Campamento Misionero Descubre Tu Camino Costa Rica 2019

Escrito por Danye Abarca Mora

El pasado 13 y 14 de Julio, en la Zona de los Santos, Costa Rica se vivió el primer campamento misionero organizado por la Sociedad de Misiones Extranjeras de Quebec, como parte del programa vocacional “Descubre tu camino”.

Cada persona tiene una necesidad innata de descubrir su espacio en la humanidad, o en otras palabras de definir su propósito y pasar de verlo como una idea intangible a una realidad. Para mí era urgente reconocer esa vocación para la cual Dios me trajo hasta acá, pues esta pregunta existencial se había intensificado a medida que pasaba el tiempo y sentía que no avanzaba en esa búsqueda, en caso contrario me consideraba en retroceso.

Tuve la dicha de participar de esta maravillosa experiencia que me permitió obtener un enriquecimiento espiritual y social, en donde alejada de la rutina, viví un encuentro con Dios en el silencio de la naturaleza y en la calidez humana, cosas tan importantes pero sutiles como trabajar en equipo para armar las tiendas de campaña, encender la fogata, el compartir las experiencias previas en la misión y los ideales futuros, marcaron definitivamente un antes y un después en mi vida, estos momentos bastante amenos generaron una base de aprendizaje que traspasaba más allá de mis expectativas.

Estaba muy equivocada al considerar que mi búsqueda respecto a mi “propósito en la vida”, estaba en retroceso, lo vivido en el campamento me hizo comprender que verdaderamente existe una vocación inherente a la condición humana, la cual trasciende cualquier barrera física o imaginaria porque es a lo que todos como habitantes del planeta estamos llamados.

El padre Andrés Dione mencionó esta frase que caló en mi corazón: “Nuestra vocación es ser pleno”. Cada uno de nosotros busca sentirse feliz en lo que hace: el trabajo, las relaciones familiares, sentimentales, la amistad, en la espiritualidad, etc. Para mí no cabe duda que en ellas el factor común es el verbo más preciado de todo lenguaje “amar”, el amor nos conduce al respeto y a la sana convivencia, a buscar el bienestar común, a luchar colectivamente y  aunque parezca utópico, es el objetivo del amor, la felicidad.

De nuevo cito una frase del Padre Andrés, “El amor es vivir el misterio de Dios”. Ahora puedo comprender que mi interacción social bajo este principio ha conducido mi vida al propósito más maravilloso por el cual fuimos creados, a pesar de que en momentos flaqueamos la idea de amar nos ha sumergido en el proyecto de Dios, el mismo Jesús lo demostró en la cruz, la cual cargó únicamente por amor, cada uno de nosotros lo hará a su manera pero siempre representando esa vocación humana.

El campamento impactó mi discernimiento en muchos aspectos el principal fue ese. Entender que además de esclarecer mi vocación cristiana o mi llamado como tal es necesario reconocer mi vocación humana y conjugarlas.

Comprendí que el proceso puede ser lento porque es fundamental prepararse en muchos aspectos, la paciencia debe de mover mi discernimiento esto podría decir que lo experimenté con el testimonio de los compañeros que han salido fuera de sus países de origen para vivir la misión en tierras extranjeras, inclusive al compartir con los compañeros que ejercen la vocación matrimonial o el sacerdocio, todos ellos fueron en su momento pacientes en ese discernimiento.

Esta experiencia definitivamente le trajo luz a mi confusión y me ayudó a orientar mi pensamiento hacia este proceso que estoy iniciando, la búsqueda de mi vocación cristiana porque trataré de vivir con mayor intensidad mi vocación humana. 

¿Y si Jesús fuera un hondureño?

Escrito por Elsa Lidia Izaguirre Madrid

En Honduras las últimas semanas hemos vivido una serie de protestas que han convulsionado nuestro país en toda su extensión: tomas de carreteras, huelga de la policía, manifestaciones estudiantiles, abusos por parte de la autoridad, saqueos y criminalidad entre otros. Ante estos acontecimientos hacemos nuestras las palabras de la conferencia episcopal:

<< La situación actual es consecuencia de una crisis, por eso se hace aún más compresible y dolorosa la indignación de la mayoría de la población, el sufrimiento de los más pobres, la decepción de los jóvenes, el miedo de los migrantes, la angustia de los enfermos, la impotencia frente a la corrupción y la impunidad, el cansancio de quienes luchan por una Honduras mejor sin ver resultados.>>

Esta crisis se traduce en cifras del Banco Mundial: <<En Honduras más del 60% de la población vive en pobreza y en las zonas rurales uno de cada 5 hondureños vive en pobreza extrema (menos de un US$1.90 al día). A pesar que las perspectivas económicas son positivas, Honduras enfrenta los niveles más altos de desigualdad económica en Latinoamérica…, además de las tasas de crimen y violencia más altas del mundo[1].>> Esto sin mencionar la crisis en el sector salud, educación, el agro y la lista sigue.

Los hondureños no tenemos una vida mejor, y este hecho se refleja en la migración. Para el 2014, 1.2 millones de compatriotas ya vivían en el extranjero, en su mayoría indocumentados[2]. Cinco años después, el fenómeno de la migración ha incrementado exponencialmente y es aún más alarmante ya que se ha registrado un aumento en niños y niñas migrantes no acompañados, así como la movilización de unidades familiares[3].

Las personas no huyen de su patria, huyen de la pobreza, el desempleo y la violencia.

Frente a este panorama la pregunta para usted y para mi es ¿Por qué existe tanta desigualdad en un pueblo que, en su mayoría, se identifica como practicante de la fe en Dios?, ¿por qué permitimos tanta iniquidad?

Oramos por la paz en Honduras pero nos mantenemos al margen, viviendo “en la otra Honduras” en la que todavía existen algunas oportunidades, para algunas personas… en la que todavía se come.

Nos adaptamos para vivir en medio de la inestabilidad, la incertidumbre e injusticias, en muchas ocasiones como pueblo asumimos que las crisis no tienen remedio y hasta se consideran “normales”. Ajenos al resto, ocupados en lo propio, olvidamos que los derechos y libertades que gozamos hoy son frutos de luchas sociales libradas en las calles del mundo. Olvidamos que los derechos se conquistan una vez, pero se defienden todos los días.

La historia nos enseña que la construcción de una sociedad justa y en paz comienza por sus ciudadanos en la cotidianidad de sus vidas. Por tanto, estamos llamados a denunciar las injusticias que ocurren en nuestra casa, trabajo, aula de clases, en la calle y en las iglesias.

