Mensaje del papa Francisco para la Cuaresma de 2019 

Queridos hermanos y hermanas:

Cada año, a través de la Madre Iglesia, Dios «concede a sus hijos anhelar, con el gozo de habernos purificado, la solemnidad de la Pascua, para que […] por la celebración de los misterios que nos dieron nueva vida, lleguemos a ser con plenitud hijos de Dios» (Prefacio I de Cuaresma). De este modo podemos caminar, de Pascua en Pascua, hacia el cumplimiento de aquella salvación que ya hemos recibido gracias al misterio pascual de Cristo: «Pues hemos sido salvados en esperanza» (Rm 8,24). Este misterio de salvación, que ya obra en nosotros durante la vida terrena, es un proceso dinámico que incluye también a la historia y a toda la creación. San Pablo llega a decir: «La creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios» (Rm 8,19). Desde esta perspectiva querría sugerir algunos puntos de reflexión, que acompañen nuestro camino de conversión en la próxima Cuaresma.

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1. La redención de la creación

La celebración del Triduo Pascual de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, culmen del año litúrgico, nos llama una y otra vez a vivir un itinerario de preparación, conscientes de que ser conformes a Cristo (cf. Rm 8,29) es un don inestimable de la misericordia de Dios.

Si el hombre vive como hijo de Dios, si vive como persona redimida, que se deja llevar por el Espíritu Santo (cf. Rm 8,14), y sabe reconocer y poner en práctica la ley de Dios, comenzando por la que está inscrita en su corazón y en la naturaleza, beneficia también a la creación, cooperando en su redención. Por esto, la creación –dice san Pablo– desea ardientemente que se manifiesten los hijos de Dios, es decir, que cuantos gozan de la gracia del misterio pascual de Jesús disfruten plenamente de sus frutos, destinados a alcanzar su maduración completa en la redención del mismo cuerpo humano. Cuando la caridad de Cristo transfigura la vida de los santos –espíritu, alma y cuerpo–, estos alaban a Dios y, con la oración, la contemplación y el arte hacen partícipes de ello también a las criaturas, como demuestra de forma admirable el “Cántico del hermano sol” de san Francisco de Asís (cf. Enc. Laudato si’, 87). Sin embargo, en este mundo la armonía generada por la redención está amenazada, hoy y siempre, por la fuerza negativa del pecado y de la muerte.

  1. La fuerza destructiva del pecado 

Efectivamente, cuando no vivimos como hijos de Dios, a menudo tenemos comportamientos destructivos hacia el prójimo y las demás criaturas –y también hacia nosotros mismos–, al considerar, más o menos conscientemente, que podemos usarlos como nos plazca. Entonces, domina la intemperancia y eso lleva a un estilo de vida que viola los límites que nuestra condición humana y la naturaleza nos piden respetar, y se siguen los deseos incontrolados que en el libro de la Sabiduría se atribuyen a los impíos, o sea a quienes no tienen a Dios como punto de referencia de sus acciones, ni una esperanza para el futuro (cf. 2,1-11). Si no anhelamos continuamente la Pascua, si no vivimos en el horizonte de la Resurrección, está claro que la lógica del todo y ya, del tener cada vez más acaba por imponerse.

Como sabemos, la causa de todo mal es el pecado, que desde su aparición entre los hombres interrumpió la comunión con Dios, con los demás y con la creación, a la cual estamos vinculados ante todo mediante nuestro cuerpo. El hecho de que se haya roto la comunión con Dios, también ha dañado la relación armoniosa de los seres humanos con el ambiente en el que están llamados a vivir, de manera que el jardín se ha transformado en un desierto (cf. Gn 3,17-18). Se trata del pecado que lleva al hombre a considerarse el dios de la creación, a sentirse su dueño absoluto y a no usarla para el fin deseado por el Creador, sino para su propio interés, en detrimento de las criaturas y de los demás.

Cuando se abandona la ley de Dios, la ley del amor, acaba triunfando la ley del más fuerte sobre el más débil. El pecado que anida en el corazón del hombre (cf. Mc 7,20-23) —y se manifiesta como avidez, afán por un bienestar desmedido, desinterés por el bien de los demás y a menudo también por el propio— lleva a la explotación de la creación, de las personas y del medio ambiente, según la codicia insaciable que considera todo deseo como un derecho y que antes o después acabará por destruir incluso a quien vive bajo su dominio.

