobreza y en las zonas rurales uno de cada 5 hondureños vive en pobreza extrema (menos de un US$1.90 al día). A pesar que las perspectivas económicas son positivas, Honduras enfrenta los niveles más altos de desigualdad económica en Latinoamérica…, además de las tasas de crimen y violencia más altas del mundo[1].>> Esto sin mencionar la crisis en el sector salud, educación, el agro y la lista sigue.

Los hondureños no tenemos una vida mejor, y este hecho se refleja en la migración. Para el 2014, 1.2 millones de compatriotas ya vivían en el extranjero, en su mayoría indocumentados[2]. Cinco años después, el fenómeno de la migración ha incrementado exponencialmente y es aún más alarmante ya que se ha registrado un aumento en niños y niñas migrantes no acompañados, así como la movilización de unidades familiares[3].

Las personas no huyen de su patria, huyen de la pobreza, el desempleo y la violencia.

Frente a este panorama la pregunta para usted y para mi es ¿Por qué existe tanta desigualdad en un pueblo que, en su mayoría, se identifica como practicante de la fe en Dios?, ¿por qué permitimos tanta iniquidad?

Oramos por la paz en Honduras pero nos mantenemos al margen, viviendo “en la otra Honduras” en la que todavía existen algunas oportunidades, para algunas personas… en la que todavía se come.

Nos adaptamos para vivir en medio de la inestabilidad, la incertidumbre e injusticias, en muchas ocasiones como pueblo asumimos que las crisis no tienen remedio y hasta se consideran “normales”. Ajenos al resto, ocupados en lo propio, olvidamos que los derechos y libertades que gozamos hoy son frutos de luchas sociales libradas en las calles del mundo. Olvidamos que los derechos se conquistan una vez, pero se defienden todos los días.

La historia nos enseña que la construcción de una sociedad justa y en paz comienza por sus ciudadanos en la cotidianidad de sus vidas. Por tanto, estamos llamados a denunciar las injusticias que ocurren en nuestra casa, trabajo, aula de clases, en la calle y en las iglesias.

Estamos llamados amar. Y ese amor nos hace defender a quienes soportan diariamente los atropellos y humillaciones, estar del lado de quienes no tienen las mismas oportunidades. Ese amor nos involucra más allá del asistencialismo y las limosnas, nos mueve a cuestionar, protestar y actuar para renovar las estructuras y sistemas de nuestro país en favor de la dignidad humana.

Tal como lo haría Jesús si fuera hondureño.

Nuestro silencio nos convierte en cómplices. Nuestra indiferencia mata.


[1] Fuente: https://www.bancomundial.org/es/country/honduras/overview Datos actualizados el 04 de abril 2019.

[2]  Fuente: https://www.elheraldo.hn/hondurenosenelmundo/617067-299/honduras-con-12-millones-de-migrantes-en-el-mundo

[3] Fuente: https://www.laprensa.hn/honduras/1176735-410/aumento-migracion-hondure%C3%B1os-eeuu-caravana-migrantes