Estamos llamados amar. Y ese amor nos hace defender a quienes soportan diariamente los atropellos y humillaciones, estar del lado de quienes no tienen las mismas oportunidades. Ese amor nos involucra más allá del asistencialismo y las limosnas, nos mueve a cuestionar, protestar y actuar para renovar las estructuras y sistemas de nuestro país en favor de la dignidad humana.

Tal como lo haría Jesús si fuera hondureño.

Nuestro silencio nos convierte en cómplices. Nuestra indiferencia mata.


[1] Fuente: https://www.bancomundial.org/es/country/honduras/overview Datos actualizados el 04 de abril 2019.

[2]  Fuente: https://www.elheraldo.hn/hondurenosenelmundo/617067-299/honduras-con-12-millones-de-migrantes-en-el-mundo

[3] Fuente: https://www.laprensa.hn/honduras/1176735-410/aumento-migracion-hondure%C3%B1os-eeuu-caravana-migrantes

Mensaje de la Conferencia Episcopal de Honduras ante la crisis actual

“Que el amor sea sincero: ¡detesten el mal y apéguense al bien!, (Rom. 12,9).

Los Obispos miembros de la Conferencia Episcopal de Honduras (C.E.H.), al celebrar la Asamblea Plenaria, durante los días 03 al 07 de Junio del presente año, hemos orado, reflexionado y discernido sobre la situación en que se encuentra nuestra patria, con la intención de asumir compromisos que queremos compartir con nuestros hermanos y hermanas en la fe y con las personas de buena voluntad.

Consideramos que los principales problemas que más preocupan a la ciudadanía son el alto costo de la vida, el crimen y la violencia, el desempleo, las deficiencias graves en los sistemas de salud y educación, la corrupción. Pero hay otros problemas que son igualmente susceptibles de provocar conflictos, tanto o más graves que los que estamos viviendo en estos días, en referencia a la salud y la educación: problemas en la forma de legislar del Congreso Nacional de Honduras, problemas en las decisiones del Ejecutivo, en las crisis de empresas estatales, en los servicios de energía, agua, transporte, etc.

Si cada problema deriva en conflictos como el que ahora estamos viviendo, acerca de los sistemas de salud y de educación, y si cada conflicto es manejado con la misma ineficiencia, las consecuencias pueden hundir a Honduras en una crisis muy difícil de superar.

Por eso, se hace aún más dolorosa y comprensible la indignación de la mayoría de la población, el sufrimiento de los más pobres, la decepción de los jóvenes, el miedo de los migrantes, la angustia de los enfermos, la impotencia frente a la corrupción y la impunidad, el cansancio de quienes luchan por una Honduras mejor sin ver resultados.

La responsabilidad de la policía es garantizar el orden y la seguridad de toda la población.  Sin embargo, algunas actuaciones policiales, pueden calificarse como de fuerza desproporcionada y con esto añaden otro elemento de gravedad a los conflictos.

Creemos que la gravedad que adquieren muchos conflictos se debe, en primer lugar, a la forma incorrecta con que los manejan los poderes del Estado; en algunos casos siendo los causantes del problema y, en otros, por no saber resolverlos con los recursos propios de una democracia participativa, y dejando que el paso del tiempo haga que se resuelvan por sí mismos, cuando en realidad sólo se agudiza su conflictividad.

Otro ingrediente que agrava los conflictos es la politización que los complica aún más, introduciendo dobles agendas y empañando la claridad de los objetivos por los que se lucha.

No dudamos de que las manifestaciones de protesta tienen la intención de ser pacíficas, pero permitir la infiltración de elementos violentos desmerita la finalidad que persiguen y conculcan otros derechos de la población que también deben ser garantizados.

Nos preocupa en gran manera el futuro de nuestra Honduras, al pensar que si problemas coyunturales no se saben resolver adecuadamente, ¿cómo podremos resolver aquellos que por ser estructurales exigen un serio ordenamiento de todos los elementos de que consta un Estado de Derecho?

Una Constitución violada cuantas veces convenga, unos poderes que no son para nada independientes, un Congreso que se ha convertido en un teatro de pésimos actores, dándole la espalda al pueblo. La necesidad de un poder electoral que garantice la transparencia de los sufragios y destierre de una vez por todas los delitos electorales. Unas instituciones del Estado quebradas por la corrupción, una paralización de la economía, sobre todo en el agro, una vergonzosa venta de los bienes naturales de nuestra tierra. Una falsa reforma del Código Penal, que simplemente lo convierte en un instrumento de protección a los corruptos y narcopolíticos, con apariencia de ser mejor por el hecho de endurecer las penas a los supuestamente más “peligrosos”, que acostumbran a ser los jóvenes marginados y los pobres desesperados por subsistir.

Esto, y mucho más, hace brotar de nuestros corazones un ¡Basta ya!

Es necesario enderezar la marcha de Honduras, desde el compromiso de rescatar unos valores éticos que se han ido perdiendo o debilitando en la medida en que las crisis no han sido debidamente solucionadas. Nos preocupa grandemente la decadencia moral en que está cayendo nuestro país. Nunca es lícito hacer el mal para obtener un bien.

EL RESPETO A LA LEY.  Obligación de la autoridad es emitir leyes justas, conformes a la dignidad de la persona humana y en orden al bien común. Cuando no actúa así, la autoridad se vuelve ilegítima y pierde el derecho a ser obedecida.

Educar en el conocimiento y respeto a las leyes es una tarea pendiente y urgente a todos los niveles, incluyendo a los mismos legisladores para que dejen de aprobar lo que ni siquiera han leído o comprendido.

LA CONFIANZA. La que se ha ido perdiendo y que consiste en la esperanza firma en lo bueno que hay en las personas y en las instituciones.

La decepción que pueden provocar muchas situaciones conflictivas no ha de llevarnos a creer que no nos podemos fiar de nadie, a desconfiar de todo. El salmo 37,3 nos hace esta invitación: “Confía en el Señor y haz el bien, establécete en la tierra y mantente fiel”.

LA ÉTICA POLÍTICA.  “Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia” (Juan Pablo II “Centesimus annus”, 46).

La honorabilidad de la autoridad política y el derecho a hacerse respetar por el pueblo, depende de que sean moralmente rectos los fines que persigue y los medios que utiliza para ello.