  1.  La fuerza regeneradora del arrepentimiento y del perdón

Por esto, la creación tiene la irrefrenable necesidad de que se manifiesten los hijos de Dios, aquellos que se han convertido en una “nueva creación”: «Si alguno está en Cristo, es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo» (2 Co 5,17). En efecto, manifestándose, también la creación puede “celebrar la Pascua”: abrirse a los cielos nuevos y a la tierra nueva (cf. Ap 21,1). Y el camino hacia la Pascua nos llama precisamente a restaurar nuestro rostro y nuestro corazón de cristianos, mediante el arrepentimiento, la conversión y el perdón, para poder vivir toda la riqueza de la gracia del misterio pascual.

Esta “impaciencia”, esta expectación de la creación encontrará cumplimiento cuando se manifiesten los hijos de Dios, es decir cuando los cristianos y todos los hombres emprendan con decisión el “trabajo” que supone la conversión. Toda la creación está llamada a salir, junto con nosotros, «de la esclavitud de la corrupción para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rm 8,21). La Cuaresma es signo sacramental de esta conversión, es una llamada a los cristianos a encarnar más intensa y concretamente el misterio pascual en su vida personal, familiar y social, en particular, mediante el ayuno, la oración y la limosna.}

Ayunar, o sea aprender a cambiar nuestra actitud con los demás y con las criaturas: de la tentación de “devorarlo” todo, para saciar nuestra avidez, a la capacidad de sufrir por amor, que puede colmar el vacío de nuestro corazón. Orar para saber renunciar a la idolatría y a la autosuficiencia de nuestro yo, y declararnos necesitados del Señor y de su misericordia. Dar limosna para salir de la necedad de vivir y acumularlo todo para nosotros mismos, creyendo que así nos aseguramos un futuro que no nos pertenece. Y volver a encontrar así la alegría del proyecto que Dios ha puesto en la creación y en nuestro corazón, es decir amarle, amar a nuestros hermanos y al mundo entero, y encontrar en este amor la verdadera felicidad.

Queridos hermanos y hermanas, la “Cuaresma” del Hijo de Dios fue un entrar en el desierto de la creación para hacer que volviese a ser aquel jardín de la comunión con Dios que era antes del pecado original (cf. Mc1,12-13; Is 51,3). Que nuestra Cuaresma suponga recorrer ese mismo camino, para llevar también la esperanza de Cristo a la creación, que «será liberada de la esclavitud de la corrupción para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rm 8,21). No dejemos transcurrir en vano este tiempo favorable. Pidamos a Dios que nos ayude a emprender un camino de verdadera conversión. Abandonemos el egoísmo, la mirada fija en nosotros mismos, y dirijámonos a la Pascua de Jesús; hagámonos prójimos de nuestros hermanos y hermanas que pasan dificultades, compartiendo con ellos nuestros bienes espirituales y materiales. Así, acogiendo en lo concreto de nuestra vida la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, atraeremos su fuerza transformadora también sobre la creación.

Vaticano, 4 de octubre de 2018, fiesta de san Francisco de Asís 

Francisco

 

CRISTO REY

FelicesEl año litúrgico termina con la fiesta de Cristo, Rey del universo. No está de más recordar cómo vivió Jesús a quien proclamamos Rey. De allí, podemos sacar grandes lecciones para nuestra forma de ser como hombres y mujeres, y como cristianos y cristianas, tanto si somos humildes ciudadanos como si somos jerarcas civiles y religiosos.

Jesús fue claro en decir que en su Reino los primeros serán los últimos y que los más importantes son los pequeños, los marginados y los pobres a quienes debemos servir.  Los que tenían poder y lo ejercían para defender intereses económicos incluso con el uso de la fuerza militar no entendieron su propuesta y su lógica fue declarada herética y diabólica.

La misma vida de Jesús sirve de ejemplo para quienes esperamos un mundo de paz y de fraternidad. “Siendo de condición divina, no codició el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo… se rebajó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de cruz”. (Fil. 2,6-8). Nuestro rey nació como un pobre. No tuvo techo donde cobijarse. Vivió en la pequeña aldea marginal de Nazaret. Trabajó como humilde carpintero y así fue conocido. Se hizo amigo de los pecadores e impuros que no tenían ni poder ni riquezas. Asumió el papel del esclavo lavando los pies de sus amigos(as). No tuvo ejército. Murió en una cruz fuera de la ciudad santa como un criminal y delincuente.

