Homilía del Papa Francisco, Ceremonia de Bienvenida de la JMJ 2019

¡Qué bueno volver a encontrarnos y hacerlo en esta tierra que nos recibe con tanto color y calor! Juntos en Panamá, la Jornada Mundial de la Juventud es otra vez una fiesta de alegría y esperanza para la Iglesia toda y, para el mundo, un enorme testimonio de fe. Me acuerdo que, en Cracovia, algunos me preguntaron si iba a estar en Panamá y les contesté: “yo no sé, pero Pedro seguro va a estar. Pedro va a estar”.

Hoy me alegra decirles: Pedro está con ustedes para celebrar y renovar la fe y la esperanza. Pedro y la Iglesia caminan con ustedes y queremos decirles que no tengan miedo, que vayan adelante con esa energía renovadora y esa inquietud constante que nos ayuda y moviliza a ser más alegres y disponibles, más “testigos del Evangelio”. Ir adelante no para crear una Iglesia paralela un poco más “divertida” o “cool” en un evento para jóvenes, con algún que otro elemento decorativo, como si a ustedes eso los dejara felices. Pensar así sería no respetarlos y no respetar todo lo que el Espíritu a través de ustedes nos está diciendo.

¡Al contrario! Queremos reencontrar y despertar junto a ustedes la continua novedad y juventud de la Iglesia abriéndonos a un nuevo Pentecostés (cf. SÍNODO SOBRE LOS JÓVENES, Doc. final, 60). Eso solo es posible, como lo acabamos de vivir en el Sínodo, si nos animamos a caminar escuchándonos y a escuchar complementándonos, si nos animamos a testimoniar anunciando al Señor en el servicio a nuestros hermanos; servicio concreto, se entiende.

Sé que llegar hasta aquí no ha sido nada fácil. Conozco el esfuerzo, el sacrificio que realizaron para poder participar en esta Jornada. Muchos días de trabajo y dedicación, encuentros de reflexión y oración hacen que el camino sea en gran medida la recompensa. El discípulo no es solamente el que llega a un lugar sino el que empieza con decisión, el que no tiene miedo de arriesgar y ponerse a caminar. Esa es su mayor alegría, estar en camino. Ustedes no tuvieron miedo de arriesgar y caminar.

Hoy podemos “estar de rumba”, porque esta rumba comenzó hace ya mucho tiempo en cada comunidad.  Venimos de culturas y pueblos diferentes, hablamos lenguas diferentes, usamos ropas diferentes. Cada uno de nuestros pueblos ha vivido historias y circunstancias diferentes. ¡Cuántas cosas nos pueden diferenciar!, pero nada de eso impidió poder encontrarnos y sentirnos felices por estar juntos. Eso es posible porque sabemos que hay algo que nos une, hay Alguien que nos hermana. Ustedes, queridos amigos, han hecho muchos sacrificios para poder encontrarse y así se transforman en verdaderos maestros y artesanos de la cultura del encuentro.

Con sus gestos y actitudes, con sus miradas, sus deseos y especialmente con su sensibilidad desmienten y desautorizan todos esos discursos que se concentran y se empeñan en sembrar división, en excluir o expulsar a los que “no son como nosotros”. Y esto porque tienen ese olfato que sabe intuir que «el amor verdadero no anula las legítimas diferencias, sino que las armoniza en una unidad superior» (BENEDICTO XVI, Homilía, 25 enero 2006).

Por el contrario, sabemos que el padre de la mentira prefiere un pueblo dividido y peleado, a un pueblo que aprende a trabajar juntos.  Ustedes nos enseñan que encontrarse no significa mimetizarse, ni pensar todos lo mismo o vivir todos iguales haciendo y repitiendo las mismas cosas, escuchando la misma música o llevando la camiseta del mismo equipo de fútbol. No, eso no. La cultura del encuentro es un llamado e invitación a atreverse a mantener vivo un sueño en común.