Con frecuencia, las manifestaciones de protesta de la sociedad no son para atacar a los políticos sino para defenderse de ellos y de sus abusos.

LA VERDAD. No es un producto decidido por la mayoría y condicionado por los intereses y acuerdos políticos.  La convivencia social es ordenada y respetuosa del ser humano cuando se fundamenta en la verdad.  Por eso, la búsqueda de la verdad fundamenta el verdadero diálogo.

EL DIÁLOGO. La solidaridad, como fruto de la preocupación de unos por otros, nos acerca al diálogo como camino e instrumento de la búsqueda de una comprensión mutua que facilite rebajar tensiones y encontrar, en medio de conflictos, posibilidades de acercar posiciones y de ver con mayor claridad dónde está el bien común.  Dialogar no es obtener a toda costa lo que yo pienso; es buscar juntos qué es lo mejor para el Bien Común. El diálogo fracasa cuando alguien no quiere escuchar por creerse poseedor de la verdad.

Queremos hacer un llamado a las Instituciones del Estado para que por las mismas facultades que les concede la Ley y el sistema republicano cumplan con sus deberes.

Queremos hacer un llamado a toda la sociedad para que, desde la realidad en que vive cada persona y cada grupo, considere la necesidad de sumarse a la búsqueda de caminos de solución para Honduras.  Sea por medio de pactos, acuerdos, reformas, plataformas, el plebiscito o el referéndum, leyes de iniciativas ciudadana, etc. Vayamos tomando conciencia de que sí es posible un cambio para mejorar y el compromiso de lograrlo solidariamente.

Nosotros, como cristianos queremos confiar este proceso de la historia de Honduras a la Madre del Señor, Nuestra Señora de Suyapa a cuyo amor e intercesión nos acogemos.

Ciudad de Tegucigalpa. 06 de Junio de 2019.

CONFERENCIA EPISCOPAL DE HONDURAS

ABRIENDO CAMINOS A LA MISERICORDIA

Escrito por José Ángel Medina Sanchez

En este cuarto domingo del camino cuaresmal nos encontramos con el pasaje enternecedor del padre Misericordioso. A través de esta parábola Jesús, rodeado por los que eran despreciados, enfrenta la forma farisea de ver a Dios.

La parábola se orienta en la conducta del padre bueno. Y nos habla precisamente de la conversión del hijo pródigo. Se había ido por otros caminos. Y, sin darse cuenta, se había extraviado y había derrochado lo mejor que tenía: el amor de su familia, el cariño de su padre, la seguridad que da el sentirse querido.

Creyó que podía vivir por su cuenta. Estaba seguro de que con sus propias fuerzas podría conseguir todo lo que se propusiera. Y se encontró con el fracaso. Menos mal, que hundido en su pena, se dio cuenta de lo que tenía que hacer: volver a la casa de su padre. Su regreso supuso reconocer su equivocación.

La parábola del hijo prodigo nos enseña que Dios no hace distinción entre justos y pecadores es un Dios Padre con entrañas de Madre que se da a los dos hijos por igual. Al pequeño le devuelve su dignidad de hijo y le reintegra en el grupo familiar con los máximos gestos de ternura.

Al mayor que nunca se había marchado físicamente de casa pero que se había sentido en ella como siervo, le recuerda su dignidad de hijo y de hermano saliendo a su encuentro igual que había hecho con el hijo menor.

La invitación de Jesús a cada uno de nosotros es que nos dejemos Amar por el Dios de la Misericordia que no hace distinciones entre las personas, para así ser presencia del Amor en un Mundo herido por las injusticias, acogiendo a todos y todas por igual.

Sembremos caminos de misericordia en nuestro día a día, salgamos al encuentro y construyamos una sola familia humana acogiendo en especial, a todos aquellos que se sienten indignos, solos y relegados.

Vivamos en la alegría que nace de sentirse amado, perdonado y miembro de una sola familia de hermanos y como padre común el Dios de la vida.

URGE HACER CAMBIOS…

El evangelio de este tercer domingo nos llama a una conversión profunda. No basta una conversión superficial. El Reino de Dios está cerca, está a nuestro alcance. Seamos realistas: Dios no puede cambiar el mundo sin que nosotros cambiemos. No seamos “cristianos” de nombre no más, de meras reglas y obligaciones morales y religiosas. Es preciso un cambio profundo de actitudes tanto en lo personal como en lo colectivo.

El ejemplo de Mons. Oscar Romero cuyo martirio celebramos hoy nos llama a ser coherente con nuestra fe.

Sin duda, la mejor enseñanza de Monseñor Romero fue su ejemplo. Su coherencia de vida y sus homilías lapidarias acabaron costándole la vida, pero siguen siendo de mucha vigencia en la actualidad. Reproducimos aquí algunas de sus palabras.

ROMERO

– La verdad siempre es perseguida.

– El hombre no vale por lo que tiene, sino por lo que es.

– Mi voz desaparecerá, pero mi palabra que es Cristo quedará en los corazones que lo hayan querido acoger.

– Les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡cese la represión!.

– Es inconcebible que se diga a alguien ‘cristiano’ y no tome como Cristo una opción preferencial por los pobres.

– Tiene que proponer la Iglesia católica, entonces, una educación que haga de los hombres sujetos de su propio desarrollo, protagonistas de la historia. No masa pasiva, conformista, sino hombres que sepan lucir su inteligencia, su creatividad, su voluntad para el servicio común de la patria.

– Si denuncio y condeno la injusticia es porque es mi obligación como pastor de un pueblo oprimido y humillado.

– De nada sirven las reformas si van teñidas de tanta sangre.

– Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la ley de Dios. Una ley inmoral nadie tiene que cumplirla.

– Un obispo morirá pero la Iglesia de Dios, que es el pueblo, no perecerá jamás.

– La oligarquía, al ver que existe el peligro de que pierda el completo dominio que tiene sobre el control de la inversión, de la agroexportación y sobre el casi monopolio de la tierra, está defendiendo sus egoístas intereses, no con razones, no con apoyo popular, sino con lo único que tiene: dinero que le permite comprar armas y pagar mercenarios que están masacrando al pueblo y ahogando toda legítima expresión que clama justicia y libertad.

– Puede usted decir si llegasen a matarme que perdono y bendigo a quienes lo hagan.

– He sido frecuentemente amenazado de muerte. Debo decirle que, como cristiano, no creo en la muerte sin resurrección: si me matan, resucitaré con el pueblo salvadoreño.