Este es el que celebramos como nuestro Rey y, si somos sus discípulos y discípulas, debemos aprender de Él y ser consecuentes con Él siguiendo su ejemplo.

En esta fiesta de Cristo Rey les proponemos leer y meditar un compromiso que algunos obispos hicieron el día 16 de noviembre de 1965 cuando terminaba el Concilio Vaticano II (1962-1965). Animados por Dom Helder Câmara, celebraron una misa en las Catacumbas de Santa Domitila e hicieron el “Pacto de las Catacumbas de la Iglesia sierva y pobre”. Proponían para sí mismos ideales de pobreza y sencillez, dejando sus palacios y viviendo en simples casas o apartamentos. Este documento además de ser de mucha actualidad puede alimentar nuestra esperanza y compromiso por hacer una Iglesia más fiel a Jesús lo que también es el deseo del Papa Francisco.

Pacto de las Catacumbas de la Iglesia sierva y pobre

«Nosotros, obispos, reunidos en el Concilio Vaticano II, conscientes de las deficiencias de nuestra vida de pobreza según el evangelio; motivados los unos por los otros, en una iniciativa en que cada uno de nosotros quisiera evitar la excepcionalidad y la presunción; unidos a todos nuestros hermanos del episcopado; contando sobre todo con la gracia y la fuerza de Nuestro Señor Jesucristo, con la oración de los fieles y de los sacerdotes de nuestras respectivas diócesis; poniéndonos con el pensamiento y la oración ante la Trinidad, ante la Iglesia de Cristo y ante los sacerdotes y los fieles de nuestras diócesis, con humildad y con conciencia de nuestra flaqueza, pero también con toda la determinación y toda la fuerza que Dios nos quiere dar como gracia suya, nos comprometemos a lo siguiente:

  • Procuraremos vivir según el modo ordinario de nuestra población, en lo que concierne a casa, alimentación, medios de locomoción y a todo lo que de ahí se sigue.
  • Renunciamos para siempre a la apariencia y a la realidad de la riqueza, especialmente en el vestir (tejidos ricos, colores llamativos, insignias de material precioso). Esos signos deben ser ciertamente evangélicos: ni oro ni plata.
  • No poseeremos inmuebles ni muebles, ni cuenta bancaria, etc. a nuestro nombre; y si fuera necesario tenerlos, pondremos todo a nombre de la diócesis, o de las obras sociales caritativas.
  • Siempre que sea posible confiaremos la gestión financiera y material de nuestra diócesis a una comisión de laicos competentes y conscientes de su papel apostólico, en la perspectiva de ser menos administradores que pastores y apóstoles.
  • Rechazamos ser llamados, oralmente o por escrito, con nombres y títulos que signifiquen grandeza y poder (Eminencia, Excelencia, Monseñor…). Preferimos ser llamados con el nombre evangélico de Padre.
  • En nuestro comportamiento y en nuestras relaciones sociales evitaremos todo aquello que pueda parecer concesión de privilegios, prioridades o cualquier preferencia a los ricos y a los poderosos (ej: banquetes ofrecidos o aceptados, clases en los servicios religiosos).
  • Del mismo modo, evitaremos incentivar o lisonjear la vanidad de quien sea, con vistas a recompensar o a solicitar dádivas, o por cualquier otra razón. Invitaremos a nuestros fieles a considerar sus dádivas como una participación normal en el culto, en el apostolado y en la acción social.
  • Daremos todo lo que sea necesario de nuestro tiempo, reflexión, corazón, medios, etc. al servicio apostólico y pastoral de las personas y grupos trabajadores y económicamente débiles y subdesarrollados, sin que eso perjudique a otras personas y grupos de la diócesis. Apoyaremos a los laicos, religiosos, diáconos o sacerdotes que el Señor llama a evangelizar a los pobres y los trabajadores compartiendo la vida y el trabajo.
  • Conscientes de las exigencias de la justicia y de la caridad, y de sus relaciones mutuas, procuraremos transformar las obras de “beneficencia” en obras sociales basadas en la caridad y en la justicia, que tengan en cuenta a todos y a todas, como un humilde servicio a los organismos públicos competentes.
  • Haremos todo lo posible para que los responsables de nuestro gobierno y de nuestros servicios públicos decidan y pongan en práctica las leyes, las estructuras y las instituciones sociales necesarias a la justicia, a la igualdad y al desarrollo armónico y total de todo el hombre en todos los hombres, y, así, al advenimiento de otro orden social, nuevo, digno de los hijos del hombre y de los hijos de Dios.
  • Porque la colegialidad de los obispos encuentra su más plena realización evangélica en el servicio en común a las mayorías en estado de miseria física cultural y moral ―dos tercios de la humanidad― nos comprometemos a: -participar, conforme a nuestros medios, en las inversiones urgentes de los episcopados de las naciones pobres;
  • pedir juntos a nivel de los organismos internacionales, dando siempre testimonio del evangelio como lo hizo el Papa Pablo VI en las Naciones Unidas, la adopción de estructuras económicas y culturales que no fabriquen más naciones pobres en un mundo cada vez más rico, sino que permitan a las mayorías pobres salir de su miseria.
  • Nos comprometemos a compartir nuestra vida, en caridad pastoral, con nuestros hermanos en Cristo, sacerdotes, religiosos y laicos, para que nuestro ministerio constituya un verdadero servicio; así:
  • nos esforzaremos para “revisar nuestra vida” con ellos;
  • buscaremos colaboradores que sean más animadores según el Espíritu que jefes según el mundo;
  • procuraremos hacernos lo más humanamente presentes y ser acogedores;
  • nos mostraremos abiertos a todos, sea cual sea su religión.
  • Cuando volvamos a nuestras diócesis, daremos a conocer a nuestros diocesanos nuestra resolución, rogándoles nos ayuden con su comprensión, su colaboración y sus oraciones.

