MARÍA MAGDALENA: LA MUJER QUE VIO AL RESUCITADO

cathopic_1495495924981946

En la mañana del primer día de la semana, entré como un ciclón en el cenáculo y anuncié con voz entrecortada: ¡He visto al Señor! A veces me han preguntado por qué dije precisamente aquello en vez de: ¡Jesús ha resucitado! Y siento también que Tomás me reprocha que ponga tanta fuerza en lo que he visto con mis propios ojos: – “¿No recuerdas que para Jesús son más dichosos los que creen sin haber visto?”, suele decirme.

Es cierto, pero yo he vivido ciega durante mucho tiempo, hundida en la oscuridad y el caos, como la tierra antes de la creación y cuando mi vida se cruzó con la de Jesús llegó a mis ojos ciegos una ráfaga de luz. Mi ceguera era profunda y resistente y, al principio, mis ojos no fueron capaces de acoger más que una pequeña parte del resplandor que irradiaba su presencia. Le seguí a tientas porque supe al momento que donde estaba él, yo vivía, lo mismo que una plantita necesita del sol y de la lluvia para existir.

Pero aún no sabía mucho de él: contemplaba los signos que hacía y admiraba su poder y su autoridad. Escuchaba sus palabras y pensaba que era uno más de los profetas, como Elías, Jeremías o Juan Bautista. Oía sus parábolas y respetaba su sabiduría y, cuando se acercaba a los enfermos, me conmovía la ternura con que tocaba sus heridas y sanaba sus dolencias. Pero yo no era entonces capaz de ir más allá y mis ojos, aún en penumbra, sólo me permitían ver lo que muchos otros veían: un profeta, un sabio, un sanador, un hombre bueno y compasivo.

Pero aquel mediodía víspera de la fiesta de Pascua, cuando estaba junto a María, su madre, al pie de la cruz en la que él agonizaba, un resplandor inesperado me deslumbró y un torbellino de luz me sacó fuera de mi oscuridad. Antes de que me fuera revelada la gloria de su resurrección, mis ojos despertaron: el hombre que estaba allí, clavado en el madero y en apariencia impotente, estaba iluminando las tinieblas del dolor, de la contradicción, del fracaso y de la muerte con su confianza sin límites en Aquel a quien él llamaba Padre. El Padre lo recogía al final extremo de la noche.

En el amanecer del día de Pascua lo encontré en el huerto: él pronunció mi nombre y recibí su encargo de anunciar su resurrección.

Ahora sólo vivo para anunciar a otros lo que mis ojos presenciaron y para pronunciar ante mis hermanos en Nombre de aquel que, con su amor desmedido y torrencial, ha vencido a su muerte y a la nuestra.

Dolores Aleixandre rscj

 

Testigos alegres de la Buena Noticia

En su ponencia del pasado 11 de julio,  Mons. Guido Charbonneau destacó la actitud y el tono profético del misionero que vive la alegría del Evangelio.

“En nuestro mundo lleno de malas noticias, el anuncio del Evangelio es el anuncio gozoso de la muerte y resurrección de Jesucristo. Es también fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree”, explicó.

Señaló que la alegría de los cristianos encuentra su razón de ser en la certeza de que “no estamos solos y tenemos dentro de nosotros un tesoro que es Jesús, quien viene a darnos vida y en abundancia”.

Monseñor Guido  indicó que esta alegría está hecha para comunicarla, transmitirla, reflejarla e irradiarla con las personas, “por nuestro testimonio de vida, por nuestro silencio de acompañamiento o por nuestra palabras, por las distintas situaciones que vivimos”.

“Comuniquemos esta alegría del Evangelio a todos los que nos rodean, nuestras familias, amigos, a nuestro pueblo que necesita más y más de este amor de Cristo”, exhortó Mons. Charbonneau.