La Transfiguración

Lucas 9, 28b-36

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Hemos iniciado ya el recorrido de este tiempo de cuaresma, tiempo de gracia y de encuentro que  Jesús nos ofrece. Nos relata el evangelio de Lucas que Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan y suben a la montaña, Esos discípulos, hoy somos cada uno de nosotros a quienes también Jesús invita ponernos en movimiento. Subir a la montaña como símbolo de la presencia de Dios, más que un movimiento físico, es el encuentro que nos invita a salir de nuestras comodidades. Subir a la montaña es mirar la gloria de Jesús y participar de ella.

Al igual que los discípulos, muchas veces nos reconocemos cansados y adormecidos,  aún con sueño, Jesús nos invita a ser capaces de mantenernos expectantes, vigilantes para disfrutar de su presencia. La tentación puede ser desear quedarnos cómodos, prolongar la experiencia a una tranquilidad indiferente, eso es muy humano. Pero para Jesús significó el encuentro decisivo, su conversación con Moisés y Elías fue en torno a la entrega de su vida en Jerusalén.

Da la impresión que Jesús no atiende a la propuesta de Pedro de hacer tres tiendas (no sabía lo que decía),  De pronto los discípulos pasan de la experiencia de ver a la de escuchar. Pero ¿Escuchar qué? Escuchar la voz de Dios que reconoce en Jesús al Hijo, al Elegido, a quien su  propuesta del Reino de Dios debemos escuchar. Su Reino de amor y esperanza del cual nos invita a participar para reconocer el rostro del Padre en cada persona, sobre todo en aquellos que han sido despojados de su dignidad y nos recuerdan la humanidad de Jesús.

Pasada la experiencia de la transfiguración de Jesús, todo vuelve a la normalidad, Jesús ha decidido seguir su camino a la Cruz y los discípulos guardan silencio, pareciese que todo ha sido un sueño que no han podido dimensionar. Será después de la pasión, muerte y resurrección de Jesús que ellos habrán entendido y compartido esta experiencia a las primeras comunidades al punto de testificar a Jesús y asumir las consecuencias que eso implicaría.

Que nuestra propia experiencia de encuentro en la montaña, con Dios Trinidad, sea una transfiguración que nos anime a decidir ver, escuchar y comprometernos con su Reino hasta el final y así participar en su gloria y resurrección.

Reflexión sobre el evangelio por Marvin Vasquez

Caminar hacia la pascua

Primer domingo de Cuaresma

AYER

Deuteronomio 26, 4-10

 El sacerdote tomará de tus manos la canasta y la pondrá frente al altar del Señor tu Dios. Entonces tú declararás ante el Señor tu Dios:

“Mi padre fue un arameo errante, y descendió a Egipto con poca gente. Vivió allí hasta llegar a ser una gran nación, fuerte y numerosa. Pero los egipcios nos maltrataron, nos hicieron sufrir y nos sometieron a trabajos forzados. Nosotros clamamos al Señor, el Dios de nuestros padres, y él escuchó nuestro ruego y vio la miseria, el trabajo y la opresión que nos habían impuesto.Por eso el Señor nos sacó de Egipto con actos portentosos y gran despliegue de poder, con señales, prodigios y milagros que provocaron gran terror. Nos trajo a este lugar, y nos dio esta tierra, donde abundan la leche y la miel. Por eso ahora traigo las primicias de la tierra que el Señor tu Dios me ha dado”.

HOY

palestino

Zachariah, 60 años, Territorios Palestinos Ocupados

“Mis padres salieron a la fuerza de Palestina en 1947 y se trasladaron a Syr, en el Líbano. Desde allí hui a Bengasi, en Libia, en 1994. Desde entonces he trabajado como carpintero, más de 20 años. Pero ahora la situación de Libia es mala y además tengo algunos problemas de salud. No encuentro ayuda médica y ya no puedo trabajar.

Antes Libia estaba muy bien pero ahora, en Bengasi, hay muchos problemas. Hay muchas personas armadas en el país y numerosas milicias que se enfrentan entre ellas; y nosotros, la gente de a pie de origen paquistaní, palestino, ghanés y de otros países de África, estamos atrapados en medio.

Se te acercan, preguntan cuánto dinero tienes y se lo llevan todo. Te disparan, te queman, te golpean. Abusan de ti y de forma muy violenta. Si tienes una hija y, al verla por la calle, les gusta, vienen por la noche y la violan delante de ti. Hay ladrones por todas partes; se llevaron mi coche, mi dinero y mis documentos y no hay nada que se pueda hacer. No hay policía ni ejército; no hay ley. Nadie puede ayudarte. Lo peor está en las calles, en particular de noche. A partir de las seis de la tarde, si trabajas hasta tarde, en el camino de vuelta a casa te cruzas con muchas malas personas. Nunca sabes lo que van a hacer.

Hace un año, tomé la decisión de llevar a mi familia a Europa, pero al ser palestinos, tuvimos problemas con los documentos y nos fue imposible viajar. Los que hemos venido, hemos llegado de esta manera porque no tenemos otra opción. El resto de mi familia está todavía en Bengasi, no teníamos suficiente dinero para que todos pudieran salir de allí.

Cuando subí por primera vez al barco creí que iba a morir. Pero pensé ‘veamos, si el profeta decide que voy a morir en el mar, voy a morir en el mar’. Ahora quiero ir a Suecia o a Noruega.

Cuando le dije a mi madre que me iba a Libia con la intención de llegar a Europa, me suplicó que no lo hiciera. Tenía miedo porque muchos eritreos han muerto en esta ruta. Hace tres años, mi mejor amigo murió en el trayecto a Europa, y hace apenas unos meses mi tío también lo intentó, pero el Estado Islámico lo capturó y lo asesinó. Sin embargo, no podía escuchar a mi madre. Sabía que el viaje sería largo y peligroso, pero en casa no había oportunidades.

Lo intenté por primera vez en 2012, pero me detuvieron y me encarcelaron. Con el tiempo, conseguí llegar a Etiopía. Después, fui a Jartum, en Sudán, y emprendí el viaje por el desierto hacia Libia.

El desierto Sahara es un lugar muy peligroso donde puedes encontrarte con muchos cadáveres. Seis personas de las que viajaban conmigo murieron en el camino hacia Ajdabiya. Ajdabiya es una ciudad gobernada por el hambre. Fue allí donde pagamos a los traficantes. Costaba mucho dinero, pero mi hermano, que está en Israel, y la hermana de mi esposa, que vive en Suecia, nos ayudaron.