Que Dios nos ayude a ser fieles».

Firmaron:

Los padres firmantes del Pacto mantuvieron en reserva su identidad con el fin de evitar que el mismo fuera tomado como una presión indebida o un acto de soberbia con respecto a los demás participantes del Concilio. Con los años se han conocido los nombres de los participantes, aunque existen pequeñas variantes según los testimonios.

Entre los 40 firmantes del pacto estaban:

Ángelus del Papa: “Los Santos nos alientan a vivir las Bienaventuranzas”

En el Ángelus de este jueves, 1 de noviembre, Solemnidad de Todos los Santos, el Papa Francisco pidió que, la Madre de Dios, Reina de los Santos, nos ayude a recorrer con decisión el camino de la santidad.

“Hoy estos hermanos y hermanas nuestros no nos piden que oigamos de nuevo un hermoso Evangelio, sino que lo pongamos en práctica, que nos pongamos en el camino de las Bienaventuranzas. No se trata de hacer cosas extraordinarias, sino de seguir cada día este camino que nos lleva al cielo, a la familia, a la casa”, lo dijo el Papa Francisco en su alocución antes de rezar la oración mariana del Ángelus de este jueves, 1 de noviembre, Solemnidad de Todos los Santos.

En comunión con los Santos

El Santo Padre comentando la primera lectura de hoy, tomada del Libro del Apocalipsis (7,9), dijo que esta, nos habla del cielo y nos pone ante “una multitud inmensa”, incalculable, “de toda nación, tribu, pueblo y lengua”. Ellos son los santos, afirmó el Papa, y ¿qué hacen allá arriba? Cantan juntos, alaban a Dios con alegría. Sería hermoso escuchar sus cantos…. Pero podemos imaginarnos: ¿saben cuándo? Durante la Misa, cuando cantamos “Santo, santo, santo el Señor Dios del universo…”. Es un himno – dice la Biblia – que viene del cielo, que se canta allí (cf. Is 6,3; Ap 4,8). Así, pues, cantando el “Santo”, no sólo pensamos en los santos, sino que hacemos lo que ellos hacen: en ese momento, en la Misa, estamos más unidos a ellos que nunca.