Sí, un sueño grande y capaz de cobijar a todos. Ese sueño por el que Jesús dio la vida en la cruz y el Espíritu Santo se desparramó y tatuó a fuego el día de Pentecostés en el corazón de cada hombre y cada mujer, en el tuyo y en el mío, a la espera de que encuentre espacio para crecer y desarrollarse. Un sueño llamado Jesús sembrado por el Padre con la confianza que crecerá y vivirá en cada corazón. Un sueño que corre por nuestras venas, estremece el corazón y lo hace bailar cada vez que los escuchamos: «Ámense los unos a los otros.

Así como yo los he amado, ámense también ustedes. En eso todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros» (Jn 13,3435). A un santo de estas tierras le gustaba decir: «el cristianismo no es un conjunto de verdades que hay que creer, de leyes que hay que cumplir, o de prohibiciones. Así resulta muy repugnante. El cristianismo es una Persona que me amó tanto, que reclama y pide mi amor.

El cristianismo es Cristo» (cf. S. OSCAR ROMERO, Homilía, 6 noviembre 1977); es desarrollar el sueño por el que dio la vida: amar con el mismo amor que nos ha amado.  Nos preguntamos: ¿Qué nos mantiene unidos? ¿Por qué estamos unidos? ¿Qué nos mueve a encontrarnos? La seguridad de saber que hemos sido amados con un amor entrañable que no queremos y no podemos callar y nos desafía a responder de la misma manera: con amor. Es el amor de Cristo el que nos apremia (cf. 2 Co 5,14).  Un amor que no “patotea” ni aplasta, un amor que no margina ni calla, un amor que no humilla ni avasalla. Es el amor del Señor, amor cotidiano, discreto y respetuoso, amor de libertad y para la libertad, amor que sana y levanta.

Es el amor del Señor que sabe más de levantadas que de caídas, de reconciliación que de prohibición, de dar nueva oportunidad que de condenar, de futuro que de pasado. Es el amor silencioso de la mano tendida en el servicio y la entrega que no se pavonea.  ¿Creés en este amor? ¿Es un amor que vale la pena? Fue la misma pregunta e invitación que recibió María. El ángel le preguntó si quería llevar este sueño en sus entrañas y hacerlo vida, hacerlo carne. Ella dijo: «He aquí la sierva del Señor, hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38). María se animó a decir “sí”.

Se animó a darle vida al sueño de Dios. Y es lo mismo que el ángel te quiere preguntar a vos, a vos, a mí: ¿querés que este sueño tenga vida? ¿Querés darle carne con tus manos, con tus pies, con tu mirada, con tu corazón? ¿Querés que sea el amor del Padre el que te abra nuevos horizontes y te lleve por caminos jamás imaginados y pensados, soñados o esperados que alegren y hagan cantar y bailar al corazón? ¿Nos animamos a decirle al ángel, como María: he aquí los siervos del Señor, hágase? Queridos jóvenes: Lo más esperanzador de esta Jornada no será un documento final, una carta consensuada o un programa a ejecutar. Lo más esperanzador de este encuentro serán vuestros rostros y una oración. Cada uno volverá a casa con la fuerza nueva que se genera cada vez que nos encontramos con los otros y con el Señor, llenos del Espíritu Santo para recordar y mantener vivo ese sueño que nos hermana y que estamos invitados a no dejar que se congele en el corazón del mundo: allí donde nos encontremos, haciendo lo que estemos haciendo, siempre podremos levantar la mirada y decir: Señor, enséñame a amar como tú nos has amado —¿se animan a repetirlo conmigo?—. Señor, enséñame a amar como tú nos has amado.

No podemos terminar este primer encuentro sin agradecer. Gracias a todos los que han preparado con mucha ilusión esta Jornada Mundial de la Juventud. Gracias por animarse a construir y hospedar, por decirle “sí” al sueño de Dios de ver a sus hijos reunidos. Gracias Mons. Ulloa y todo su equipo por ayudar a que Panamá hoy sea no solamente un canal que une mares, sino también canal donde el sueño de Dios siga encontrando cauces para crecer y multiplicarse e irradiarse en todos los rincones de la tierra. Amigos, que Jesús los bendiga y Santa María la Antigua los acompañe siempre, para que seamos capaces de decir sin miedo, como ella: «Aquí estoy. Hágase».