En el viaje a Trípoli pasamos por muchos puestos de control y tardamos ocho días en llegar. Pasamos muchísimo miedo. Si te encuentra el Estado Islámico, te mata, y si lo hace la policía, te roba. De hecho, en Libia, parece que cada hombre, grande o pequeño, posee un arma. Al llegar a Trípoli, fuimos a vivir a una casa grande con otras 700 personas separadas por sexo y nacionalidad. No dormíamos porque oíamos los disparos y combates que se producían fuera; no hay paz en Libia.

Tras 12 días en Trípoli, nos subieron a una lancha neumática, en mitad de la noche. Entonces nos llevaron por grupos a un barco de madera más grande. Me quedé con unos 200 hombres en el casco del barco, bajo cubierta. Entraba agua, hacía mucho calor y el motor producía muchísimo ruido. Las mujeres, los niños y tres ’patrones‘ estaban arriba, pero eran personas como nosotros, no traficantes, no eran los capitanes. Rezábamos y la mayoría de las muchachas lloraba, todos le pedíamos a Dios que nos permitiera sobrevivir.

Después de siete horas, encontramos al MY Phoenix y nos salvaron. Ahora quiero ir a Suecia. Allí se está bien, conocen los problemas de Eritrea y nos ayudarán. Mi esposa quiere ir a Holanda, de modo que tenemos que hablar sobre el tema…

¿Será que caminar hacia la Pascua, de eso se trata?

Mensaje del papa Francisco para la Cuaresma de 2019 

Queridos hermanos y hermanas:

Cada año, a través de la Madre Iglesia, Dios «concede a sus hijos anhelar, con el gozo de habernos purificado, la solemnidad de la Pascua, para que […] por la celebración de los misterios que nos dieron nueva vida, lleguemos a ser con plenitud hijos de Dios» (Prefacio I de Cuaresma). De este modo podemos caminar, de Pascua en Pascua, hacia el cumplimiento de aquella salvación que ya hemos recibido gracias al misterio pascual de Cristo: «Pues hemos sido salvados en esperanza» (Rm 8,24). Este misterio de salvación, que ya obra en nosotros durante la vida terrena, es un proceso dinámico que incluye también a la historia y a toda la creación. San Pablo llega a decir: «La creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios» (Rm 8,19). Desde esta perspectiva querría sugerir algunos puntos de reflexión, que acompañen nuestro camino de conversión en la próxima Cuaresma.

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1. La redención de la creación

La celebración del Triduo Pascual de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, culmen del año litúrgico, nos llama una y otra vez a vivir un itinerario de preparación, conscientes de que ser conformes a Cristo (cf. Rm 8,29) es un don inestimable de la misericordia de Dios.

Si el hombre vive como hijo de Dios, si vive como persona redimida, que se deja llevar por el Espíritu Santo (cf. Rm 8,14), y sabe reconocer y poner en práctica la ley de Dios, comenzando por la que está inscrita en su corazón y en la naturaleza, beneficia también a la creación, cooperando en su redención. Por esto, la creación –dice san Pablo– desea ardientemente que se manifiesten los hijos de Dios, es decir, que cuantos gozan de la gracia del misterio pascual de Jesús disfruten plenamente de sus frutos, destinados a alcanzar su maduración completa en la redención del mismo cuerpo humano. Cuando la caridad de Cristo transfigura la vida de los santos –espíritu, alma y cuerpo–, estos alaban a Dios y, con la oración, la contemplación y el arte hacen partícipes de ello también a las criaturas, como demuestra de forma admirable el “Cántico del hermano sol” de san Francisco de Asís (cf. Enc. Laudato si’, 87). Sin embargo, en este mundo la armonía generada por la redención está amenazada, hoy y siempre, por la fuerza negativa del pecado y de la muerte.

  1. La fuerza destructiva del pecado 

Efectivamente, cuando no vivimos como hijos de Dios, a menudo tenemos comportamientos destructivos hacia el prójimo y las demás criaturas –y también hacia nosotros mismos–, al considerar, más o menos conscientemente, que podemos usarlos como nos plazca. Entonces, domina la intemperancia y eso lleva a un estilo de vida que viola los límites que nuestra condición humana y la naturaleza nos piden respetar, y se siguen los deseos incontrolados que en el libro de la Sabiduría se atribuyen a los impíos, o sea a quienes no tienen a Dios como punto de referencia de sus acciones, ni una esperanza para el futuro (cf. 2,1-11). Si no anhelamos continuamente la Pascua, si no vivimos en el horizonte de la Resurrección, está claro que la lógica del todo y ya, del tener cada vez más acaba por imponerse.

Como sabemos, la causa de todo mal es el pecado, que desde su aparición entre los hombres interrumpió la comunión con Dios, con los demás y con la creación, a la cual estamos vinculados ante todo mediante nuestro cuerpo. El hecho de que se haya roto la comunión con Dios, también ha dañado la relación armoniosa de los seres humanos con el ambiente en el que están llamados a vivir, de manera que el jardín se ha transformado en un desierto (cf. Gn 3,17-18). Se trata del pecado que lleva al hombre a considerarse el dios de la creación, a sentirse su dueño absoluto y a no usarla para el fin deseado por el Creador, sino para su propio interés, en detrimento de las criaturas y de los demás.

Cuando se abandona la ley de Dios, la ley del amor, acaba triunfando la ley del más fuerte sobre el más débil. El pecado que anida en el corazón del hombre (cf. Mc 7,20-23) —y se manifiesta como avidez, afán por un bienestar desmedido, desinterés por el bien de los demás y a menudo también por el propio— lleva a la explotación de la creación, de las personas y del medio ambiente, según la codicia insaciable que considera todo deseo como un derecho y que antes o después acabará por destruir incluso a quien vive bajo su dominio.

  1.  La fuerza regeneradora del arrepentimiento y del perdón

Por esto, la creación tiene la irrefrenable necesidad de que se manifiesten los hijos de Dios, aquellos que se han convertido en una “nueva creación”: «Si alguno está en Cristo, es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo» (2 Co 5,17). En efecto, manifestándose, también la creación puede “celebrar la Pascua”: abrirse a los cielos nuevos y a la tierra nueva (cf. Ap 21,1). Y el camino hacia la Pascua nos llama precisamente a restaurar nuestro rostro y nuestro corazón de cristianos, mediante el arrepentimiento, la conversión y el perdón, para poder vivir toda la riqueza de la gracia del misterio pascual.