Y estamos unidos a todos los santos, agregó el Papa Francisco, no sólo a los más conocidos, en el calendario, sino también con aquellos “de la puerta de al lado”, con nuestros familiares y conocidos que ahora forman parte de esa inmensa multitud. “Hoy es una fiesta de familia. Los santos están cerca de nosotros, es más, son nuestros verdaderos hermanos y hermanas. Nos entienden, nos aman, saben cuál es nuestro verdadero bien, nos ayudan y nos esperan. Son felices y quieren que seamos felices con ellos en el paraíso”.

La mentalidad del mundo contra el Evangelio

Estos hermanos y hermanas, los Santos, señaló el Santo Padre, nos invitan al camino de la felicidad, indicado en el Evangelio de hoy, tan bello y conocido: “Bienaventurados los pobres de espíritu […] Bienaventurados los humildes […] Bienaventurados los puros de corazón […]”. Pero, ¿qué es eso? El Evangelio dice bienaventurados los pobres, mientras que el mundo dice bienaventurados los ricos. El Evangelio dice bienaventurados los humildes, mientras que el mundo dice bienaventurados los poderosos. El Evangelio dice bienaventurados los puros, mientras que el mundo dice bienaventurados los astutos y los hedonistas. Este camino de las bienaventuranzas, de la santidad – precisó el Pontífice – parece conducir a la derrota. Sin embargo – nos recuerda de nuevo la primera Lectura – los santos tienen “ramas de palma en sus manos”, es decir, los símbolos de la victoria. Ellos han vencido, no el mundo. Y nos exhortan a elegir su parte, la de Dios que es santo.

Los Santos nos “alientan” que elijamos a Dios

Por ello es necesario que nos preguntémonos de que parte estamos, indicó el Papa Francisco: ¿el del cielo o el de la tierra? ¿Vivimos para el Señor o para nosotros mismos, para la felicidad eterna o para alguna satisfacción ahora? Preguntémonos: ¿realmente queremos la santidad? ¿O nos contentamos con ser cristianos sin vergüenza y sin alabanza, que creen en Dios y estiman al prójimo pero sin exagerar? El Señor “pide todo, y lo que ofrece es la verdadera vida, la felicidad para la que fuimos creados”. Es decir, santidad o nada. Es bueno que nos dejemos provocar por los santos, que aquí no han tenido medias tintas y desde allá nos “alientan”, para que elijamos a Dios, la humildad, la mansedumbre, la misericordia, la pureza, para que nos apasionemos por el cielo en vez que la tierra.

Los Santos nos invitan a ir por la vía de las Bienaventuranzas

Hoy estos hermanos y hermanas nuestros, agregó el Papa Francisco, no nos piden que oigamos de nuevo un hermoso Evangelio, sino que lo pongamos en práctica, que nos pongamos en el camino de las Bienaventuranzas. No se trata de hacer cosas extraordinarias, sino de seguir cada día este camino que nos lleva al cielo, a la familia, a la casa. Hoy, por lo tanto, vislumbremos nuestro futuro y celebremos para lo que hemos nacido: ¡nacimos para no morir nunca más, nacimos para disfrutar de la felicidad de Dios! El Señor nos anima y a quien sigue el camino de las bienaventuranzas, dice: “Alégrense y regocíjense, porque vuestra recompensa en el cielo es grande” (Mt 5,12). Que la Madre de Dios, Reina de los Santos, concluyó el Papa, nos ayude a recorrer con decisión el camino de la santidad; Ella, que es la Puerta del Cielo, introduzca a nuestros queridos difuntos en la familia celestial.

vea el video en este enlace ANGELUS 1° NOVIEMBRE

Fuente: Renato Martinez – Ciudad del Vaticano

La Biblia, Palabra para nuestro tiempo

Estamos terminando el  mes dedicado a la Biblia. Al inicio de septiembre, hemos celebrado la Jornada Mundial del Migrante y de los refugiados y la Jornada Mundial por el Cuidado de la Creación. ¿Qué tiene que ver todo esto con la BIBLIA?

La cita bíblica con que el Papa inicia el mensaje para la Jornada Mundial del Migrante  y de los refugiados, nos pone en el corazón de los acontecimientos que están en el origen de nuestra fe en Yahvé. El libro del Éxodo nos dice que Dios escuchó el clamor de los esclavos en Egipto,se comprometió en su liberación y caminó con su pueblo hacia una tierra que Él había prometido a su pueblo. Esta es la raíz de nuestra fe en Dios.