MARÍA MAGDALENA: LA MUJER QUE VIO AL RESUCITADO

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En la mañana del primer día de la semana, entré como un ciclón en el cenáculo y anuncié con voz entrecortada: ¡He visto al Señor! A veces me han preguntado por qué dije precisamente aquello en vez de: ¡Jesús ha resucitado! Y siento también que Tomás me reprocha que ponga tanta fuerza en lo que he visto con mis propios ojos: – “¿No recuerdas que para Jesús son más dichosos los que creen sin haber visto?”, suele decirme.

Es cierto, pero yo he vivido ciega durante mucho tiempo, hundida en la oscuridad y el caos, como la tierra antes de la creación y cuando mi vida se cruzó con la de Jesús llegó a mis ojos ciegos una ráfaga de luz. Mi ceguera era profunda y resistente y, al principio, mis ojos no fueron capaces de acoger más que una pequeña parte del resplandor que irradiaba su presencia. Le seguí a tientas porque supe al momento que donde estaba él, yo vivía, lo mismo que una plantita necesita del sol y de la lluvia para existir.

Pero aún no sabía mucho de él: contemplaba los signos que hacía y admiraba su poder y su autoridad. Escuchaba sus palabras y pensaba que era uno más de los profetas, como Elías, Jeremías o Juan Bautista. Oía sus parábolas y respetaba su sabiduría y, cuando se acercaba a los enfermos, me conmovía la ternura con que tocaba sus heridas y sanaba sus dolencias. Pero yo no era entonces capaz de ir más allá y mis ojos, aún en penumbra, sólo me permitían ver lo que muchos otros veían: un profeta, un sabio, un sanador, un hombre bueno y compasivo.

Pero aquel mediodía víspera de la fiesta de Pascua, cuando estaba junto a María, su madre, al pie de la cruz en la que él agonizaba, un resplandor inesperado me deslumbró y un torbellino de luz me sacó fuera de mi oscuridad. Antes de que me fuera revelada la gloria de su resurrección, mis ojos despertaron: el hombre que estaba allí, clavado en el madero y en apariencia impotente, estaba iluminando las tinieblas del dolor, de la contradicción, del fracaso y de la muerte con su confianza sin límites en Aquel a quien él llamaba Padre. El Padre lo recogía al final extremo de la noche.

En el amanecer del día de Pascua lo encontré en el huerto: él pronunció mi nombre y recibí su encargo de anunciar su resurrección.

Ahora sólo vivo para anunciar a otros lo que mis ojos presenciaron y para pronunciar ante mis hermanos en Nombre de aquel que, con su amor desmedido y torrencial, ha vencido a su muerte y a la nuestra.

Dolores Aleixandre rscj

 

Testigos alegres de la Buena Noticia

En su ponencia del pasado 11 de julio,  Mons. Guido Charbonneau destacó la actitud y el tono profético del misionero que vive la alegría del Evangelio.

“En nuestro mundo lleno de malas noticias, el anuncio del Evangelio es el anuncio gozoso de la muerte y resurrección de Jesucristo. Es también fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree”, explicó.

Señaló que la alegría de los cristianos encuentra su razón de ser en la certeza de que “no estamos solos y tenemos dentro de nosotros un tesoro que es Jesús, quien viene a darnos vida y en abundancia”.

Monseñor Guido  indicó que esta alegría está hecha para comunicarla, transmitirla, reflejarla e irradiarla con las personas, “por nuestro testimonio de vida, por nuestro silencio de acompañamiento o por nuestra palabras, por las distintas situaciones que vivimos”.

“Comuniquemos esta alegría del Evangelio a todos los que nos rodean, nuestras familias, amigos, a nuestro pueblo que necesita más y más de este amor de Cristo”, exhortó Mons. Charbonneau.