Esta “impaciencia”, esta expectación de la creación encontrará cumplimiento cuando se manifiesten los hijos de Dios, es decir cuando los cristianos y todos los hombres emprendan con decisión el “trabajo” que supone la conversión. Toda la creación está llamada a salir, junto con nosotros, «de la esclavitud de la corrupción para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rm 8,21). La Cuaresma es signo sacramental de esta conversión, es una llamada a los cristianos a encarnar más intensa y concretamente el misterio pascual en su vida personal, familiar y social, en particular, mediante el ayuno, la oración y la limosna.}

Ayunar, o sea aprender a cambiar nuestra actitud con los demás y con las criaturas: de la tentación de “devorarlo” todo, para saciar nuestra avidez, a la capacidad de sufrir por amor, que puede colmar el vacío de nuestro corazón. Orar para saber renunciar a la idolatría y a la autosuficiencia de nuestro yo, y declararnos necesitados del Señor y de su misericordia. Dar limosna para salir de la necedad de vivir y acumularlo todo para nosotros mismos, creyendo que así nos aseguramos un futuro que no nos pertenece. Y volver a encontrar así la alegría del proyecto que Dios ha puesto en la creación y en nuestro corazón, es decir amarle, amar a nuestros hermanos y al mundo entero, y encontrar en este amor la verdadera felicidad.

Queridos hermanos y hermanas, la “Cuaresma” del Hijo de Dios fue un entrar en el desierto de la creación para hacer que volviese a ser aquel jardín de la comunión con Dios que era antes del pecado original (cf. Mc1,12-13; Is 51,3). Que nuestra Cuaresma suponga recorrer ese mismo camino, para llevar también la esperanza de Cristo a la creación, que «será liberada de la esclavitud de la corrupción para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rm 8,21). No dejemos transcurrir en vano este tiempo favorable. Pidamos a Dios que nos ayude a emprender un camino de verdadera conversión. Abandonemos el egoísmo, la mirada fija en nosotros mismos, y dirijámonos a la Pascua de Jesús; hagámonos prójimos de nuestros hermanos y hermanas que pasan dificultades, compartiendo con ellos nuestros bienes espirituales y materiales. Así, acogiendo en lo concreto de nuestra vida la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, atraeremos su fuerza transformadora también sobre la creación.

Vaticano, 4 de octubre de 2018, fiesta de san Francisco de Asís 

Francisco

 

Quiero hablar de un amor…

Durante el mes de enero tuve el regalo  de poder acompañar  la experiencia Magis, Centroamérica, este encuentro  de la juventud ignaciana de muchos lugares del mundo  llenó de colores nuestra América Central por unos días y como brisa suave pasó refrescando a tantos y tantas en Honduras, Guatemala, El Salvador, Costa Rica y Panamá, donde se juntaron todos/as los/as jóvenes que vivieron las experiencias para clausurar el Magis y unirse a  la Jornada Mundial de la Juventud, que se desarrolló en ciudad de Panamá del 22 al 27 de enero de 2019.

Desde hace muchos meses atrás la Provincia Jesuita centroamericana  se movía organizando este encuentro, muchos/as colaboraron de distintas maneras, yo era parte del grupo de voluntarios/as que podían hablar inglés pues en Honduras recibiríamos peregrinos/as de Taiwan, Corea y  Croacia además de jóvenes de República Dominicana y de Chile que participarian junto a los/as hondureños/as.  Mi trabajo era poder ayudar a los peregrinos a comunicarse, y aunque mi inglés estaba algo oxidado me ofrecí con gusto a colaborar porque me gustó mucho el espíritu de magis, este trabajo previo a la JMJ de profundización  con los y las jóvenes en su vida personal, comunitaria y espiritual, su sentido de peregrinación y las experiencias que se les ofrecían, me parecían además algo muy misionero y con la característica de la internacionalidad y el encuentro de culturas, algo muy presente en mi vocación.

¿Pero que interesante podría decir esta misionera de 41 años colada en un encuentro para jóvenes?…quienes deberían contar sus experiencias son los /as jóvenes peregrinas/os, (tal vez pronto alguno nos escriba); Sin embargo, he estado leyendo mensajes de muchos/as peregrinos/as en las redes sociales, expresando sus sentimientos, a muchos/as de ellos les conocí de vista , a otros/as más de cerca con quienes compartí la experiencia en el Valle del Aguán. Me parece importante que se expresen, que den testimonio , que nos contagien con su entusiasmo y energía, que sus sonrisas nos iluminen.

Hoy escribo porque quiero hablar de estos/as jóvenes y de lo que no han contado, sé que todos y todas quedaron muy shockeados con la realidad de Honduras, a menudo testeaba con mis paisanos chilenos y les preguntaba…¿si te hubiese contado todo esto, me habrías creído? ellos me decían nica… es decir  NO.

Este ver una realidad distinta y particularmente dolorosa afectada por la pobreza, la corrupción, la violencia y la dictadura, no les dejó indiferentes, vi a chicos y chicas llorar, los vi agarrarse la cabeza como tratando de entender, los vi impotentes antes los testimonios de nuestros hermanos/as hondureños/as que les compartían sus luchas, los vi tomar conciencia y soñar con esperanza que algo debe cambiar, que esta gente maravillosa de Honduras no debe quedar en el olvido, deben dejar de ser los omitidos, los invisibles.

Yo que ya vengo de vuelta sé que ante estas realidades primero esta la conmoción, luego viene el entusiasmo, y pocos alcanzan el compromiso real de hacer  el Reino de Dios, del que hablaba Jesús , presente en nuestros ambientes. Yo pido al buen Dios que haga crecer esta semilla en sus corazones y entiendan que como les dijo el Papa en Panamá “sigan caminando, sigan  viviendo la fe, compartan la fe y no se olviden que no son el mañana, no son el mientras tanto, sino el ahora de DIOS”

Vivimos juntos y juntas muchas cosas, yo les agradezco a cada uno y a cada una que me permitió compartir con ellos/as, que me dejó compartirles algo de mi experiencia también, les agradezco a todos/as por haber escuchado como Abrahán el “sal de tu tierra” y haber cruzado sus propias fronteras personales y todas las demás que nos alejan.