Israel entendió por experiencia que tenía que ser consecuente con su fe, por lo tanto no podía tratar mal a los indefensos, a los inmigrantes y a los extranjeros. La constitución de Israel le indicaba cómo debía actuar el pueblo con respecto a los inmigrantes y extranjeros. «Al emigrante que reside entre ustedes, en su tierra, lo mirarán como uno de su pueblo y lo amarás como a ti mismo, pues también ustedes fueron emigrantes (forasteros y extranjeros) en Egipto. Yo soy Yahvé su Dios».  (Lv 19,34).

De estos esclavos dispersos en tierra extranjera, Dios creó un pueblo libre y le dio un ley y una tierra. También esta experiencia de fe hizo comprender al pueblo liberado que Yahvé es el Dios creador de todas las cosas y que el ser humano debe cuidar la creación. No puede tratarla como si fuera su dueño absoluto sino que tiene que cuidarla con respeto y amor.

Las celebraciones del comienzo de septiembre le han dado color a todo este mes dedicado a la Biblia. Nos hacen tomar consciencia que no podemos honrar y celebrar la Biblia como un libro muerto. Por el contrario debemos ser capaces de relacionar la Palabra revelada con la realidad de las personas que viven en la pobreza, la marginación y la esclavitud de nuestros días, con la de todas las personas  que movidas por opción, necesidad u obligación tienen que migrar hacia otros horizontes y con la de los/as que luchan por un mundo sin corrupción, sin contaminación y sin explotación de la naturaleza.

Como Abrahán, como Moisés, estas son son personas que se han puesto en camino porque creen en otro mundo posible y tienen esperanza en la promesa de una tierra nueva. Todos ellos son de la raza de Abrahán y de Moisés y,como ellos, caminan conscientemente o no como si vieran lo invisible(Hebreos11, 13 y 11, 27).

sept 2018

En Jesús, Dios ha puesto su tienda en medio de los que caminan. El autor de la carta a los Hebreos nos invita a fijar la mirada en Él que también camina con nosotros/as. Él se identifica con todas las personas que peregrinan y se resisten a caer en el fatalismo, la inercia y la pasividad y están dispuestas a soportar las contradicciones y la cruz con tal de alcanzar el Reino.

Andrés Dionne pmé

LOS DOS MILAGROS – Mateo 15,21-28

 

2017 08 20 Lit.2Lo vi llegar por el camino y el corazón me dio un vuelco. Sabía de su fama: “es amigo de los pobres”, decían, ¡pero era judío! ; “bendice a los niños”, ¡pero era judío!; “cura a los ciegos y a los mudos”, ¡pero era judío!

De todas formas, ¡yo soy madre!, me dije. Y empecé a gritar: «¡Ten piedad de mí, Señor, hijo de David! Mi hija está malamente endemoniada!» Él se hizo el sordo. No quería oírme y me dolió en el alma.

Es judío, me volví a repetir. Yo soy cananea y además mujer. ¡Pero soy madre! Y, por eso corrí y escondiendo mi rabia bajo el velo, me postré ante él: «¡Señor, socórreme!» Él me respondió: «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos.»

¿A los perritos? ¡Me está llamando perra! Este judío es como todos: no entiende, su orgullo de raza lo ciega, desprecia a los que no son como él. ¡Pero yo soy madre!

«Sí, Señor pero también los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos.»

El silencio que vino luego me dejó sin respiración. Estaba tan humillada y dolorida que me pareció eterno. Entonces Él me respondió: «Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas.»

¿Mi hija curada? ¿De verdad? ¿Era cierto? Levanté la vista y las lágrimas apenas me dejaron verle, pero supe que era verdad. Y además supe que se había producido el otro milagro. Ya no era el judío orgulloso que conocí. Era el hombre que se había dejado cambiar por una mujer extranjera y que ya nunca sería el mismo. Supe que se llamaba Jesús y, mientras se lo contaba a mi hija, le hablaba del judío bueno, del comprensivo, del compasivo, del misericordioso, del Hombre con Corazón.

Matilde Moreno rscj

MARÍA MAGDALENA: LA MUJER QUE VIO AL RESUCITADO

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En la mañana del primer día de la semana, entré como un ciclón en el cenáculo y anuncié con voz entrecortada: ¡He visto al Señor! A veces me han preguntado por qué dije precisamente aquello en vez de: ¡Jesús ha resucitado! Y siento también que Tomás me reprocha que ponga tanta fuerza en lo que he visto con mis propios ojos: – “¿No recuerdas que para Jesús son más dichosos los que creen sin haber visto?”, suele decirme.

Es cierto, pero yo he vivido ciega durante mucho tiempo, hundida en la oscuridad y el caos, como la tierra antes de la creación y cuando mi vida se cruzó con la de Jesús llegó a mis ojos ciegos una ráfaga de luz. Mi ceguera era profunda y resistente y, al principio, mis ojos no fueron capaces de acoger más que una pequeña parte del resplandor que irradiaba su presencia. Le seguí a tientas porque supe al momento que donde estaba él, yo vivía, lo mismo que una plantita necesita del sol y de la lluvia para existir.

Pero aún no sabía mucho de él: contemplaba los signos que hacía y admiraba su poder y su autoridad. Escuchaba sus palabras y pensaba que era uno más de los profetas, como Elías, Jeremías o Juan Bautista. Oía sus parábolas y respetaba su sabiduría y, cuando se acercaba a los enfermos, me conmovía la ternura con que tocaba sus heridas y sanaba sus dolencias. Pero yo no era entonces capaz de ir más allá y mis ojos, aún en penumbra, sólo me permitían ver lo que muchos otros veían: un profeta, un sabio, un sanador, un hombre bueno y compasivo.

Pero aquel mediodía víspera de la fiesta de Pascua, cuando estaba junto a María, su madre, al pie de la cruz en la que él agonizaba, un resplandor inesperado me deslumbró y un torbellino de luz me sacó fuera de mi oscuridad. Antes de que me fuera revelada la gloria de su resurrección, mis ojos despertaron: el hombre que estaba allí, clavado en el madero y en apariencia impotente, estaba iluminando las tinieblas del dolor, de la contradicción, del fracaso y de la muerte con su confianza sin límites en Aquel a quien él llamaba Padre. El Padre lo recogía al final extremo de la noche.

En el amanecer del día de Pascua lo encontré en el huerto: él pronunció mi nombre y recibí su encargo de anunciar su resurrección.

Ahora sólo vivo para anunciar a otros lo que mis ojos presenciaron y para pronunciar ante mis hermanos en Nombre de aquel que, con su amor desmedido y torrencial, ha vencido a su muerte y a la nuestra.

Dolores Aleixandre rscj

 

Jornada Nacional de la Juventud, La Ceiba, Honduras 2018.

Este 30 de junio se llevó a cabo la JNJ en la ciudad de La Ceiba, la cual contó con la presencia de aproximadamente 30 mil jóvenes de todo el país.

En medio de la violencia que vivimos los y las jóvenes en nuestro país , en donde durante décadas  “hemos asistido a un exterminio juvenil en Honduras” (1) Dios actúa y el pueblo alaba su nombre con tanta fuerza que la opresión, el peligro, la impunidad y la descarada corrupción callan.

Los y las jóvenes “Han heredado este mundo de violencia y muerte, pero uds. tienen la llave para hacer un mundo diferente, un mundo de justicia verdadera  y de paz, Jesús re confirma la voluntad del padre, que tengamos vida y vida en abundancia”(2)

Dios ha liberado nuestros corazones, nos ha devuelto la vida, porque “¿Que significa vivir? ¿Respirar, caminar? ¿Eso es vivir? NO”(3) La vida es sentir, actuar, cuidar y proteger a través del amor, un amor que busca y comparte. “El verdadero amor es apertura, salida, ver alrededor”(4)

Nos despedimos de la ciudad de La Ceiba con  la esperanza de continuar, luchar, vivir, amar y compartir, esperanza que  ha vuelto a nuestros corazones  y que nada ni nadie podrá extinguir.

 

Carmen Suate Molina. Comunidad Cristo rey, Parroquia Santa Rita, Yoro.

 

(1)(2)(3)(4)Homilía JNJ 2018, Monseñor José A. Canales.