Antes que el Papa hablara en Panamá sobre los migrantes y tantos otros marginados , los  y las jóvenes que participaron en Honduras se sentían conmovidos/as por esta realidad, justo por esos días en que viajábamos a Guatemala para tomar nuestro vuelo a Panamá, conocimos la noticia que otros iban saliendo en nuevas caravanas, he aquí uno de los gestos mas hermosos que vi en el camino, el almuerzo fue abundante y sobró mucha comida, mientras comía,  escuché a una joven que dijo por qué en vez de dejar esta comida  que la van a tirar,  por qué no la llevamos para la gente que va en la caravana? Todos y todas aceptaron y empezaron a organizarse de una manera increíble, los chicos de Taiwan, de Corea, de Chile, de República Dominicana y Honduras, armaron bolsas reciclando sus propias bolsas del desayuno, más las cajas que les dieron en el restaurant, agregaron más cosas y hasta compraron agua, eran 3 buses pero todo el acopio y organización se concentró en un solo bus. Yo, que algo conozco de las rutas de los migrantes, les dije que esa ruta por la que viajábamos no era muy habitual, pero sin duda, si no encontrábamos gente en el camino,  en Ciudad de Guatemala sí podrían entregar sus bolsitas, ellos lejos de desanimarse dijeron ok, estaremos atentos y si no en Guatemala… de pronto alguien gritó ¡migrantes! el bus paró y corrieron unos cuantos varones migrantes  al bus tal vez esperando un jalón, pero se encontraron estos chiquillos de todos colores dándoles algo para continuar su camino, y el agradecimiento de los caminantes era evidente, no entendían nada, solo que alguien les daba un respiro, un bocado para seguir caminando, yo iba muy cansada con el largo viaje, pero al ver esa escena, lloré  de emoción por la bondad y generosidad de estos/as jóvenes, lloré  de vergüenza porque yo iba cansada de estar horas sentada en un bus y ellos caminaban kilómetros y kilómetros, lloré por tanto que he ido acumulando en mi trabajo con los migrantes, mi amiga Sarah  que sabe de lo mismo, tomó mi mano y creo que lloramos juntas. Varias veces el bus frenó a repartir bocado y sobretodo amor y sonrisas, a los migrantes , los y las  jóvenes tenían una cadena humana y repartían diferentes alimentos para hombres y mujeres y también habían algunos menores . Dentro del bus los/as que estaban sentados/as les hacían señas por las ventanas y les animaban, el padre Mello que iba adelante les echaba su  bendición mezclada con palabras de fuerza y animo.  Recordé  este viaje cuando Francisco nos decía en una de sus homilías: que el mismo camino sea  la recompensa,   el discípulo no es solamente el que llega a un lugar si no el que empieza con decisión, el que no tiene miedo a arriesgar y ponerse a caminar.

Yo vi jóvenes maravillosos/as, que si necesitaban traducciones sobretodo a la hora de instrucciones, pero que eran capaces de comunicarse  entre sí y con la gente sencilla de nuestros pueblos a través de abrazos, gestos, bailes y  compasión, vi jóvenes que “con sus gestos y actitudes, con sus miradas, sus deseos y especialmente con su sensibilidad desmienten y desautorizan todos esos discursos que se concentran y se empeñan en sembrar división, en excluir o expulsar a los que “no son como nosotros””(Papa Francisco)

Yo vi jóvenes que creen en el amor y no temen gastar su vida en ella…pero sabemos que hay miles de jóvenes que no tienen la oportunidad de vivir su vida en plenitud, jóvenes invisibles, jóvenes que no han tenido la oportunidad de decidir sus vidas y que son vivos que parecen muertos sin disfrutar su juventud en libertad.

Yo no sabía mucho que podía aportar esas semanas, pero me quedó claro que debo siempre mirar a los y las jóvenes con los ojos de Dios y amarles  y no dejar de preguntarme que estoy haciendo por  y con ellos/as, para aportar en su desarrollo como personas. “Sólo lo que se ama, puede ser salvado”

_MG_9703Yanira Arias, peregrina de la vida, Misionera laica chilena en Honduras.

En la foto, la segunda a la izquierda acompañada de Jóvenes de Honduras, Chile, Corea y República Dominicana

 

Notas:

#Magis:  es una palabra latina muy típica de la espiritualidad ignaciana, que significa “más”. Pero “más” en qué… Pues en todo aquello que tiene que ver con nuestra relación con Dios y con aquellas decisiones personales que en un momento u otro de la vida tengamos que tomar. Encierra, por tanto, no un “más” de cantidad sino de calidad.

#Puede ver el video de Homilia de Envío y Clausura JMJ

#El titulo de este artículo está inspirado en la canción Canción al Corazón de Jesús, Cristobal Fones SJ

#agradezco a todos y todas quienes compartieron sus fotos en especial a Kike, Jaime Sobarzo

 

Homilía del Papa Francisco, Ceremonia de Bienvenida de la JMJ 2019

¡Qué bueno volver a encontrarnos y hacerlo en esta tierra que nos recibe con tanto color y calor! Juntos en Panamá, la Jornada Mundial de la Juventud es otra vez una fiesta de alegría y esperanza para la Iglesia toda y, para el mundo, un enorme testimonio de fe. Me acuerdo que, en Cracovia, algunos me preguntaron si iba a estar en Panamá y les contesté: “yo no sé, pero Pedro seguro va a estar. Pedro va a estar”.

Hoy me alegra decirles: Pedro está con ustedes para celebrar y renovar la fe y la esperanza. Pedro y la Iglesia caminan con ustedes y queremos decirles que no tengan miedo, que vayan adelante con esa energía renovadora y esa inquietud constante que nos ayuda y moviliza a ser más alegres y disponibles, más “testigos del Evangelio”. Ir adelante no para crear una Iglesia paralela un poco más “divertida” o “cool” en un evento para jóvenes, con algún que otro elemento decorativo, como si a ustedes eso los dejara felices. Pensar así sería no respetarlos y no respetar todo lo que el Espíritu a través de ustedes nos está diciendo.

¡Al contrario! Queremos reencontrar y despertar junto a ustedes la continua novedad y juventud de la Iglesia abriéndonos a un nuevo Pentecostés (cf. SÍNODO SOBRE LOS JÓVENES, Doc. final, 60). Eso solo es posible, como lo acabamos de vivir en el Sínodo, si nos animamos a caminar escuchándonos y a escuchar complementándonos, si nos animamos a testimoniar anunciando al Señor en el servicio a nuestros hermanos; servicio concreto, se entiende.