“COMO EL PADRE ME ENVIÓ A MÍ, YO TAMBIÉN LES ENVÍO A USTEDES” (Jn 20, 19-23)

Cuando tratamos de imaginar este momento de la vida de los apóstoles, es complejo. Por un lado, está el temor ante una realidad adversa que pareciera no dar salida, y por otro, está la esperanza de que aún no se ha dicho la última palabra. Sin embargo, hay algunos signos y palabras de este texto que dan la clave para seguir el camino de Jesús resucitado, y así decir sí a la esperanza: el primero es que se encuentran reunidos en comunidad, no está cada uno por su lado o de retorno a su antigua vida, sino juntos compartiendo los sentimientos y temores, tratando de buscar respuestas y de ser fieles a lo compartido y aprendido con Jesús. El segundo signo es reconocer a Jesús resucitado en medio de la confusión y el temor. El tercero, finalmente, es el envío que hace Jesús: “COMO EL PADRE ME ENVIÓ A MÍ, YO TAMBIÉN LES ENVÍO A USTEDES”.

Celebrar la fiesta de Pentecostés hoy es una invitación a estas tres claves. La primera es a recuperar la dimensión comunitaria, esta figura de Iglesia Pueblo de Dios, que camina junta, compartiendo la vida, las experiencias, los saberes, donde todos y todas no sólo caben, sino tienen una participación activa construyendo y diversificando este pueblo de Dios por todos los rincones de la tierra.
La segunda es reconocer al Resucitado en medio de un tiempo de confusión, en donde las seguridades se desvanecen y es preciso renovar la fe, una fe que tiene heridas, como las de las manos y el costado de Jesús, una fe que tiene historia y que nos lleva a buscar lo esencial del anuncio de Jesús que nos invita a poner la mirada en sus palabras. De allí mismo surge la tercera clave: “Cómo el Padre me envió a mí, Yo los y las envío a ustedes”. Jesús es enviado por el Padre en medio de la humanidad, sin seguridades, abierto al encuentro, con el único poder dado por Dios “el amor” que lo mueve a sanar, perdonar, y liberar ataduras.

El envío que nos hace Jesús es una invitación a renovar esa fuerza del Espíritu, de salir al encuentro de la misma manera como Él lo hizo, a dejarnos tocar por la realidad y sus necesidades, a construir una Iglesia-comunidad, que camina unida, servidora, aprendiz, sanadora y liberadora.

Fuente “Mujer Iglesia Chile”

REFLEXION DOMINGO 15 DE ABRIL

JUAN 6, 1-15: TESTIGOS

“Ustedes son testigos de todo esto”.

Para encontrarnos con Jesús resucitado, queremos hacer camino como los discípulos que han perdido la esperanza y van de vuelta a su casa de Emaús. Como ayer, Él camina junto a nosotros, nos habla, quita el velo que nos impide ver, libera nuestros ojos de las cataratas y cegueras.

Jesús está vivo y presente en medio de nosotros. Tantos testigos y mártires nos muestran un camino abierto. Recorrerlo conduce con certeza hacia la vida. Estos testigos viven en medio de nosotros. La muerte no ha podido contra ellos y están de pie porque no se han rendido ni han claudicado ante los poderes oscuros de la muerte.

Las señales de la entrega total del crucificado resucitado siguen llamándonos. Nos interpelan.

Sigámoslo pues en Galilea, allí donde Jesús vivo se hace solidario y se compromete para bajar de la cruz a los crucificados de hoy.

BAJAR DE LA CRUZ

Reflexión Domingo 1 de Abril

Juan 20:1-9:
Hoy es Pascua.
Y la resurrección de Jesús
nos anuncia la esperanza
de tiempos nuevos.
Todo puede ser diferente.
Las piedras pueden moverse de su lugar,
las tumbas pueden abrirse para siempre,
las lágrimas pueden ser vencidas,
los miedos no son eternos,
cada pregunta tiene su respuesta,
la luz es más fuerte que cualquier noche,
la alegría llega a quienes están tristes,
la paz toca los corazones abatidos,
los poderosos pierden y los humildes triunfan,
la fuerza y el odio no pueden contra el amor,
las cadenas de toda opresión se rompen,
la verdad se abraza a la justicia
y la justicia se besa con la paz,
la memoria ya no duele
y soñar ya no es pecado,
el cielo se abre y Dios sonríe,
la VIDA ha triunfado,
Jesús vive
y un mundo nuevo es posible.
Gerardo Oberman, Argentina
(Poema del año 2004)

Vive