Sé que llegar hasta aquí no ha sido nada fácil. Conozco el esfuerzo, el sacrificio que realizaron para poder participar en esta Jornada. Muchos días de trabajo y dedicación, encuentros de reflexión y oración hacen que el camino sea en gran medida la recompensa. El discípulo no es solamente el que llega a un lugar sino el que empieza con decisión, el que no tiene miedo de arriesgar y ponerse a caminar. Esa es su mayor alegría, estar en camino. Ustedes no tuvieron miedo de arriesgar y caminar.

Hoy podemos “estar de rumba”, porque esta rumba comenzó hace ya mucho tiempo en cada comunidad.  Venimos de culturas y pueblos diferentes, hablamos lenguas diferentes, usamos ropas diferentes. Cada uno de nuestros pueblos ha vivido historias y circunstancias diferentes. ¡Cuántas cosas nos pueden diferenciar!, pero nada de eso impidió poder encontrarnos y sentirnos felices por estar juntos. Eso es posible porque sabemos que hay algo que nos une, hay Alguien que nos hermana. Ustedes, queridos amigos, han hecho muchos sacrificios para poder encontrarse y así se transforman en verdaderos maestros y artesanos de la cultura del encuentro.

Con sus gestos y actitudes, con sus miradas, sus deseos y especialmente con su sensibilidad desmienten y desautorizan todos esos discursos que se concentran y se empeñan en sembrar división, en excluir o expulsar a los que “no son como nosotros”. Y esto porque tienen ese olfato que sabe intuir que «el amor verdadero no anula las legítimas diferencias, sino que las armoniza en una unidad superior» (BENEDICTO XVI, Homilía, 25 enero 2006).

Por el contrario, sabemos que el padre de la mentira prefiere un pueblo dividido y peleado, a un pueblo que aprende a trabajar juntos.  Ustedes nos enseñan que encontrarse no significa mimetizarse, ni pensar todos lo mismo o vivir todos iguales haciendo y repitiendo las mismas cosas, escuchando la misma música o llevando la camiseta del mismo equipo de fútbol. No, eso no. La cultura del encuentro es un llamado e invitación a atreverse a mantener vivo un sueño en común.

Sí, un sueño grande y capaz de cobijar a todos. Ese sueño por el que Jesús dio la vida en la cruz y el Espíritu Santo se desparramó y tatuó a fuego el día de Pentecostés en el corazón de cada hombre y cada mujer, en el tuyo y en el mío, a la espera de que encuentre espacio para crecer y desarrollarse. Un sueño llamado Jesús sembrado por el Padre con la confianza que crecerá y vivirá en cada corazón. Un sueño que corre por nuestras venas, estremece el corazón y lo hace bailar cada vez que los escuchamos: «Ámense los unos a los otros.

Así como yo los he amado, ámense también ustedes. En eso todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros» (Jn 13,3435). A un santo de estas tierras le gustaba decir: «el cristianismo no es un conjunto de verdades que hay que creer, de leyes que hay que cumplir, o de prohibiciones. Así resulta muy repugnante. El cristianismo es una Persona que me amó tanto, que reclama y pide mi amor.

El cristianismo es Cristo» (cf. S. OSCAR ROMERO, Homilía, 6 noviembre 1977); es desarrollar el sueño por el que dio la vida: amar con el mismo amor que nos ha amado.  Nos preguntamos: ¿Qué nos mantiene unidos? ¿Por qué estamos unidos? ¿Qué nos mueve a encontrarnos? La seguridad de saber que hemos sido amados con un amor entrañable que no queremos y no podemos callar y nos desafía a responder de la misma manera: con amor. Es el amor de Cristo el que nos apremia (cf. 2 Co 5,14).  Un amor que no “patotea” ni aplasta, un amor que no margina ni calla, un amor que no humilla ni avasalla. Es el amor del Señor, amor cotidiano, discreto y respetuoso, amor de libertad y para la libertad, amor que sana y levanta.

Es el amor del Señor que sabe más de levantadas que de caídas, de reconciliación que de prohibición, de dar nueva oportunidad que de condenar, de futuro que de pasado. Es el amor silencioso de la mano tendida en el servicio y la entrega que no se pavonea.  ¿Creés en este amor? ¿Es un amor que vale la pena? Fue la misma pregunta e invitación que recibió María. El ángel le preguntó si quería llevar este sueño en sus entrañas y hacerlo vida, hacerlo carne. Ella dijo: «He aquí la sierva del Señor, hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38). María se animó a decir “sí”.

Se animó a darle vida al sueño de Dios. Y es lo mismo que el ángel te quiere preguntar a vos, a vos, a mí: ¿querés que este sueño tenga vida? ¿Querés darle carne con tus manos, con tus pies, con tu mirada, con tu corazón? ¿Querés que sea el amor del Padre el que te abra nuevos horizontes y te lleve por caminos jamás imaginados y pensados, soñados o esperados que alegren y hagan cantar y bailar al corazón? ¿Nos animamos a decirle al ángel, como María: he aquí los siervos del Señor, hágase? Queridos jóvenes: Lo más esperanzador de esta Jornada no será un documento final, una carta consensuada o un programa a ejecutar. Lo más esperanzador de este encuentro serán vuestros rostros y una oración. Cada uno volverá a casa con la fuerza nueva que se genera cada vez que nos encontramos con los otros y con el Señor, llenos del Espíritu Santo para recordar y mantener vivo ese sueño que nos hermana y que estamos invitados a no dejar que se congele en el corazón del mundo: allí donde nos encontremos, haciendo lo que estemos haciendo, siempre podremos levantar la mirada y decir: Señor, enséñame a amar como tú nos has amado —¿se animan a repetirlo conmigo?—. Señor, enséñame a amar como tú nos has amado.

No podemos terminar este primer encuentro sin agradecer. Gracias a todos los que han preparado con mucha ilusión esta Jornada Mundial de la Juventud. Gracias por animarse a construir y hospedar, por decirle “sí” al sueño de Dios de ver a sus hijos reunidos. Gracias Mons. Ulloa y todo su equipo por ayudar a que Panamá hoy sea no solamente un canal que une mares, sino también canal donde el sueño de Dios siga encontrando cauces para crecer y multiplicarse e irradiarse en todos los rincones de la tierra. Amigos, que Jesús los bendiga y Santa María la Antigua los acompañe siempre, para que seamos capaces de decir sin miedo, como ella: «Aquí estoy. Hágase».